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Hermano, no logro diferenciar el lodo de lo que parece haber sido un hombre hasta hace unas horas. Solamente un fusil, a un metro, me lleva a pensar que no es un simple trapo sino que es algo que tuvo la desgracia de estar vivo; enroscado como está parece una lombriz pero todo me indica que tuvo una vez un nombre... tal vez parecido al tuyo.

Pero es que tampoco sé ya distinguir el día de la noche -imagino que te ocurrió lo mismo- en esta trinchera que me enseña las tripas de lo que serán mis tripas. Huelo a carne quemada y a excremento. A podrido. Todo huele a lo que nos han convertido.

Laurent, delante de mí tengo un imperio. Tengo un hombre que me llevará al otro lado. Me separa de él toda la pólvora y el odio de la tierra y montañas de cadáveres que, igual que nosotros, jamás sabrán del amor o de ver crecer a un hijo porque basta un segundo para vaciar toda una vida.

Estoy en un laberinto sin salida. Has construido, hermano mío, un laberinto de pozos ciegos sin salida; sólo me queda correr —bien lo sabes— hacía la muerte en pos de treinta segundos más de vida. Si pudiera, si no me quedara un recuerdo tuyo o de lo que fui, me devoraría a mí mismo para no entregarme a ellos aunque aquí nadie es de nadie salvo de la muerte.

Te escribo porque no puedo hablarte ya que en este agujero de Verdún se grita o se calla para siempre. Escribo, hermano, para asegurarme de que aún sigo vivo porque lo demás me está convirtiendo en arma, en fuego, en cadáver..., y me niego. Todavía puedo hacerlo.

Así que haré que mi último aliento sea mío. Luego seré esclavo del barro como seré cruz de madera frente al ciprés que he plantado papa para ti. Yo con mis propias manos, antes de alistarme, le ayudé a cavar el agujero; mamá ya no sabía cómo levantarse de la cama.

Laurent, suena el silbato. Será la segunda vez que nos lancen esta mañana pero sé que esta vez no volveré. Lo sé por el caos que se está levantando sobre tu tumba, porque ha dejado de llover, por mi pulso que hoy despertó firme y me obliga a soñar que soy invencible cuando somos —yo ya no sé lo que eres— un pedazo de carne que estando viva ya se pudre. Lo sé porque no me quedan ya hojas para escribirte; sólo este último renglón para pedirte, hermano mío, que me acojas bien allá donde estés.

*En el centenario de la batalla de Verdún (Feb-Dic de 1916) donde murieron más de 300.000 soldados junto a medio millón de heridos.

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