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Cuarenta años se cumplen de un 4 de diciembre que puso en la calle a dos millones de andaluces.

Nos acercamos, sin mucha pena y menos gloria, a una efeméride que quizás debiese haber contado con mayor apoyo, complicidad o cuando menos, algún tímido gesto de simpatía por parte de las instituciones y, salvo un determinado segmento de la población andaluza, no pasará a los anales de la historia de las celebraciones.

Me refiero al 4 de diciembre, fecha considerada como Día Nacional de Andalucía (que no debemos confundir con el 28 de febrero, Día de Andalucía, fecha ésta oficial y admitida por todos los estamentos andaluces y del resto de España). Y llama la atención esa especie de complejo extraño que se instala en muchos andaluces cuando se recuerda esta fecha, como si fuese malo sentirse andaluz, o sentir Andalucía como una nacionalidad tan importante como pueda ser la catalana, la vasca o la gallega. Entiendo que los últimos acontecimientos en Cataluña hayan podido provocar ese prurito antinacionalista, capaz de sepultar todas las banderas y sentimientos de las diferentes autonomías, bajo el peso de la rojigualda… como si sentir otros colores u otras banderas, fuese sospechoso, obsceno, desleal o simplemente estuviese fuese de lugar.

Cuarenta años se cumplen de un 4 de diciembre que puso en la calle a dos millones de andaluces, llenando plazas y avenidas de verde y blanco y exigiendo el mismo trato que otras comunidades “históricas”. Eran tiempos en los que se iniciaba una transición política que trataba de poner plomo en las alas de los nacionalismos… nacionalismos por otra parte (en aquel entonces) leales a esa nueva democracia nacida dos años atrás con la muerte del dictador. 

Ahora cuesta trabajo imaginar una demostración de “músculo andaluz” como el de aquel día. Uno ve en la televisión las manifestaciones de independentistas catalanes y de “unionistas” españoles, y siente curiosidad por saber si, llegado el momento, seríamos capaces de repetir aquel 4 de diciembre con el mismo civismo, la misma solidaridad, el mismo hermanamiento… la misma ilusión que llevó a nuestros padres a ocupar la calle pidiendo “autonomía”, jugándose la piel y hasta la vida, como pasó con García Caparrós. 

Eran otros tiempos… era otra Andalucía. Pero forma parte de nuestra historia. Al punto que muchos claman para que ese 4 de diciembre sea reconocido como el verdadero Día de Andalucía, y yo mismo me sumo a ese carro. Porque siempre he tenido la sensación de que el 28F era un día para las instituciones y la clase política mientras que el 4 de diciembre era el del Pueblo. Y lo único que se opone a esta idea, que más que idea es sentimiento, es el hecho de que se nos niegue un calendario en el que fuesen festivos los días 4, 6 y 8 de diciembre. Ya ven… hasta para los sentimientos nacionales sigue mandando “la pela”.



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