Bosque con luminarias solares.
Bosque con luminarias solares.

Acaban de anunciar por la megafonía que llega el tren y que por favor se retire todo el mundo del borde del andén. El abuelo considera que lo hará cuando lo crea oportuno, mientras su nieta pequeña tira de él para apartarlo. En la aventura de comprar mi billete, la persona de la ventanilla me preguntó que si tiraba pa’ lante y yo me quedé mudo: se trataba de que había encontrado el pueblo que, segundos antes, puso en duda que existiera y me interrogaba si yo mantenía mi interés por viajar hasta allí.

Luego, al llegar al destino de mi primer transbordo me pidieron amablemente que me sentara en mi asiento, en un vagón lleno, para facilitar el trabajo de los rastreadores en el caso de que me convirtiera en un caso; yo me había sentado en el vagón colindante casi vacío. Había que seguir el orden y no era posible cambiar el número de mi asiento. Me acordé de Kafka.

Rememoré el camino que recorría de niño con mi abuela para ir a la plaza, y que había vuelto a recorrer: calle Prim abajo, el cine Gayarre ya no existe; portal de la joyería, los serenos han desaparecido; María Muñoz, la comisaría es parte del museo etnográfico; calle Ronda, Miguel de Unamuno y Jugo sigue naciendo en el número 16; Galindo, el tueste de cacahuetes ya no llena la calle de olor a cáscaras; la carbonería abandonó su negrura; el discobar ochentero de mucho más tarde, cerrado y abandonado.

Desde las barandillas de la plaza de la Ribera, donde una vez ataban a los burros las aldeanas, se ve una plataforma flotante con unøs jóvenes que charlan animadamente y beben diferentes cosas. No creo que fuera un botellón solo porque bebían. En frente, el muelle aparcamiento y de casas con fachadas desvencijadas aparece hoy en internet como el barrio indi de la ciudad que es una villa: Bilbao.

El tren regresa por entre bosques y campos, trato de imaginar por cuál de todos los confines que esconden las sierras ardía, todavía, el campo, ahora ya extinguido. Un coche humeaba, un motorista avisó al conductor, que llamó al servicio de urgencias y del accidente, debidamente anunciado, se pasó a la catástrofe de 21.000 hectáreas calcinadas. Los poetas que han cantado a Castilla se van quedando sin sus poemas, mientras unos novios, fotógrafo a la espalda, renuncian al lago y llenan de humo, y de alarma, el paso subterráneo de la estación, maleta de madera en mano, y a todo el barrio, a punto de llamar al servicio de urgencias. Yo mismo recibo una llamada, de excursión por una dehesa, por si se estaba quemando mi casa. Querían escenificar una de tren a lo romántico.

Tumbado en la cama sigo viendo, en mis ojos, a las vacas montesinas, a las cabras y a los perros, especialmente al silencioso mastín, con el que cambiamos nuestras miradas de reojo. Una encina casada con un pino negro, un bosque de cuyos árboles cuelgan luminarias, no es Vigo, ni Navidad en agosto, abandonadas por el sol que se marcha y le parte el corazón a la luna, que se desangra. En eso escucho una guitarra y me bajo al bar de la plaza, todo el mundo en su distancia, celebrando verano, calor, vida y un cumpleaños. Luego, por la mañana, vamos al lago, antes del gazpacho y de un bacalao frito que ya desearía Casa Labra. En el camino hay un cartel que prohíbe circular en moto sin el silenciador reglamentario.

¿Dragones en una iglesia? Dragones, en la iglesia de Robledo de Chavela, como si las nervaduras de los arcos fueran sus espinazos. Disfrutamos de un estupendo concierto, museo vivo de instrumentos de música medieval y renacentista. Cantica: Emilio, Sara Marina y Ángeles, de Sevilla. Los dragones quedan impresionados y el público encantado. Vuelvo a casa y me espera la primera canción, veraniega, de otro proyecto musical, refrescante y muy joven, de diecisiete a veintiún años: Marina, Clara, Jacobo, Marina. La podremos escuchar muy pronto en Spotify: Sunshine. Estén atentos porque tienen varias canciones más en el horno. Son músicos, tocan, varias de ellas, varios instrumentos, componen, escriben, manejan la mesa de mezclas y la producción.

Escribo de madrugada; en este momento empieza a llover y a extenderse el aroma a tierra mojada movido por el aire que se cuela a través de las ventanas abiertas. Hace una pausa, contengo la respiración para escuchar en el silencio si quedan restos de lluvia y vuelve.

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