Artículo de opinión escrito por Leonor De Bock Cano, titulado 'Valor: se le supone'.
Artículo de opinión escrito por Leonor De Bock Cano, titulado 'Valor: se le supone'.

Esto es lo que figuraba, con la abreviatura “SS” en la cartilla del soldado cuando finalizaba el servicio militar, que fue obligatorio en España hasta el 2001.  Se decía “se le supone”, porque como no había tenido ocasión de entrar en combate en tiempos de paz, se daba por sentado que era valiente, como correspondía a un hombre.

Otras aptitudes que el ejército intentaba inculcar eran la entereza, la resiliencia, la capacidad de entrega y sacrificio, la responsabilidad, la disciplina, la organización personal, así como la iniciativa y la capacidad de tomar decisiones en situaciones comprometidas.

Eran tiempos en que todas estas cualidades se consideraban exclusivamente masculinas. El papel de las mujeres estuvo circunscrito durante la dictadura al de amas de casa, -trabajo que no se consideraba como tal por no ser asalariado pero que requería y requiere de habilidades de todo tipo-, por lo que en su DNI en el apartado “profesión” figuraba, la mayor parte de las veces, “S.L.”, es decir, “sus labores”. En la posguerra -al menos hasta la década de los 50 del pasado siglo- se había prohibido trabajar fuera de casa a las mujeres casadas y se había fomentado la política de natalidad. A ellas no se les suponía el valor, y ni se imaginaba que pudieran ser también resilientes, responsables o tener capacidad de iniciativa.

Sin embargo, mi madre, que se llamaba Concha y era la más pequeña de los seis o siete hijos de un jornalero del campo sevillano, era la persona más valiente que yo he conocido.

Sus hermanos y hermanas mayores no pudieron estudiar, porque lo más importante en esos tiempos era, simplemente, sobrevivir. Mi tía Isabel, 15 años mayor que ella, empezó a trabajar en el campo a la temprana edad de nueve años y contaba que a veces iban de noche a los sembrados a coger  uvas o aceitunas y la guardia civil los perseguía a muerte. También relataba que en el puchero sólo podían echar un trozo de tocino para toda la familia, y al final se rifaba a ver quién se lo comía ese día. Dejó de ir a la escuela porque la maestra lo que hacía era mandarla a por agua a la fuente y hacer que limpiara el suelo, así que mi abuela decidió que mejor ya no iba más.

Y a pesar de todo, de esa niñez marcada por el hambre y de los duros trabajos que realizó en el campo y luego en la ciudad, nunca perdió su sentido del humor y alegró nuestra infancia con sus chascarrillos.

Mi madre pudo al menos terminar los estudios primarios. Estuvo a punto de sufrir tuberculosis con 14 años, pero se repuso y más adelante trabajó como secretaria en un laboratorio cerca de Sevilla -ya mis abuelos se habían mudado a la capital en busca de trabajo-, hasta que se casó. Siempre echó mucho de menos la naturaleza y la vida del campo, era una gran defensora de los derechos de los animales y amante de las plantas y árboles, un amor que nos transmitió a mí y a mis hermanas.

En una ocasión se enfrentó abiertamente a un arriero que llevaba una reata de burros cargados de estiércol y pasaba por delante de nuestra puerta (entonces, en la década de los 60 del siglo pasado, los camiones y vehículos a motor en general eran todavía muy escasos). Era muy bruto y estaba moliendo a golpes a los animales, por lo que mi madre le recriminó su conducta y le instó a que no siguiera maltratándolos. En su juventud perteneció también a la Sociedad Protectora de Animales

Por lo que se refiere a la violencia de género, que entonces llamaban “crímenes pasionales”, recuerdo también que una vez dio la cara por una vecina que vivía al otro lado del callejón que estaba al lado de nuestra casa, en pleno casco antiguo de Sevilla. Sobre todo en verano los balcones estaban siempre abiertos y podíamos ver perfectamente lo que ocurría en el interior de las viviendas. La vida era entonces más comunitaria de lo que es ahora y la relación entre los vecinos, bastante más estrecha. Así que un día sí y otro también la veíamos esperar a su marido recostada en el sofá y con la mesa puesta para la cena, y, cuando éste finalmente llegaba bastante tarde, lo hacía borracho y gritando. Oíamos un golpe seco que significaba que la había tirado del sofá, y empezaba a pegarle por cualquier nimiedad que no era de su agrado.

Nosotras, que éramos una familia de mujeres, nos moríamos de pena e impotencia al ver ese espectáculo casi diariamente. Un día alguien llamó a la puerta de nuestra casa a una hora intempestiva, y salió mi madre a abrir. Era la vecina maltratada que venía nerviosísima pidiendo auxilio porque tenía miedo de lo que pudiera hacerle su marido. Mi madre le dio una tila, le dijo que se tranquilizara y que ella iba a hablar con él para que no le pasara nada.

Efectivamente, al cabo de un rato llegó el marido hecho una furia y preguntando a voces si su mujer estaba allí. Mi madre se dirigió a él con toda la calma y entereza de que era capaz, le dijo que cómo era posible que tratara así a su mujer que sólo vivía para él, que eso no era de hombres, y que sólo la dejaría ir si le prometía que iba a tratarla mejor. El lo hizo, se marcharon juntos y a partir de entonces parece que su conducta mejoró algo por lo que veíamos a través de la azotea. Pero creo que más adelante volvió a las andadas.

Concha, mi madre, siempre echó también de menos el haber podido estudiar. Era una lectora voraz, autodidacta, capaz de hablar casi de cualquier tema, tenía una bonita letra. Otras mujeres de la familia, como mi prima Isabelita, dotada de un gran talento y una memoria increíble, tampoco pudieron estudiar porque tenían que ayudar en casa, primero a sus padres, luego atendiendo a su marido y a sus hijos. Ella se quedó con las ganas de hacer arte dramático; habría sido, desde luego, una actriz maravillosa

Por eso el principal empeño de mi madre siempre fue que nosotras, sus hijas, estudiáramos, que hiciéramos lo que ella no había podido hacer. Cuando al final de su vida comentaba que se le habían pasado los años en un suspiro y se preguntaba: pero “¿yo qué he hecho, qué he hecho?”, refiriéndose a lo mucho que le hubiera gustado tener una carrera, participar en la vida pública y todas esas cosas reservadas a los hombres, yo le contestaba, para consolarla: “Mamá, has hecho mucho más de lo que tú crees, te lo debemos todo”.

No sólo eso: su capacidad de resiliencia -como la de tantas otras mujeres de su generación- fue tremenda, tanto durante la guerra civil como cuando a finales de los 50 se quedó viuda de forma prematura y trágica, con tres hijas pequeñas a las que criar. No era fácil, no, para una mujer sola en aquella España oscura y machista.

De adolescente tuvo que soportar los bombardeos que se cebaban sobre Tablada -cerca de donde entonces vivía la familia- y ser testigo de las atrocidades que se cometieron por parte del bando sublevado -ella siempre decía que si los malos eran los rojos, porque eran ateos y quemaban iglesias, cómo podía ser que “los buenos”, los católicos, actuaran con esa ferocidad contra personas inocentes. Yo creo que a raíz de esa experiencia dejó de creer: no le cuadraba.

Sin embargo, como en los años del franquismo era muy importante el qué dirán, a mis hermanas y a mí nos hacía ir siempre de pequeñas a la iglesia del barrio, una iglesia donde los curas hablaban de “cruzada” para referirse a la guerra, con el velito puesto, por si acaso. Pero ella no iba, y, claro, al final nosotras tampoco, cuando empezamos a comprender de qué iba la cosa.

Su capacidad de entrega y sacrificio fue total: a pesar de ser todavía muy joven cuando se quedó viuda, nunca quiso volver a casarse, sospecho que porque eso habría supuesto meter un hombre en casa que decidiera por ella y por nosotras, así que prefirió la libertad y apoyarse en la familia para sacarnos adelante.

Los valores que nos transmitió fueron la generosidad, la solidaridad, la empatía con los más desfavorecidos: se preocupaba siempre por los pobres, los que vivían solos, los enfermos, y los ayudaba con su comida, con su dinero o con su compañía. Ella hacía algo mejor que recitar las obras de misericordia del evangelio: las practicaba. Y era además de una simpatía arrolladora y un saber estar extraordinario.

Sirvan estas líneas de homenaje a su memoria y a la de todas las mujeres que lucharon durante el franquismo, desde el anonimato, desde la esfera privada y desde los límites que les impusieron, por un futuro mejor para sus hijos e hijas y por un país diferente.

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