Una tronista de 'Mujeres y Hombres y Viceversa' en el interior del trifachito andaluz

Raúl Solís

Raúl Solís

Periodista, europeísta, andalucista, de Mérida, con clase y el hijo de La Lola. Independiente, que no imparcial.

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He visto el vídeo de la pareja del director general de la Agencia Pública Andaluza de Educación de la Junta de Andalucía, Manuel Cortés, como unas veinte veces. No exagero. He analizado cada detalle, cada gesto, esos tocamientos de cabello en señal de apareamiento y ese acento de Burgos forzado para no parecer andaluza porque, cuando los pijos andaluces suben de estatus, el primer síntoma es el cambio de acento para no parecer andaluces.

Hablar con eses, con zetas, aspirando las jotas y las eses intermedias es de catetos, de gente con trabajos humildes y sueldos de subsistencia, pero si tú te quieres adaptar a los espacios altaneros donde se contonean las clases privilegiadas, entonces una de las mejores armas para parecer de los suyos es abandonar tu lengua materna y forzar eses y jotas hasta que, por lo menos, parezcas de Soria.

De pequeño, una de las cosas que más me sorprendía es que la gente de posibles siempre me parecían forasteras; del norte, que es siempre de donde venían los ricos al sur. Las veinte veces que habré podido ver el vídeo de la pareja del alto cargo de Ciudadanos en la Junta de Andalucía he sentido como si un detector de clase y de mentiras me diese chispazos en el interior de mi cuerpo, además de una profunda vergüenza ajena.

Se me hace insoportable la banalidad y frivolidad vacua de quien va a visitar a su novio a su “nuevo trabajo” y lo retransmite en directo por una red social en un festival infame de postureo, abuso de poder y fantasmerío cateto de quien piensa que tener un cargo político relevante es formar parte de la NASA.

La joven se comporta como una de esas concursantes del programa ‘Mujeres ricas’, ese nauseabundo formato televisivo de ostentación de la riqueza que se emitía en la televisión española cuando a la gente las echaban de sus casas y se suicidaban al otro día por no soportar la vergüenza. Ella no entra dentro del despacho de su novio, sino en “el despacho del director general”.

Nada más entrar, haciendo apareamiento de clase como esas concursantes del programa ‘Mujeres ricas’, recuerda que el que está sentado de director general es su “cariño”, su trofeo, su medalla, su joyita, su motivo de orgullo y el obsequio por el que seguro lleva lampando toda su vida.

Como un buen producto del patriarcado, a la joven lo que le hace feliz es sentir que “la agencia de Manuel” es suya, como si le hubiera caído en herencia, pero sin pagar impuesto de sucesiones. Y así, orgullosamente frívola, muestra la caza, enseña al mundo que su “cariño, di hola” es el director general, pero ese “general” pronunciado con una jota imposible de pronunciar y capaz de crearle un nódulo al más pintado.

Ese "general", pronunciado con jota dura como si fuera de Burgos de toda la vida, quiere decir que ella no es como el resto de los mortales que ven su vídeo en la red social Instagram. Ella se siente una estrella llamada a la gloria, envidiada por ser la novia del director general, por tener poder para decidir cómo decorar "la agencia de Manuel" y comunicarlo todo con una añeja, nauseabunda y machista erótica del poder por la red social que usan las celebrities para comunicar sus éxitos.

Una vez que ha mostrado que la Junta de Andalucía y el director general le pertenecen, la joven se dispone a mostrar a sus seguidores que tiene capacidad de mando en el  despachito de su amado. No le dice que ojalá mejore la educación andaluza, que a ver si bioclimatiza los colegios donde nuestros niños se asan de calor y de achicharran de frío en invierno o que acabe con el fracaso escolar en una tierra donde muerden los datos de abandono prematuro de la educación.

Nada de eso, el sentido de la propiedad que muestra la joven es absurdo, frívolo, banal e insustancial, pero cargado de ideología, de la ideología de desprecio hacia la gente sencilla por la que se caracterizan los jóvenes yuppies de Ciudadanos, que se creen modernos porque de cintura para abajo no tienen límites para el placer pero que, de cintura para arriba, son todavía más sádicos que la derecha tradicional.

“Tenemos que hacer una remodelación de decoración, ¿a que sí, cariño?”, dice ella, mientras se toca las puntas de su cabello y habla con esa altanería propia de quienes se creen que por debajo de sus zapatos sólo hay muchedumbre. Y ya, para finalizar, la joven señala con el dedo a su pareja: “Eso que hay ahí, eso me gusta”, dice, seguido de una risa tonta, como si fuera una concursante recién salida de ‘Mujeres y Hombres y Viceversa’ con el premio gordo.

Pensábamos que no se podría superar el abuso de poder del PSOE andaluz, que llegó a gastarse dinero público en prostíbulos y cocaína, pero el trifachito en seis meses amenaza con superar todos los límites de la poca vergüenza. En un país normal, este acto infame, de considerar que la Agencia es de Manuel, sería suficiente para dimitir por comportamiento indecoroso, pero en España todavía es posible que a esta joven le hagan una oferta millonaria para que sea concursante de ‘Supervivientes’ o tronista en el programa de apareamiento del que parece que se ha escapado.

 

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