Un maño de Jerez

El reconocimiento es más que merecido, sin duda. Mi único pesar es saber que para mi abuelo llega tarde, muy tarde.

Azucarera de Jédula, en todo su esplendor. FOTO: CEDIDA
Azucarera de Jédula, en todo su esplendor. FOTO: CEDIDA

Me contaba mi abuelo Aniceto cuando aún vivía, y se encontraba en plenas facultades, que cuando lo llamaron para hacer la mili, su mayor deseo era que lo mandasen a otra región para así conocer mundo. No tuvo suerte. Acabó en un cuartel de Zaragoza a pocos kilómetros de su casa y de su familia. Quizás por eso cuando en los años 60 le propusieron desde su fábrica de azucarera de Aragón mudarse hasta un pequeño pueblecito del sur de Andalucía, no se lo pensó dos veces.

Él fue uno de esos cententares de maños que abandonaron su tierra y emigraron a Jerez para trabajar en la Azucarera. Lo hizo junto a su mujer, su hija e hijo adolescentes y una bebé de pocos meses que acabaría siendo más jerezana que aragonesa.

Sus recuerdos de cómo fueron esos primeros meses en Jerez son los míos propios de tantas veces que me contaba sus primeros contactos con la ciudad, con su gente y lo rápido que se había adaptado a nuestra forma de vivir la vida. Me hablaba de esas noches en que llegaba a las tantas a casa tras irse de tabancos con mi otro abuelo, un gitano cantaor de La Plazuela que lo acogió en el seno familiar de los Romero y le enseñó lo que era una juerga flamenca de verdá.

A través de esas pequeñas historias que me relataba mi abuelo llegué a conocer un poco más a ese otro abuelo jerezano del que no atesoraba ningún recuerdo, al morir cuando yo apenas tenía tres años. Sus historias juntos se convirtieron durante años en mi única conexión con ese abuelo que le mostró a mi abuelo Aniceto lo maravillosa que era la vida en Jerez.

Desde el sexto piso de uno de los bloques de Vista Alegre, mi abuelo admiraba toda la zona sur de Jerez y empezaba a descubrir que como en Jerez no se vivía en ningún lao. Fue tal la cosa, se aclimató tanto a nuestro clima, que se ponía malo cuando cruzaba Despeñaperros para viajar de regreso a Zaragoza a ver a su familia. Nunca jamás dejó Jerez. Aquí vivió los años más felices de su vida y formó una familia heterogénea donde maños y jerezanos convivían y compartían sus costumbres y tradiciones.

Festejábamos el Día del Pilar —patrona de Zaragoza— como si estuviéramos allí. El 12 de octubre siempre era todo un acontecimiento en mi familia, un momento para estar todos juntos y celebrar y brindar. Nuestra última comida con él lo fue sin que ninguno lo supiéramos. Hace mucho que ese día ya no es lo mismo.

En sus últimos meses, cuando tenía un instante de lucidez siempre me prometía que me compraría un coche cuando saliera del hospital para que no tuviera que ir y venir en tren desde Sevilla. Él era feliz y me insistía en ello. Yo me reía y le daba las gracias por el gesto sabiendo que nunca se haría realidad. Su muerte, una tarde de febrero, fue un duro golpe para la familia y para mí, que en esos momentos ya estaba en Sevilla estudiando Periodismo.

Ahora, casi medio siglo después, el Ayuntamiento de Jerez ha decidido homenajear en los Premios Ciudad de Jerez de este año a esos hombres de Aragón que cruzaron la meseta para bajar hasta el sur, cambiando el cierzo por el levante, para trabajar en la fábrica de la Azucarera, de la que ya apenas nos queda el recuerdo de que un día estuvo allí.

El reconocimiento es más que merecido, sin duda. Mi único pesar es saber que para mi abuelo llega tarde, muy tarde. Él no podrá ver cómo la ciudad que lo acogió como su casa durante más de 60 años, ahora le premia su labor, su esfuerzo por hacer avanzar la economía local con su trabajo en la fábrica —y que le pasó factura finalmente a su salud—. Lamento que mi abuelo Aniceto no pueda estar presente ese día y agradeceros a todos y todas este premio. Él ya no está, solo nos queda su apellido, el Fernando, que llevo con tremendo orgullo, porque es lo que me mantiene unida a él y a su recuerdo.

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