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Hay cosas que no entiendo en esta vida. Como cuando intentas hacer algo bien y todo se pone en tu contra. Por ejemplo, dejas el coche aparcado regular y, en un alarde de esfuerzo y filantropía, regresas para colocarlo mejor y lo acabas empotrando contra la columna del garaje.

En esto venía yo pensando mientras conducía de vuelta de la playa de "Canposoto", la única oficialmente canina de la provincia, después de un día de perros –para mí– y de humanos gilipollas –para mi mascota–. Esa mañana juré que iba a hacer las cosas bien. Padrísimo, que dirían los mexicanos. Así que conduje directamente hacia el citado lugar sin ningún error –ventajas del GPS– para encontrarme con la primera decepción al llegar: hay que andar varios kilómetros por un camino precioso al principio e intransitable al final. "Mens sana in corpore sano", traté de consolarme. Cuando creí haber llegado, torcí a la derecha y me topé con el citado oasis canino en medio de aquel semidesolado páramo.

No estaba muy seguro de que fuera el lugar habilitado, pero la presencia de varios animales me hizo sentirme confiado. Tras un rato de juegos –ya saben, tiro de pelota, esnifado de traseros y toda la parafernalia– aparece un agente de Policía Local y le pide a mi pareja –la propietaria de la mascota– el DNI. Que si el perro no puede ir suelto, que si el lugar habilitado está más adelante, que si han sido avisados por unos energúmenos intolerantes de la presencia de varias fieras. Ya saben, la estolidez humana que te lleva a plantar la toalla justo al lado de la fauna doméstica –lo siento, se me agotan los sinónimos–, en una playa que además de ser conocida como "la de perros" tiene una extensión kilométrica. Para dar por culo, supongo.

Por esta vez sólo quedamos amonestados. Un propietario rezongaba entre dientes y juraba, como la Escarlata de Lo que el viento se llevó –ese día hacía Levante, por cierto– que jamás volvería a pisar esas arenas 'oficialmente' perrunas; a partir de ahora iría a las playas de toda la vida, donde jamás tuvo percance alguno. A mí, desde luego, que no me vuelvan a buscar en Camposoto.

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