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Quiero decir que mi Jerez es auto destructivo y sobre todo servil. Se ilusiona en la distinción y no en la cooperación. Se avergüenza en la movilización y se reconforta en la idolatría de personajes y  cosas sin fundamento hacía el bien común. Obra cumbres de la literatura, el mismo Shakespeare lo hizo, ensalzaron su vino, sus caballos y sus fiestas pero aunque éstas sean bellas y únicas, como en el caso de los caldos, todas están supeditadas a jerarquías y carecen claramente de un carácter donde todos, al margen de su clase social, puedan disfrutarla por igual. En esto el carnaval en la capital nos lleva ventaja, y curiosamente en mi pueblo no cuaja, al margen de muy pocos aficionados.

El mismo Blasco Ibáñez, desgrana el vasallaje hacía una de sus familias burguesas en su magnífica novela La Bodega, donde el folklore y nuestros ritos son explicados a la perfección, en ella se puede apreciar lo incrustado que tenemos el servilismo en nuestras vidas y en nuestras costumbres. Una idiosincrasia con estética de lord pero con alma de esclavo.

¿Vinos, caballos, arte? Aquí solo se ha degustado eso trabajando para otros, porque el concepto de la propiedad privada para los trabajadores estaba vetado, el mismo modelo de la viña de latifundio caló en la forma de organizar el terreno. Aquí ser propietario de tu tierra para fabricar nuestro vino nos fue vetado. El campesino en la zona de levante, según describe el escritor valenciano en el libro, fue dueño de parcelas, sin embargo aquí en Jerez, siervo y obligado a ir a misa el domingo tras trabajar en las tierras del amo. Menuda diferencia. Todo esto diseña, sin remisión, los enfoques políticos de una ciudad. Esa manera de organizar lo que debería ser de todos se cala en los huesos.

Pero nos enorgullecemos de nuestros caballos, nuestro vino, nuestro... ¿Nuestros? Aquí el cooperativismo no ha funcionado y su competitividad frente a estas élites bodegueras todavía son inoperantes. Pero nos relamemos en imitar al inglés del XIX, a aquel patrón, y nos regustamos más en la ilusión de ser como él que no en la oportunidad de convertir nuestra economía en algo más igualitario.

Todavía en Jerez se viste como el mismo Oscar Wilde, solo hemos de darnos un paseo por el centro y apreciarlo. No digo que no lo merezcamos, el trabajado debe tener acceso a los mismos tejidos, calzados y modas que aquellos señoritos, pero parecer un dandi con tres euros en el bolsillo montado en el bus de vuelta a la periferia, es cuanto menos curioso.

Aquí se idolatra lo rancio y se exalta lo puro, y a mí la pureza me está dando pereza. Las vanguardias dan miedo y que se nos vea en una manifestación es sinónimo de estar tiesos. Cualquier nuevo cambio en política es llevado siempre por los mismos, quedando expuestos al escarnio público de los que se aferran a sus privilegios y ven en los avances una posible pérdida de confort.

Todos los proyectos políticos en Jerez están supeditados a la endogamia y esto hace que la sangre se vicie. Al ver las mismas caras en la asambleas y manifestaciones uno termina preguntándose: ¿Qué hemos de hacer para que la gente vaya a una manifestación con la misma ilusión que se compraba un traje en Rianal ? ¿Regalar un palco de Semana Santa?

Cada vez que voy a un pueblo cercano de la sierra, donde nos “odian”, por cierto, he escuchado la frase de “Compra a un jerezano por lo que es y véndelo por lo que aparenta” y eso me duele, aunque declino a entrar en debates por salubridad mental, no dejo de reconocer que tenemos una flema avasalladora.

Es justo decir que Jerez tuvo un esplendor que lo catapultó en lo industrial y en algunas facetas frente a la provincia con el auge de sus bodegas, pero eso nos hizo creer que eramos propietarios aburguesados y nos lo creímos, qué ingenuos. La caída ha sido tan estrepitosa como real. El Jerez de la gomina ya no seduce tanto y solo espero que una nueva generación se la unte en el pelo junto a unos buenos zapatos de piel si de verdad cree merecerlo y no por ser alguien que no es, será ni debería ser.

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