Un camino de silencios

Han pasado casi treinta años del asesinato de Ramón Baglietto, pero intuyo que duele parecido.

Antonia Nogales

Periodista & docente. Enseño en Universidad de Zaragoza. Doctora por la Universidad de Sevilla. Presido Laboratorio de Estudios en Comunicación de la Universidad de Sevilla. Investigo en Grupo de Investigación en Comunicación e Información Digital de la Universidad de Zaragoza.

Ramón Baglietto con Pilar, su mujer, en una imagen de archivo.
Ramón Baglietto con Pilar, su mujer, en una imagen de archivo.

“La orden de matar a mi hermano la dio el jefe de ETA Eugenio Etxebeste, Antxón. Su madre era Baglietto, como yo. Es mi prima Conchita, y todavía vive. Las dos somos longevas. Jugábamos de niñas, pero no nos hemos vuelto a ver. Qué nos vamos a decir...”. Estas frases salieron un buen día de los labios de Nieves, hermana de Ramón Baglietto. Ramón fue asesinado por la banda terrorista ETA el 13 de mayo de 1980. Faltan apenas dos días para que se cumplan 28 años de aquel martes y trece. La octogenaria señora concedió una entrevista a El País en 2005 de la que rescato ahora estas palabras. En ella hablaba de su hermano y de su patria. También de su cuñada, la viuda de Ramón, que tuvo que aprender a soportar que el asesino de su marido montara un negocio en el bajo de su propio edificio. Se lo cruzaba a diario con la impotencia colgada del hombro, la cabeza gacha y un disparo de silencio. Así tenía que vivir. En Azkoitia, Guipúzcoa.

Unos 245 kilómetros separan en línea recta Azkoitia de Belchite, en Zaragoza. 338 son los que se recorren por carretera para ir de uno a otro. Algo más de tres horas de camino y muchos más años de distancia en la memoria. Un camino de silencios. Existen dos Belchites, como también hay dos Azkoitias. Tenemos Belchite nuevo, el municipio actual, y Belchite viejo, el pueblo que quedó destruido por los horrores de la guerra y que continua en pie —por decirlo de algún modo—, deshabitado y doliente. Concluido el conflicto armado, Franco prometió que se volvería a levantar la villa y que a las tierras de secano nunca les volvería a faltar el agua. Hoy, Belchite viejo sigue caído y esos campos de Aragón pasan la misma sed. Decidió el dictador que lo dejaría en ruinas como símbolo, apostilló, de la barbarie roja. Más de 6.000 vidas se segaron en aquella cruenta batalla fratricida. En ella hubo hermanos que combatieron en bandos opuestos y pudieron sin saberlo haberse matado el uno al otro.

Han pasado casi treinta años del asesinato de Ramón Baglietto, pero intuyo que duele parecido. Especialmente, porque no hay distancia, esa píldora cuasi mágica que facilita el olvido y difumina la remembranza. Esa que te permite hacerte un torniquete y seguir en el partido. No la hay. En un pueblo de 10.000 habitantes hay muchos vínculos, un buen puñado de conversaciones pendientes y demasiados silencios. Y ese creo que es máximo representante de la historia de ETA: el silencio. Quienes callaban por miedo a las represalias, a la extorsión, al qué dirán; quienes lo hacían porque debían permanecer en la sombra para poder seguir actuando; quienes lo guardaban porque, en medio del caos, bien poco se podía decir que tuviera algún sentido; quienes agachaban la cabeza y apretaban fuerte los labios al darse de bruces con el asesino de su marido o de su hermano. Silencio.

Ahora todo parece distinto, como cuando a la noche de excesos le sigue la implacable luz fría de la mañana. Todo ha adquirido una iluminación diferente pero en Azkoitia siguen reinando muchos silencios, sigue habiendo víctimas y verdugos viviendo puerta con puerta. Como en Belchite. En muchas casas del pueblo nuevo, la guerra sigue siendo asunto prohibido, sigue habiendo familias enfrentadas, crueldades que no se perdonan, desastres que no se entienden. Ni lo harán nunca. Palabras que es mejor no decir. Solo las pisadas de los turistas llenan ahora el pueblo viejo, aquel lugar donde hace ochenta años hermano mataba hermano.

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