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Si Hércules se ganó su billete al Olimpo tras llevar a cabo lo imposible, Jerez va directo al otro lado, al Inframundo, al Hades.

Es del todo imposible tratar de resumir algunas historias en dos o tres pinceladas. Por ejemplo, no podemos decir que la historia del Éxodo es solamente la de Moisés, que fue nombrado libertador por el propio Dios, el faraón de Egipto y que, luego de una serie de plagas y sucesos misteriosos y escabrosos, el faraón accedió a liberar al pueblo esclavo, el hebreo, pero que después se arrepintió de la decisión, fue a la caza de los liberados y entonces Dios abrió el mar para que pasaran sus predilectos y protegidos, dejando sepultados posteriormente bajo las aguas a los egipcios opresores. Sin duda no es la mejor manera de explicar el episodio, ya que se dejan numerosos cabos sueltos, cosas sin contar y se perdería totalmente el encanto de la narración. Con la mitología sucede lo mismo: es tan compleja que no se puede pasar por ella de puntillas, así que intentaré hacer un trabajo de concreción imposible.

Todos conocemos (o no, yo ya me lo creo todo después de ver a los dos mendas en la tele no ser capaces de adivinar, tras dos millones de pistas, que la respuesta era la Guerra Civil. Algo está fallando cuando una generación con todas las posibilidades lleva camino de batir el record histórico de ceporrismo. Y sí, los padres tendrán su responsabilidad, pero en muchos casos es cuestión de elecciones personales, o más bien de poder elegir libremente lo que se quiere), o tenemos una idea, el pasaje mitológico de los doce trabajos de Hércules encomendados por Euristeo, rey de la Argólida, tras una visita del primero al Oráculo de Delfos luego de haber asesinado en un ataque de locura provocado por la diosa Hera a su mujer y a sus hijos. Su realización, imposible para cualquier mortal, elevó a Hércules al Olimpo y maldijo a Euristeo, que a través de la culminación de los trabajos, muchos de ellos humillantes, pretendía dejar en ridículo al semidiós. Sirve además de paradigma de que lo imposible puede alguna vez realizarse u observarse. Si alguien estuviera interesado en el tema, hay varios enlaces a un solo golpe de click que le llevarán a una información más amplia y decente de la esbozada por mí (ahí está la responsabilidad de la elección a la que antes aludía).

Es evidente que existen uno o varios Euristeo en Jerez, otro paradigma de que lo imposible puede alguna vez presenciarse pero en el sentido más negativo: desde incompetentes gobernando durante décadas a robos en edificios históricos a plena luz y a plena pasividad por parte de quien tiene que velar para que eso no ocurra jamás. Sin duda existe alguien que cuenta con un Hércules al que encomendarle sus “trabajos”, pero con la diferencia de que quien queda en ridículo no es la persona que no puede o no debe realizarlos, sino la ciudad que lo sufre y los ciudadanos que la pueblan.

Nuestros León de Nemea, Jabalí de Erimanto, Cierva de Cerinea, Hydra de Lerna, Establos de Augías, rebaños de Gerión o Jardín de las Hespérides particulares se llaman Convento del Espíritu Santo, retablo de la Sala Capitular de la Cartuja, piedras de Tarifa, Pendón de la ciudad, alambique de Valdespino, Palacios de Riquelme, Villapanés o Montegil, patio de la Casa del Cura o, más recientemente, edificio de las antiguas bodegas Díez Mérito. Entretanto los dioses de la película, esos que llamamos políticos, ni están ni se les espera. Todo lo contrario: intentan desviar la atención centrándose en los monumentos de las rotondas mientras otros monumentos, los de verdad, los que representan nuestra historia y cultura particulares, están siendo desangrados sin ningún tipo de pudor. Ni se investiga ni se busca ni se detiene ni se castiga ni, lo que es peor, se recupera absolutamente nada. Después vamos a Fitur a vender lo que no tenemos y nos vemos obligados a soportar un cartel de eventos realizado en un paisaje que no es nuestro. Si Hércules se ganó su billete al Olimpo tras llevar a cabo lo imposible, Jerez va directo al otro lado, al Inframundo, al Hades, al olvido en fin, después de contemplar sus habitantes también lo imposible.

Los romanos tenían un castigo consistente en borrar cualquier vestigio de la existencia del personaje castigado: era la damnatio memoriae que se aplicó, por ejemplo, al nefasto emperador Domiciano tras su muerte. Es la condena que parece haberse autoimpuesto esta ciudad, la de no dejar nada que nos identifique con nuestro pasado y nuestra historia. Es un proceso largo, doloroso y vergonzoso, que nos obliga a contemplar sucesos como los de Díez Mérito mientras los que tiene alguna responsabilidad se regodean y se relamen en su propia incompetencia. Entre todos la estamos matando, pero no nos percatamos de que con su muerte nos estamos también asesinando a nosotros mismos.



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