Sueños de azotea

Gracias por tanto y sigue cantando allá donde vayas porque muchas otras niñas necesitan ponerle melodía a eso de imaginar cómo será el amor. 

El dúo Roxette. en un concierto de 202. FOTO: DMITRY AVDEEV
El dúo Roxette. en un concierto de 202. FOTO: DMITRY AVDEEV

Quienes han vivido la infancia en los 90 saben bien cuáles son los elementos que nos retrotraen a esos años. Para mí, aquellos maravillosos años —y valga la frase hecha— huelen a jazmín y dama de noche en un patio sevillano, saben a tortilla francesa y a calamares fritos, y a algodón de azúcar de la Feria, tienen el tacto de una pelota y del plástico azul de una piscina con patas. Esos años son el rostro de mi abuela, ajado y sonriente a partes iguales. Y suenan a Roxette. Y es que el acompañamiento de casi cualquier domingo era la recurrente Pretty Woman. El film de la Roberts y el Gere estaba con tanta frecuencia en la parrilla dominical de Telecinco que casi podíamos repetir sin esfuerzo largos fragmentos de diálogo. Todas queríamos tener ese armario y pasear por Rodeo Drive, todas nos tragamos el cuento de hadas de Putanieves y el príncipe. Sin cuestionar demasiado, pero disfrutando de lo lindo.

Toda historia de amor precisa de una canción. Las parejas la tienen y los momentos especiales de la vida también. A mí no hay una que me recuerde más a la infancia que la mítica It must have been love de Roxette. Será que en esos años, en los que no nos preocupaban los estereotipos de género ni la dominación patriarcal, fantaseábamos creyéndonos princesas con vestidos caros. Cuando la voz de la conciencia no arreciaba todavía, todo era cuestión de finales felices made in Hollywood. Eran tiempos en los que el amor podía con cualquier cosa y no entendía de clases sociales ni de dólares. Todo era posible en la tierra de las oportunidades, que para eso eran americanos. Y a nosotras nos daba por soñar. En mi caso, los atardeceres en una azotea mirando al cielo del sur y escuchando una y otra vez la misma música en el walkman eran constantes. Y esa música era Listen to Your Heart, The Look o Joyride. Roxette, siempre Roxette.

El grupo sueco era un dúo pero para mí, sin menospreciar a Per Gessle, el alma era la vocalista y compositora Marie Fredriksson. Aún me parece estar viéndola, con su transgresor corte de pelo a lo garçon rubio platino, la ropa negra y ajustada tan rockera, y esa voz rota y profunda. Recuerdo muy bien sus labios finísimos y su perpetua sombra de ojos oscura. No puedo precisar ni de lejos cuántas veces habré visto el videoclip de It must have been love, cuántas veces habré contemplado el fundido entre las imágenes de la cantante rodeada de humo y las escenas del largometraje de Garry Marshall con la preciosa novia de América y el galán de los ojos rasgados.

Cuando rememoro aquella época, la canción vuelve a sonar una y otra vez en mi cabeza. Es por eso por lo que, al conocer estos días la noticia de la muerte de la rockera sueca, he sentido desprenderse una parte de mi infancia, una parte de mis años 90. La chica de oro de Osjjo solo tenía 61 años y muchas bandas sonoras por componer. Un tiempo después comprendí que ella me enseñó mucho más de lo que había imaginado. Porque mi heroína nunca fue la joven de largos cabellos y piernas infinitas que conquistaba al tipo rico en la gran pantalla, sino la mujer fuerte y transgresora que componía sus propias canciones y alimentaba mis sueños de azotea. Gracias por tanto y sigue cantando allá donde vayas porque muchas otras niñas necesitan ponerle melodía a eso de imaginar cómo será el amor. 

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