Sueños de bruja y hamburguesa

El rótulo permanece, a pesar de que, desde el verano de 2014, no se proyectan sueños en su tela blanca. Ni de brujas, ni de heroínas, ni de batallas campales

Antonia Nogales

Periodista & docente. Enseño en Universidad de Zaragoza. Doctora por la Universidad de Sevilla. Presido Laboratorio de Estudios en Comunicación de la Universidad de Sevilla. Investigo en Grupo de Investigación en Comunicación e Información Digital de la Universidad de Zaragoza.

Sueños de bruja y hamburguesa. Cinema Elíseos es ahora un McDonald's, en una imagen de 'Hoy Aragón'.
Sueños de bruja y hamburguesa. Cinema Elíseos es ahora un McDonald's, en una imagen de 'Hoy Aragón'.

En la época que nos ha tocado vivir todo va muy deprisa. Quizás por eso no es momento para grandes liderazgos ni deidades permanentes. Son más bien los años de los gurús de medio pelo, los peores políticos de la historia y los niñatos millonarios. Y de muchas otras cosas más; algunas, incluso buenas. Pero, a pesar de lo positivo, hoy nada dura demasiado. Es una jodienda para los amantes de la nostalgia, de las épocas doradas y de sus estrellas. Cuando pienso en estrellas siempre me viene su imagen a la cabeza: la de la inmortal Veronica Lake. Esas hondas rubias al agua que caían sobre una mejilla mientras el resto del cabello se replegaba tras la otra oreja. Esos ojos profundos y ese aire inconfundible de diva del Hollywood antiguo que iluminaban nuestros sueños.

Hace muchos años ya que la vi en Me casé con una bruja, la mítica película de René Clair y me deshice cuando la oí decir aquello de «el amor es más fuerte que la brujería». Si te lo asegura Veronica Lake, tiene que ser cierto. No me imagino sentir esa convicción si me lo cuenta cualquier celebrity contemporánea. Pensar en ella siempre me hace desear haber podido asistir a uno de sus estrenos. Vivir el cine de los años cuarenta en directo, con sorpresa, saboreando cada fotograma en blanco y negro desde una butaca a estrenar. Ponerme mi abrigo y mis guantes de piel y prepararme a soñar cuando se apaguen las luces de la sala. Aquellas salas enormes y elegantes, en las que cada crujido acompañaba a la historia que inundaba los sentidos traspasando la pantalla.

El 22 de diciembre de 1944, hace ahora casi setenta y siete años, abrió sus puertas uno de esos cines en los que se lucían las estrellas como mi Veronica Lake. Me casé con una bruja fue precisamente la primera película que se proyectó en su enorme pantalla. De estilo clasicista y estética refinada, el Cine Elíseos se sitúo rápidamente como uno de los referentes culturales de su ciudad, Zaragoza. Por su pantalla pasaron miles de películas y en sus butacas rojas se sentaron durante décadas cientos de miles de amantes del séptimo arte. El Elíseos era uno de aquellos lugares que debían de oler a madera y a humo. Y, más recientemente, a palomitas de maíz. Debía de oler a eso y a sábados por la noche.

Cuando el visitante enfila hoy el céntrico Paseo de Sagasta de la capital aragonesa, puede contemplar, en uno de los edificios modernistas más emblemáticos, el letrero generoso que aún reza “Cinema Elíseos”, presidiendo una entrada imponente. El rótulo permanece, a pesar de que, desde el verano de 2014, no se proyectan sueños en su tela blanca. Ni de brujas, ni de heroínas, ni de batallas campales. Cerró sus puertas, como antes lo hicieron en Zaragoza el Rialto (hoy un supermercado), el Gran Vía (convertido en un bingo), el Venecia (ahora un local vacío), el Mola (un bar de montaditos), el Coliseo (hoy una tienda de ropa) o el Oliver (otro bingo), y la lista sigue. Sobrevive aún a duras penas el Cervantes, en el centro.

Para los que llegamos a la capital maña después del 2014, el Elíseos nunca estuvo en funcionamiento. Al pasar por la puerta y ver el letrero me imaginé una y otra vez cómo sería por dentro, construí en mi mente a mi bruja favorita en su pantalla de los años cuarenta. Y la semana pasada por fin pude traspasar su umbral, cuando volvió a llenarse de público. La representación era bien distinta pero aún pude reconstruir en mi mente cómo habría alumbrado el patio de butacas la enorme lámpara ovalada que al fin tuve sobre mi cabeza. Conserva su taquilla, aún con la A final medio descolgada. Reabrió el pasado sábado. Desde ese día, la cadena de comida rápida McDonald’s tiene un nuevo restaurante en el centro de Zaragoza.

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