Su gran coalición, gracias

Sebastián Chilla.

Sebastián Chilla

Jerez, 1992. Graduado en Historia por la Universidad de Sevilla. Máster de Profesorado en la Universidad de Granada. Periodista. Cuento historias y junto letras en lavozdelsur.es desde 2015. 

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Sin duda alguna, la noche del 20 de diciembre nubló la vista a más de un ciudadano y algún que otro sujeto político. Desde mi particular resaca electoral lo tuve y lo sigo teniendo claro, el bipartidismo no sólo no ha muerto sino que se empeña en estar más vivo que nunca. Y, tras una semana de continua cháchara sobre pactos, coaliciones e investiduras, algunos ilustres barones de la política de nuestro país coinciden en que la solución, o mejor dicho, su solución, es más de lo mismo.

No es extraño escuchar en tertulias televisivas o radiofónicas que algunas opciones políticas son partidos de Estado porque garantizan la continuidad y estabilidad del sistema. En esta línea, son numerosas las voces que han coincidido en señalar que el PSOE, como garante de ello, debe dar un paso adelante y permitir que o bien la lista más votada, con Mariano Rajoy a la cabeza, gobierne este país, o que, sin embargo, se moje en la constitución de un gobierno de concertación a dos o a tres, incluyendo en este último a la formación de Albert Rivera, Ciudadanos. Pedro Sánchez y algunos de los dirigentes del PSOE más mediatizados coinciden en que ni por activa ni por pasiva el partido político más antiguo de nuestro país vaya a permitir una nueva legislatura del Partido Popular porque quieren cambio. Pero, ¿de qué cambio hablan?

A ninguno de los ciudadanos y ciudadanas de este país le debería sorprender tanto como parece que les sorprende una gran coalición entre Partido Popular y PSOE, cuando en el Parlamento Europeo el grupo de los liberales y el de los socialdemócratas europeos han coincidido en la mayoría de decisiones políticas de los últimos tiempos. De esta manera, ni vimos ni veremos que se traten asuntos como el TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnership) o el TAFTA (Transatlantic Free Trade Area) en los debates políticos de nuestro país. Ambos acuerdos afectarán en un futuro muy próximo la vida de todos los europeos y, por ende, la de todos los españoles, pero no quieren que nos importe. Ni son los primeros ni serán los últimos, ya que las coincidencias de los dos grandes del bipartidismo tradicional va mucho más allá. La política territorial en España se choca con la realidad de un PSOE que ante el dilema de renovarse o morir ya se está matando, y si no, que vengan sus compañeros griegos del PASOK y lo vean. Si Podemos, más las confluencias, establecen como requisito imprescindible el derecho a decidir en el desgobierno de la Cataluña actual y el PSOE, en virtud de 'partido de estado' no lo permite, ¿qué otro camino les queda?

En los últimos años, las políticas 'austericidas' se han cebado con los pueblos del sur de Europa y, por consiguiente, la socialdemocracia en estos países se ha visto en un peligro constante al verse desplazada o directamente influenciada por movimientos políticos emergentes, bien sean de corte izquierdista o transversales. De una forma u otra, los socialdemócratas dejaron hace tiempo de ser socialdemócratas y gran parte de los ciudadanos y ciudadanas del Sur de Europa han empezado a tomar conciencia de ello. Aunque con un sabor muy amargo, la victoria de Syriza en Grecia a principios de este año que ya se acaba contrasta con el reciente e histórico apoyo del PCP y del Bloco de Esquerda a los socialdemócratas portugueses para formar gobierno. Un gobierno que, al igual que sucedió en Italia hace poco tiempo, puede correr el riesgo de tambalearse. Esta realidad nos precipita, una vez más, hacia nuevas grandes coaliciones.

Entender la situación actual de los gobiernos de los países miembros es fundamental para comprender el devenir político de nuestro país. La esperanza de un gobierno de izquierdas hace unos años con la llegada de Hollande al Eliseo se truncó al no poder revertir las políticas de austeridad que la Unión propone, sumándose a la lista de los que abrazaron el socioliberalismo. Y ante la falta de respuestas, las peores expectativas se confirmaron: el auge de la extrema-derecha en el país galo constituye un peligro para las libertades civiles y el progreso social. En otro ámbito pero relacionado de manera íntima, en otros países tradicionalmente vinculados a políticas socialdemócratas y de libertades civiles han surgido voces antieuropeístas con un marcado carácter xenófobo y ultranacionalista. Es el caso de naciones como Suecia, Finlandia o los países del Benelux, entre otros. No es casualidad que en un periodo de crisis económica y, válgame decir, de valores, el capitalismo vuelva a crear fantasmas de odio porque el pueblo llano busca soluciones y se agarra a un clavo ardiendo como último refugio de su desesperanza. ¡Y vaya desesperanza! Afortunadamente, en otros países de la Unión como el nuestro no hemos sufrido esa vía de escape pero debemos mantenernos alerta porque el peligro es inminente. La continuidad política que padecemos hoy y que bien podría definirse como turnismo en pleno siglo XXI, nos pasará factura. El desafío soberanista y la política común en torno al problema de la inmigración, los refugiados y su escabrosa y malintencionada relación con el terrorismo yihadista por parte de algunos grandes partidos europeos puede contagiarse a nuestro país.

A estas alturas y teniendo un poco de altura de miras la pregunta que nos acontece es: ¿Qué devenir político le espera a nuestro país y a nuestro entorno? Los dos grandes partidos de España y el no tan nuevo pero sí emergente en clave nacional, Ciudadanos, se constituyen como únicas posibles opciones de gobierno para nuestro país porque la oligarquía española, y especialmente europea, así lo desea. De esta manera, la continuidad parece estar asegurada por el momento. ¿Qué nos hace pensar que puede haber un cambio en la realidad económica y social de nuestro país si no la hubo en Grecia con la victoria de la izquierda radical? Para que la situación en España se revierta de verdad tenemos que hacer un esfuerzo muy importante entre todos y todas, un trabajo que va más allá del tacticismo electoralista y que rebasa el plano discursivo. Es cierto que, como en multitud de ocasiones hemos afirmado desde la izquierda, España no es Grecia y que una nueva realidad política transformadora en nuestro país alteraría absolutamente la orientación de la Unión en el terreno económico y social. ¡Sí! Pero, esa nueva realidad debe construirse poco a poco y va a ser muy complicado si abandonamos un programa de ruptura democrática en pos del discurso cómodo y fácil.

De vuelta al futuro cercano que a España le espera, coincido con aquellos que se inclinan a pensar que el PSOE tiene la llave para formar gobierno -o bien crear un nuevo desgobierno- en nuestro país. Y a este respecto me remito a las acertadas palabras a las que José Mejías hace poco hizo referencia. El PSOE debe elegir entre la 'P' y la 'E' de sus siglas o la 'S' y la 'O' de estas. O bien elige ser españolista o bien elige ser socialista y obrero. Creo que la coyuntura es bien clara y acertada. El tiempo nos dirá si el PSOE quiere seguir el camino de sus compañeros portugueses o el de sus compañeros griegos. De una forma u otra, de lo que no me cabe ninguna duda es que en ambos caminos se encontrará con grandes trabas y apuros. Por un lado, una hipotética alianza o pacto de investidura con el PP le costaría muy caro, si bien podría maquillarlo con la intermediación y el protagonismo de Albert Rivera, aquel que en una semana ha pasado de rechazar cualquier pacto con el bipartidismo a ofrecer un gobierno a tres, como pregonero. Por otra parte, un complicado pacto 'de izquierdas' le obligaría a ceder en el derecho a decidir de Cataluña y en políticas que bien se convertirían en descafeinadas por la incapacidad de ejecutarlas. Dicho de otra forma, parece que todo queda dicho tras estas últimas elecciones generales y, al mismo tiempo, queda en entredicho.

Sin dar pie al enfrentamiento en el que nos hemos visto envueltos estas últimas semanas, la pregunta que deben hacerse las fuerzas que quieren tener un carácter transformador en nuestro país es: ¿Qué hubiera pasado si hubiera habido una confluencia en todo el Estado entre Podemos, Izquierda Unida, EQUO y los demás partidos y movimientos políticos del 'cambio'? Hubiera sido un éxito por mayoría simple y esta vez a nivel nacional, pero seguramente tampoco habría servido para arrebatar el poder a una gran coalición que parece inevitable. De la misma forma, la pedagogía a la que tan poco se ha recurrido es imprescindible para que los votos se conviertan en un auténtico rechazo a la política actual y se apueste por un nuevo horizonte. Y eso es un trabajo arduo que concierne a todas las fuerzas transformadoras de nuestro país. Un reto en el que muchos se vieron superados y que ahora se empeñan en pasar por alto. Desde la izquierda rupturista en la que me encuentro, no vamos a abandonar nuestras luchas por la centralidad del tablero, ya que creemos en esa pedagogía que hoy es más necesaria que nunca. Pero, dicho sea de paso, no nos queda otra que buscar puntos en común para liderar y contribuir a una alternativa a este sistema que la oligarquía tiene bien atado y garantizado. Si no canalizamos la indignación, olvidaremos cuál es el camino y nos seguiremos perdiendo sin ni siquiera forzar el más ínfimo de los cambios. Y para el cambio, que a nadie se nos olvide, es necesario volver a encontrarnos y tomar conciencia haciendo autocrítica de lo que nos estamos jugando.

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