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"Para los niños de la generación de los 80 hay hechos fundamentales que han ido marcando nuestra trayectoria. Esa mentalidad que nos llegaba y que venía marcada por el hombre como un concepto bigotudo y fumador empedernido".

Hace tiempo que la sociedad  va navegando por otros rumbos. Horizontes que nos hacen pensar en una densidad distinta de la forma y manera de pensar en nuestros días. Antes todo esto era campo, ahora ya la hierba es artificial. El camino hasta que el césped brote de manera natural y que se pueda cortar con total normalidad es arduo, complicado, pero es el camino, no solo nosotros, el que no debe desviarse. Para los niños de la generación de los 80, hay hechos fundamentales que han ido marcando nuestra trayectoria. Las primeras consolas, las cintas VHS, los Spectrum, los 386 y aquellos Pentium I… pero sobre todo, nuestra principal influencia fue la llegada de la televisión de masas. Hay tres hitos fundamentales en este sentido: las Mamachichos, Chicho Terremoto y los viernes noche en Canal+. Los tres fenómenos llegaron en los 90, para deleite, la fuerza y el vigor de los que estábamos comenzando a sentir cosquillas con cierta conciencia en lo que viene siendo, permítanme ávidos lectores la expresión, el nabo.

Aquellas brasileñas del canal importado desde Italia, que solo buscaba mantener al espectador masculino atento a la pantalla, con los exóticos bailes y sus canciones cachondas: “Mamachicho me toca, me toca cada vez más”, mientras les metían anuncios de coches por los ojos ya cachondos del homo erectus.  Años de la Chicholina, de la teta rebelde de Sabrina, que venía flotando de todo ese maremoto que supuso la época del destapa en el cine. Los Esteso, Pajares, Ozores –de las mujeres  no se recordaba precisamente el nombre- que veíamos a escondidas, buscando el momento pezón, que no solía tardar mucho en llegar. Todo ello con sus dos rombos, hasta que nos lo metieron vía dibujos animados. Amén de las connotaciones sexuales que hemos ido descubriendo en época adulta en películas Disney, por ejemplo, a mediados de los 90 llegó la cosificación para los más pequeños. Chicho Terremoto era un niño que le gustaba el baloncesto, pero como era más corto que un fandango se dedicaba a verle las bragas a las niñas. Psicopedagogía en estado puro. Y eso nos tragábamos con su cola cao y/o su bocadillo de pan con manteca.  

Esa mentalidad que nos llegaba y que venía marcada por el hombre como un concepto bigotudo y fumador empedernido.

Con la llegada de la tecnología fue distinto. Los que no teníamos Canal+ nos conformábamos con ver la tele pequeña, que ya casi había en cada cuarto, codificada y con ese sonido característico. Ese momento en el que ponía el Madrid-Barsa en el pitido inicial y tras tres segundos –que eran la esperanza máxima por si se veía el partido- salían las rayas blancas y negras. Aunque fue todo un descubrimiento cuando los viernes por la noche, en los planos cortos, se veía con cierta imaginación algún que otro pelillo, intuyéndose los empujones al compás de un sonido metalizado.

Lo cierto es que toda aquella mezcla de hormonas nos hacía buscar en el género femenino –en la mayor parte de los casos- esa manera salvaje de concebir a la mujer. Un mero objeto de usar y tirar, como un clínex, básicamente. Esa mentalidad que nos llegaba y que venía marcada por el hombre como un concepto bigotudo y fumador empedernido. El macho ibérico, bebedor y dictador de la república dependiente, con su mujer en casa. Por suerte para mí, mi padre ni tenía bigote, ni fumaba, ni bebía. Sin embargo, esos tiempos fueron dando paso a ese concepto de dominación que se metía de lleno como algo natural.

No es una justificación, es un punto de partida.

¿Qué es lo natural? De ahí vienen tantas formas y maneras que tenemos los hoy treintañeros de concebir el sexo, la mujer y la mezcla entre ambos conceptos. A día de hoy, éstos como otros tipos de micromachismos domésticos, son las hierbas que se debe ir purgando. Las bromas sobre la mujer, son como las bromas sobre los maricones, sobre los negros… pequeñas bacterias que infectan nuestro organismo mental y que pueden acabar, en casos concretos, cercenando vidas, en casos generales, envenenando la sociedad. Los de mi generación tenemos esos cuerpos cancerígenos en nuestro organismo, necesitamos medicación, pero somos nosotros mismos los primeros que debemos reconocer, como punto de partida, la enfermedad que tenemos. Soy machista, no lo sabía, no reparaba en ello. No es una justificación, es un punto de partida. Hace unos años que lo pienso y es el momento de iniciar el tratamiento, gritando un  NO, fuerte y alto, a todo aquello que considere ofensivo para la mujer y, por extensión, para el hombre. Llega el momento de ser jardinero que busca no solo que crezca la hierba, sino que florezca.   

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