ffdf03e4-82b1-11df-acc7-002185ce6064_12.jpg
ffdf03e4-82b1-11df-acc7-002185ce6064_12.jpg

De Toulouse y aquel bochornoso día de septiembre, que acabó destrozado en mil pedazos por el granizo, tan sólo logro rescatar algunos momentos de entre tanto autobús gris y los coletazos de su avergonzado río que no quiso hacer acto de presencia; entre estos retales de memoria consigo recordar a una niña negra jugueteando con su destino sobre los signos zodiacales de la bella Place du Capitole..., ésto y que no paraba de reírse conmigo.

Con un francés musicado por su lengua de origen -una de tantas que se derramaron en Babel y sobrevivieron en el fuego de la Historia- no paró de invitarme a jugar con ella mientras su madre, de anchura floral estampada y palmas claras como la arena de la luna, le regañaba por no dejarme leer una ridícula guía de viajes que acabó sacándome a patadas de la escena.

Con aquellos dos rostros clavados en mi retina fui recorriendo lentamente las calles de la ciudad Rosa topándome con el porqué de todos sus nombres y pasados..., confluyendo todas sus historias y leyendas en una sencilla placa que rememoraba la llegada de los exiliados españoles que habían logrado escapar de su guerra civil.

Fuimos cuatrocientos mil los que huimos a Francia durante nuestra contienda -digo fuimos porque todos somos resultado de aquel triste suceso- y más de veinte mil los que llegamos sin nada a una ciudad como Toulouse que no podía presagiar que, años más tarde de aquella triste y masiva entrada de españoles, sería conquistada por la Alemania nazi.

No me cuesta imaginar cómo serían aquellos primeros días de los refugiados en la capital occitana: buscando con urgencia un lugar para dormir, comida para poder seguir de pie y un futuro donde agarrarse para no tener que regresar a una tierra que los entregaría a la muerte; no quiero imaginar lo que hubiera sucedido si el país vecino -que se ganó la condición de hermano- no hubiera abierto sus fronteras a aquellos españoles y les hubiera obligado a arrojarse al mar y a batirse el cobre dando la espalda a los Pirineos.

Hoy, sin lugar a dudas, España sería menos España..., sería una tierra llena de rencor que, sin aquella milagrosa oportunidad de empezar de nuevo lejos de ella, todavía no habría podido perdonarse.

Archivado en:

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído