Tras el largo proceso de negociación que culminó en la incorporación de Podemos y Alianza Verde a la candidatura de Por Andalucía a las próximas elecciones andaluzas del 17 de mayo, una pregunta dicotómica ha venido rondando mi mente sin descanso. ¿Asumimos la idea del gen egoísta de Richard Dawkins o el concepto de simbiosis de Lynn Margulis? La pregunta puede parecer desconectada, pero contrapone dos paradigmas opuestos: uno que entiende la evolución como el resultado de una competencia permanente entre sujetos que buscan maximizar su propia supervivencia; y otro que señala la cooperación, la interdependencia y la articulación de lo diverso como motor de las grandes transformaciones evolutivas. ¿Cuál de estos dos paradigmas va a determinar la composición de un espacio transformador capaz de disputar el poder político y derribar los muros de un sistema socioeconómico que nos arrastra hacia el colapso civilizatorio? La respuesta que le demos, entre todos y todas va a condicionar la acción política y la posibilidad de transformación social en los próximos años.
La diversidad de voces y puntos de vista presentes es innegable y, en cierto modo, inevitable en ese espacio político contrahegemónico que aglutina a quienes aspiran a impugnar el sistema actual para avanzar hacia la justicia social y ambiental. ¿Acaso podría ser de otra manera en un proyecto que pretende representar a amplias mayorías sociales atravesadas por realidades, experiencias y sensibilidades distintas?
Pero esa diversidad es tanto la mayor fortaleza como la mayor vulnerabilidad de ese espacio político. Es fortaleza porque enriquece, porque abre posibilidades, porque permite que emerjan propuestas políticas innovadoras, formas organizativas nuevas y distintos lenguajes capaces de conectar con diferentes sectores sociales. Pero es vulnerabilidad porque, si no se articula adecuadamente, fragmenta hasta la inoperancia, enfrenta hasta el caínismo y disuelve en una parálisis que impide cualquier acción transformadora real.
Detengámonos un momento, y planteémonos cómo vamos a gestionarlo. ¿Van a competir esas voces diversas, gritando cada vez más alto para tratar de alzarse como hegemónicas dentro de un espacio que, en el proceso, se va vaciando a sí mismo? ¿Vamos a considerar la política transformadora como un proceso de selección natural darwinista de la supervivencia del más fuerte? ¿Vamos a aceptar como inevitable una dinámica de confrontación interna permanente, aunque el resultado sea un conjunto de pequeños grupos de fieles incondicionales cada vez más homogéneos, más separados entre sí y con menos capacidad para oponerse a las fuerzas reaccionarias que constituyen los verdaderos enemigos de la transformación social? Si nos obligamos a pensar en frío, dejando a un lado, aunque sea por un instante, las emociones más viscerales y los instintos identitarios más primarios, la respuesta parece evidente. Ese camino es una vía muerta. No conduce a la transformación, sino al ostracismo y la irrelevancia política.
Pero existe otra lógica, que no es una invención teórica ni una utopía ingenua. La encontramos una y otra vez en la propia historia de la vida en nuestro planeta. Lynn Margulis mostró cómo las grandes transiciones evolutivas no se explican solo por la competencia, sino por la cooperación simbiótica de organismos distintos que, en lugar de aniquilarse o subordinarse, encuentran formas de coexistir y de generar algo nuevo y mejor juntos. La cuestión, por tanto, no es si debe haber diversidad, porque la hay y la seguirá habiendo, sino qué hacemos con ella. ¿La convertimos en un campo de batalla permanente? ¿O la articulamos como una red de alianzas generosas, de complementariedades y de reconocimientos mutuos?
Optar por lo segundo es más difícil. Exige responsabilidad y renuncias. Exige aceptar que nadie va a representar por sí solo la totalidad del proyecto. Exige construir espacios compartidos donde la coordinación no se base en la subordinación. Pero también es la única vía que, razonablemente, puede abrir una posibilidad real de transformación. Recordemos que el enemigo no está dentro. No son quienes, con diferencias más o menos profundas, comparten un horizonte de cambio. El enemigo es un sistema que sigue ampliando las desigualdades, degradando los ecosistemas y reduciendo las condiciones materiales de vida de las mayorías sociales.
Y frente a ese enemigo, la unidad que ofrece una alternativa no puede basarse en la competencia y la uniformidad, sino en la simbiosis. La unión de sujetos diversos que, sin dejar de ser lo que son, trabajan de manera coordinada en beneficio mutuo. No porque desaparezcan las diferencias, sino porque se entienden como parte de un proyecto común más amplio. Puede parecer una tarea compleja, y lo es. Puede parecer una solución más inestable, y también lo es. Pero una mirada ecologista a la historia de la vida nos enseña que es precisamente de esa complejidad inestable de donde surgen las transformaciones más profundas y valiosas.


