Que las catástrofes son capaces de sacar lo mejor de nosotros lo hemos visto estos días en Adamuz. Sin pensarlo dos veces, todos los vecinos de este pequeño pueblo del norte de Córdoba se lanzaron con determinación a auxiliar fuese como fuese. Comprendieron o intuyeron que aquel choque entre dos trenes —uno de la compañía nacional Renfe; otro de la empresa privada Iryo— no daba pie a la controversia, había que actuar.
Extrañamente, también nuestros dirigentes políticos, pese a lo que nos tienen acostumbrados en los últimos tiempos, han estado a la altura de las circunstancias: tono sosegado y el propósito cumplido de cooperar sin reproches. Quizá, con esta actitud, ninguno de ellos logre llevarse el gato al agua en las próximas elecciones, pero han acompañado a los familiares de las víctimas, que no se habrán sentido moneda de cambio en los rifirrafes de dos adversarios políticos; han devuelto al menos por unos instantes la confianza en la clase política; y, estoy convencida, han contribuido a que los trabajos que rodean esta catástrofe estén siendo más efectivos y rápidos.
Esa idea equivocada de que la acusación sin base y el ensañamiento público deja herido al adversario y, a ojos de los demás, el hostigador queda proclamado vencedor, al que además se le presume poseedor de la verdad, está haciendo un daño profundo en nuestra sociedad. Cuando, en realidad, ese falso campeón es un impostor, pues sabe perfectamente que su victoria es humo que podría desvanecerse en el próximo asalto, y que tan solo ha llegado a esconder sus propias miserias: ni ha revelado la verdad, ni ha impartido justicia.
Habrá tiempo, parejo a los resultados de las investigaciones, de depurar responsabilidades, exigir dimisiones o cambios estructurales, valorar las consecuencias de esa fusión parásita entre empresa privada (el parásito) y lo público. En definitiva, actuar por el bien público y no por un interés tan rastrero como es el mantenerse en el poder, por oportunismo político.
Si en lugar de una tregua, nuestros dirigentes cambiaran la forma de relacionarse, normalizando la buena educación y los comportamientos guiados por la ética, otro gallo cantaría. Tendría la voz más clara, limpia y sonora. Ahora nos queda esperar, solo el tiempo nos confirmará la solidez o fragilidad de estas nuevas formas y maneras, aunque confieso mi poca fe. Pero lo que sí parece cierto es que, si quieren, pueden cambiar el rumbo de la historia.



