Juan Carlos de Borbón, en una imagen de archivo.
Juan Carlos de Borbón, en una imagen de archivo.

Con más de medio mundo sollozando por el final de Juego de Tronos, el otro medio a un paso de la esquizofrenia por estos aniquiladores cambios de tiempo, y a España entera preguntándose quién narices le va a gobernar el pueblo, hemos recibido una noticia. O quizás debería decir una no noticia.

Resulta que el emérito borbón se jubila del todo. Hace ya cinco años que su reinado pasó a mejor vida —si es que alguna vez había atravesado estrecheces— y ahora parece que lo ha hecho él. Y eso que mientras reinaba tenía amantes, cazaba rinocerontes y hacía de las suyas en las cumbres internacionales. Ahora que ya no tiene agenda oficial pero sí 200.000 euros por la cara al año, imagino que lo de darse la gran vida se le quedará incluso pequeño. Ahora que ni siquiera tiene que hacer el paripé saludando a la bandera, ancha será Botsuana.

Elevar el vivir del cuento a la categoría de arte con honores es algo que corresponde a la monarquía desde tiempos inmemoriales. Diríase incluso que es la más perfeccionada de sus virtudes. Luego ya, la arrogancia y el clasismo como principio vital vienen de serie con la institución. Y es que se infravalora el poder de la sangre azul: aunque no lo parezca, es realmente capaz de contagiar de estupidez a todo el que tiene el más mínimo contacto con ella. De eso ha vivido la corte toda la vida. 

No hay quien consiga explicar ciertas malas costumbres. Ya se ha quemado de tanto usarlo —como el amor de la Jurado— el aclamado papel durante la Transición, el discurso de valentía del 23-F, o el tan cacareado perfil del diplomático más campechano. Tampoco sirven ya las instantáneas de coronación en color y de infantes sonrosados. Y no valen porque, sinceramente, a doscientos mil al año por barba, no compensa ni de lejos sufragar tanta regata y tanto caballito. 

Y ahora se va. Seguirá viviendo de lujo, eso sí, pero más en la sombra. No creo yo que mantenga la bragueta dispuesta para principescas misiones, pero lo mismo sigue teniendo la escopeta cargada para la caza furtiva. Y esta vez, sin ni siquiera pedir perdón. La despedida se pareció bastante al camino: con palco, honores, vítores y súbditos aclamando mientras la España más rancia se entretiene y alguno que otro derrama su sangre roja. No ha cambiado tanto la cosa desde Julio César o Luis XIV. Gladiadores, pobres miserables o toros de lidia. 

Se va pero lo deja todo bien atado: hijo al frente y nieta precoz. Y todos nosotros, los del ruedo, los que caminamos sobre el albero, labrando como podemos el día siguiente. Sin un duro, sin orejas y sin rabo que valga. Me gusta pensar que cada vez somos más los que sentimos que hay poco que agradecer, que los servicios prestados están pagados a precio de oro. Y que es hora de enterrar de una vez por todas las malas costumbres, colocarles una losa encima y mandar al paro a los bribones y las bribonas para siempre. Será el cambio de tiempo. Será que los tiempos no cambian como deberían.

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