Ser un verdadero cristiano no es tan fácil

El respeto desde el inicio hasta el final natural de la vida es esencial, pues es Dios mismo el fundamento de la misma

16 de febrero de 2026 a las 12:53h
Devotos rezando ante el Señor de la Vía Crucis.
Devotos rezando ante el Señor de la Vía Crucis. MANU GARCÍA

Los cristianos tenemos una responsabilidad en la sociedad que nos toca vivir. Ayudar a transformar vidas. ¿Por qué?

El Evangelio no se vive solo al calor de nuestros templos, sino también en la intemperie de la existencia humana; allí donde buscan, sufren y aman nuestros hermanos los hombres.

La iglesia primitiva se centraba en Jesús y en abrazar sus dos principios fundamentales: amar al prójimo y amar a Dios. La iglesia moderna se centra en adorar a Jesús a distancia, asegurándose de que las personas sigan un conjunto de reglas invisibles y alejando a cualquiera que sea diferente.

En primer lugar, como cristianos, debemos implicarnos en el respeto y en el cuidado del medio ambiente, en los derechos humanos y en las necesidades materiales de las personas, sin acepción.

No es exclusivamente este el único papel; viene adosado a otros compromisos. Son los que algunos denominan "la caridad política".

Una aptitud comprometida y permanente con el hombre en la vecindad, en el trabajo, en las asociaciones ciudadanas y en la vida social y política.

Además de todo ello queda el testimonio personal. No puedo cambiar mi empresa, mi institución, pero sí mi puesto de trabajo, lo que depende de mí. No puedo vencer el consumismo reinante, consecuencia de una propaganda apabullante, pero puedo ser austero. No se puede menospreciar lo pequeño, porque, como decía Schumacher en su famoso libro, lo pequeño es hermoso. Muchas cosas pequeñas quizá no cambien el mundo, pero ayudan a hacerlo más habitable. La alegría también se basa en seguir la conciencia cuidando los detalles, como ofrecer y acabar una tarea, prestar un servicio con buena cara, cumplir los horarios y normas laborales. En definitiva, tener en cuenta al otro y sus necesidades en las relaciones personales de esta comunidad humana que es la empresa o cualquier otra entidad.

Vivir con dignidad, cuidando la dignidad de los demás, es fundamental. El respeto desde el inicio hasta el final natural de la vida es esencial, pues es Dios mismo el fundamento de la misma. Alterar, maltratar o segar la vida humana es el mayor desprecio que podemos realizar contra el propio ser humano. Además, para los que somos creyentes, constituye una afrenta directa contra el dador de la misma: Dios. La persona nunca puede ser tenida como una herramienta para conseguir un fin. El ser humano no puede ser cosificado. Por ello, no podemos consentir ningún tipo de discriminación en relación a la raza, sexo, origen, cultura, ideología o religión.

Para el cristiano, todo esto conlleva una preparación continua de oración, meditación y de lectura de la Biblia, que es donde están escritos los mandamientos (Exodo 20;1-17” ; Deuteronomio 5,6-21) que debemos cumplir, estableciendo el compromiso de las obras cuando damos el paso de Fe, a través de la Fe.

Compromiso que se establece con la intervención del Espíritu Santo.

Sin fe no hay obras que salgan del corazón. Y sin obras la fe está muerta.

Nunca debemos caer en la arrogancia, la cual va en perjuicio de la unidad y de la paz. Por ende, este compromiso debemos adquirirlo con nuestros hermanos en nuestras iglesias, pero ciertamente, no en exclusiva.

Agustín de Hipona señala la arrogancia de quienes, antes del tiempo oportuno, quieren separar a buenos y malos, al "justo" del "injusto". En este contexto pide "humildad", "paciencia" y "tolerancia". La humildad se presenta como una virtud cristiana fundamental, sin la cual son imposibles la unidad y la comunión en el seno del cuerpo místico de Cristo. El obispo de Hipona se basa en gran medida en la autoridad de Cipriano y muestra cómo este mártir intentó acoger opiniones diversas a fin de mantener la unidad de la Iglesia.

La Iglesia primitiva, nacida por el poder del Espíritu el día de Pentecostés, mantuvo su esencia al dedicarse a unas prácticas particulares tomando como base la enseñanza de los apóstoles y su compromiso con la Palabra de Dios y la oración.

Los primeros cristianos desarrollaron una vida comunitaria compartiendo los bienes de cada uno y celebrando la fracción del pan con alegría y sencillez. En su origen recibe el apelativo de koinonía” ( en griego koine) para hacer referencia a la unión íntima con Dios y la relación fraterna entre creyentes, caracterizada por el intercambio, la solidaridad y el compartir tanto la vida como los bienes materiales, superando el individualismo.

Para poder mantener estos principios en los tiempos actuales, la iglesia debe funcionar como un cuerpo unido (pastores y miembros) cuya meta es la gloria de Dios y la expansión de su reino, combinando el compromiso espiritual con la fraternidad y el servicio social práctico.

Como podemos observar, ser un verdadero cristiano no es nada fácil, pues resulta imposible alcanzar una relación íntima con Dios sin compartir los bienes materiales, renunciando al individualismo y dando ejemplo de fraternidad y solidaridad en el ámbito de la iglesia y de la sociedad en su conjunto. Desgraciadamente, muchas iglesias son “ombligocentricas” en su relación con la sociedad y en su funcionamiento interno. Son iglesias obsesionadas con bienes materiales (como pudiera ser la adquisición de un local o edificio más grande). Son iglesias de “clase”, donde unos son “hermanos” y otros son “hermanastros”.

En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” (Juan 13:35)

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