Stonewall Inn, en una imagen de archivo. FOTO: DANIEL CASE
Stonewall Inn, en una imagen de archivo. FOTO: DANIEL CASE

El club donde se juntaba la diversidad en Nueva York se llamaba Stonewall Inn, donde irrumpió la Policía en la madrugada del 28 de junio de 1969. Para esa fecha los gobiernos federales de Estados Unidos de América ya le hacían la guerra, en todo el mundo, a lo que ellos mismos llamaban la uniformidad; tomemos las de Corea o Vietnam como simple ejemplo. Aunque en su propia casa decretaban la uniformidad a palos.

Contra la redada de la policía en el club gay se sucedieron manifestaciones innumerables en las que la policía llegó a perder el control. Esto se conmemora con el Orgullo Gay. Y estos hechos se conectan rápidamente con la muerte en manos de la policía de George Floyd, que dieron lugar a una explosión espontánea de protestas e indignación.

Las críticas contra el capitalismo rosa no dejan de crecer, y no dejan de hacerlo porque su estilo de negocio no hace que las personas de piel negra, por ejemplo, terminen de sentirse completamente integradas. Aunque no solo. Ese capitalismo rosa, se insiste desde las críticas, presenta y alimenta una estética que no acepta una verdadera diversidad. Eso además de que unas jornadas reivindicativas estén patrocinadas por grandes empresas y empresarios que no parece que trabajen tanto a favor de la diversidad y la justicia social. Sería como si las luchas contra el racismo o por el feminismo fueran organizadas por empresarios, por organizaciones empresariales, y financiadas por grandes multinacionales.

En mi pequeña ciudad he observado, sin embargo, que varios cafés donde se vive entre la diversidad más diversa y real no tienen en ninguna parte el distintivo de diversidad, pero la practican. Curioso que entre løs que allí trabajaban haya de todo, pero no solo en conducta sexual. Y el otro café, el primero regentado solo por mujeres, ya desde hace años, no sea lesbiano ni feminista, siéndolo todo al mismo tiempo: un lugar, también, donde a nadie se le pregunta nada excepto por lo que va a tomar.

Más me llamó la atención que la Guardia Civil se vistiera con la bandera del movimiento LGTB, y más aún el entusiasmo con que fue acompañado el Benemérito Instituto, ya que considero que antes de usar esa bandera como propia habría que abrir los archivos sobre todas las persecuciones atroces de ese cuerpo durante su historia reciente, depurar responsabilidades que pudieran quedar pendientes y acomodar a una verdadera modernidad a la Benemérita. Los chistes fáciles sobre que los guardias siempre fueran en pareja no da para olvidar tan rápidamente la larga dictadura. La necesidad de un cuerpo de policía como la Guardia Civil se comprende en el llamado Sur de Europa, y quizá por ello haya que aceptarlo, aunque haya muchos países donde una Benemérita no sea imaginable ni necesaria. Quizá por ahí va la nueva imagen que se ha querido conceder a la Guardia Civil, pero no olvidemos los fondos.

No hay contradicción entre protestas sociales reivindicadoras de mayores justicias y el intento de embridarlas para que sigan pareciéndolo pero queden desactivadas. Eso que llama fagocitación, que es como ir a comprarse el uniforme de punky a unos grandes almacenes. Esta es la queja de una parte creciente del movimiento gay: se les vende todo el aparejo necesario para irse a la manifestación, que ya solo parece una gran fiesta en muchos casos, y se favorece la domesticación consumista y la insistencia en producir modelos normativos estéticos que marginalizan a løs que no gustarían: los gordos, los de piel negra, los raros, los rarísimos. Luego está la formación de familias mediante

una discusión que no debería ser ajena al movimiento LGTB.

Este año también el feminismo se ha visto implicado en la discusión sobre sexo y género, con vehementes llamadas a negar el género y hablar solo del sexo y el cuerpo. Se abre un debate enormemente importante en el que parece necesario tomar parte como miembros de una sociedad democrática, y se precisa insistir en la existencia de feminismos y de su pluralidad intrínseca, del mismo modo que el LGTB es un magma diverso y contradictorio. Uniformidad es exclusión y las sociedades democráticas lo son porque en sus células mínimas lo son, y respetuosas con la diversidad.

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