Se prohíbe el cante

Pero de lo que no me percataba es que en nuestra Andalucía, casi todos saben coger una guitarra y entonar algo

Guitarras colocadas junto a la estatua de Paco de Lucía en Algeciras.
Guitarras colocadas junto a la estatua de Paco de Lucía en Algeciras.

Reivindico a los guitarristas callejeros y a los artistas consagrados en el austero retiro de su pudridero. A todos esos que cruzan la ciudad a patas, guitarra en mano. A esos que con un nombre hecho, no abandonaron la huerta ni el saber amargo de la última derrota.

Cuando quien escribe era más joven aún de lo que es hoy, y salía por las noches con los amigos dispuesto a vivir aventuras, hice lo que debía hacer, y entre ello, conocí erasmus. Me imaginaba yo que aquella alemana de vuelta a la cotidianeidad de su pálida tierra se cruzaría por la strasse con más de uno tocando el violín. Pero de lo que no me percataba es que en nuestra Andalucía, casi todos saben coger una guitarra y entonar algo. Luego están los que saben acompañar porque tienen un oído privilegiado o los que tocan de verdad porque le han dedicado muchas horas.

Me emocionan los sufridos, no cuando rasgan las cuerdas para el turismo sino cuando se permiten algo más íntimo y hacen brotar el sufrimiento descarnado. Una noche ya avanzada de aquellas lejanas con los amigos, nos sentábamos en un banco de la Alameda, cansados y con las bocas pastosas, cuando llegaba un gitano, ya fuera Ramón o Joaquín, a pedir un trago de cerveza o un cigarro y ya que estaba ¿puedo coger la guitarra? Entonces hacía sonar algo hermoso. Pero inmediatamente la soltaba, sabedor del abismo que había tras ella. Siempre amable, cercano, el gitano se despedía y tomaba el largo camino a su barrio. Nosotros también, que a menudo discurría por el mismo tramo hasta el final de Ramón y Cajal. Eran por los menos cincuenta minutos de un gran paseo nocturno con los amigos. 

Mi tía Cristina, la alegría de vivir que en paz descanse por los siglos de los siglos, ordenaba que a los músicos callejeros siempre se les echase monedas. Y aunque haya excepciones, como en todo, hay que convenir que es forma digna de ganarse la vida. Ahí quedan esos carteles en las tabernas ‘Se prohíbe el cante’. Ahora no parecen malajes sino manifestación de otros tiempos en que se cantaba demasiado.

No solo reivindico el arte en la calle de estos músicos marginados. También a los artistas flamencos consagrados que han declinado o no han sabido aprovechar la profesionalización sana y mercantil. Esos guitarristas y cantaores que se han recluido en sus casas, alejados de la fama, son dignos en su austeridad de cínico griego de vueltas al origen. Estos artistas y los que ni siquiera se dieron a conocer, conservaban un saber antiguo, rancio, antimoderno, duro, que merece la pena ser recordado por nosotros, la gente corriente que sustenta el valor de la lengua y la cultura. Otra cosa no llevo diciendo desde esta atalaya en el último año.

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