Después de 10 borrascas sucesivas, propias de una distopía diluviana, la mayoría de nuestros embalses están a rebosar… y me temo que esto nos va a hacer olvidar. Se nos van a olvidar las angustiosas sequías, se nos van a olvidar las restricciones, se nos va a olvidar que muchos acuíferos profundos siguen sobreexplotados, se nos va a olvidar que nos encontramos en bancarrota hídrica.
Y en nuestra desmemoria vamos a comenzar a gastar agua como si no hubiera un mañana, a sembrar lechugas en el desierto, a solicitar que se incrementen las superficies de regadío y a reclamar para unos pocos el agua que es de todos y todas. Porque nuestra memoria es corta, cortísima, como la del pececillo Dory de la entrañable película “Buscando a Nemo”. Por eso, desde este medio quiero lanzar una llamada de advertencia, una llamada a la reflexión, un ruego para que hablemos de lo que casi no se habla, del futuro del agua, de nuestro futuro. Nos ha tocado un pellizco en la lotería hídrica, ¿lo vamos a malgastar en caprichos fugaces o, por el contrario, lo vamos a ahorrar para los tiempos peores que, os aseguro, están por venir?
Según la ONU estamos en bancarrota hídrica global y, ojo, que esta no es a causa del cambio climático, el primo malo al que culpamos de todo olvidando que nosotros lo hemos originado. El déficit hídrico estructural, o bancarrota hídrica, o como lo queramos llamar, es fruto de nuestra codicia, de nuestra falta de visión de futuro; surge porque, simplemente, gastamos más agua de la que hay, sin pensar en las siguientes generaciones. Ya nos hemos bebido el agua de nuestros nietos, nos hemos gastado los ahorros contenidos en glaciares, humedales y en acuíferos profundos.
Porque, amigos y amigas, debo daros una mala noticia: los acuíferos que han reventado estos días, provocando evacuaciones de cientos de vecinos y vecinas, son acuíferos libres y superficiales. Los profundos y confinados, los que eran de nuestros nietos y nietas, tardarán décadas o siglos en recuperarse, y sólo en el supuesto de que dejemos de sobreexplotarlos.
Dicen que al perro flaco todo son pulgas, y eso es exactamente lo que le pasa a nuestra amiga el agua. La sobreexplotamos, la contaminamos, la manoseamos y, para colmo, la enloquecemos a través del cambio climático (ahora no cae una gota, ahora llueve el diluvio universal).
De los 9 límites planetarios que la Humanidad no debe superar si quiere operar en seguridad, 7 ya están superados, estando estos directa o indirectamente relacionados con el recurso agua.
Uno de los límites superados es el cambio en el agua dulce, distinguiéndose dos categorías: el agua “azul” y el agua “verde”. El agua “azul” se refiere al agua directamente disponible para el consumo humano en ríos (0,006% del total del agua dulce del planeta), humedales no salinos (0,03%), lagos y embalses (0,26%) y el agua subterránea (30,1%). El agua “verde” es la humedad contenida en el suelo (0,05% del total del agua dulce).
A este último almacén de agua, el del suelo, no le prestamos la atención merecida. Nótese que el suelo acumula mucha más agua dulce que los ríos. Por desgracia, este almacén es cada vez más exiguo debido a: 1) el incremento de la evapotranspiración como consecuencia del aumento de la temperatura, 2) la pérdida de materia orgánica en el suelo, materia que aumenta la capacidad de retención de agua, mejorando la infiltración y reduciendo la escorrentía — así, por cada 1% de incremento en el contenido de materia orgánica, el suelo puede retener aproximadamente entre 180.000 y 200.000 litros adicionales de agua por hectárea, en los primeros 30 cm de profundidad —, 3) la pérdida de suelo debido a la eliminación de su protección natural, esto es, las cubiertas vegetales (siendo, por cierto, el cambio en el uso del suelo otro de los límites planetarios superados).
Otros dos límites sobrepasados son el de los contaminantes emergentes y los flujos biogeoquímicos. Ambos se relacionan a su vez con el agua, pues son fuentes de contaminación de la misma. El uso excesivo de nitrógeno y fósforo para fertilizar los cultivos ha eutrofizado nuestras aguas y contaminado nuestros acuíferos. A estos contaminantes hay que sumarles todo un cóctel de pesticidas procedentes de la agricultura, metales pesados de la industria, antibióticos y materia orgánica de las macrogranjas, fármacos de las aguas residuales… (en este sentido, desde la Universidad de Jaén lideramos un proyecto europeo de investigación, denominado NBS4AQUAMISSION, que estudia Soluciones Basadas en la Naturaleza para la retirada de fármacos de las aguas residuales).
Otro límite planetario superado es el cambio climático, que provoca eventos extremos tanto de sequía como de inundación, además de un aumento en la evapotranspiración. De nuevo, el agua como protagonista. Y no nos olvidemos de otro límite irremediablemente franqueado, la pérdida de biodiversidad, con la consecuente merma de servicios ecosistémicos tales como la depuración de las aguas y la mitigación/prevención de sequías e inundaciones. Y es que todo en la naturaleza está relacionado, todo: como establece la teoría del caos, “el batir de las alas de una mariposa en Brasil podría provocar un tornado en Texas” (Lorenz, 1972).
Y, por último, no olvidemos que el reparto del agua no es socialmente justo, con unos pocos gastando y/o contaminando mucho (más del 80% del agua almacenada se dedica al riego agrícola), pagando muy poco por dicho recurso y aportando, en algunos casos, muy poco a la sociedad. Nos encontramos pues en una encrucijada: o diseñamos una Transición Hídrica Sostenible y Socialmente Justa o… bueno, creo que no hace falta que explique la alternativa, el futuro escenario nos lo podemos imaginar, y no es alentador.

