El campo andaluz peinado

El monocultivo más feroz, ha entrado y se ha instalado, hasta llegar a ser el cultivo exclusivo y excluyente en Jaén y en buena parte de Andalucía

Uno de los paisajes
21 de febrero de 2026 a las 11:32h

Viajando por Jaén, en cualquier dirección y sentido, viendo los interminables olivares que se extienden a derecha e izquierda de la carretera hasta donde la vista alcanza, trepando por los cerros y bajando hasta el fondo de los valles, le vienen a uno a la cabeza aquellos versos de Antonio Machado, que escribió cuando vivía en Baeza:

¡El campo andaluz, peinado
por el sol canicular,
de loma en loma rayado
de olivar en olivar!


¿Veía D. Antonio el mismo paisaje que vemos hoy?

Me temo que no, persisten aquellos mismos olivares, pero hay otros muchos nuevos que ocupan antiguas tierras de labor o de viña, incluso muchas huertas.

Cuando estudiaba el bachillerato -de eso hace bastantes años, allá por los primeros sesenta del siglo pasado- en la geografía de España, además de tener que aprendernos los ríos y sus afluentes por ambas márgenes, las cordilleras, los cabos y los golfos, había que saberse las producciones principales de cada una de las comarcas en las que se dividía el territorio (sí, las comarcas, se estudiaba cada provincia dividida en unas cuantas comarcas, con nombres que entonces nos parecían pintorescos y después, con el tiempo, hemos venido a comprobar que existen de verdad).

A lo que iba: Las comarcas a recordar eran numerosas, demasiadas para la limitada capacidad de memoria de una mente en desarrollo (y con otros centros de interés), y recordar sus principales producciones podría haber supuesto un esfuerzo excesivo, por encima de las posibilidades de un estudiante normal, pero no lo era tanto: si uno apostaba por la combinación “cereal, vid y olivo” tenía una alta probabilidad de acertar.

Ahora ya no es así. La triada mediterránea ha caído en desuso. En buena parte de Jaén y de otras provincias andaluzas el olivar se ha extendido hasta ocupar, prácticamente, la totalidad de la superficie agrícola útil.

En la agricultura tradicional (esa que ha durado casi tres mil años) el olivar no estaba nunca solo, se integraba en sistemas agrarios más complejos – “cereal (que incluye las rastrojeras y los barbechos, bien en blanco o semillados con leguminosas), vid y olivo” – configurados por una estricta necesidad económica (abastecer de pan, vino y aceite) y ecológica, ya que fundamentaban su estabilidad en el conjunto de interrelaciones que se establecían entre sus componentes, basadas en el intercambio horizontal de materiales y energía.

Los tres cultivos fijaban energía del sol (es lo que hacen todas las plantas), una parte de esa energía se destinaba a la alimentación humana, pero otra buena parte (paja, cebada, avena, yeros, y rastrojos pastables) se dirigía a los animales de labor, que aplicaban su trabajo (energía) en los tres cultivos y, además, generaban estiércol que se empleaba para devolver a la tierra los nutrientes extraídos, proporcionando, al tiempo, la energía -ligada a los enlaces de la materia orgánica- que precisaban para vivir los microorganismos que la habitan y la hacen fértil.

La gran transformación en el olivar, el paso de la agricultura tradicional a la agricultura moderna, se produjo en el inicio de la segunda mitad del siglo pasado, cuando - debido a la presión alcista de los salarios – se sustituyó la tracción animal por la mecánica, eliminando a un tiempo la principal fuente de fertilidad para los suelos que sustentaban al olivar, y la dependencia de este de la “tierra calma”, imprescindible hasta entonces para el mantenimiento del ganado de trabajo.

Así se da lugar a toda una cascada de cambios en las técnicas de cultivo, como en tantas otras especies, aunque con una peculiaridad: en el olivar, debido a la longevidad de los árboles, los cambios, con ser profundos, sólo afectan a las operaciones de cultivo, no a la estructura de las plantaciones que se mantiene (los mismos árboles, las mismas variedades, los mismos marcos de plantación); se sustituye la yunta por el tractor, el arado romano por la vertedera o las gradas de discos, el hacha por la motosierra, el estiércol por los abonos minerales, se introducen los insecticidas y los fungicidas de síntesis química, y bastante después los herbicidas, pero, al tiempo, sin ruidos ni estridencias, casi de “tapadillo”, se ha dado paso a un cambio mucho mayor: se ha abierto la puerta al “monocultivo”, y el monocultivo más feroz, ha entrado y se ha instalado, hasta llegar a ser el cultivo exclusivo y excluyente en Jaén y en buena parte de Andalucía.