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Miguel Hernández es patrimonio de todos los españoles sin excepción, y así debiera haber sido recordado y homenajeado.

Hace apenas dos días se han conmemorado los 75 años del fallecimiento de Miguel Hernández, uno de nuestros más insignes poetas y dramaturgos. Los medios de comunicación y autoridades de este bendito país, le han brindado un homenaje más bien justito, y preferentemente desde las bancadas de la izquierda ideológica. Parece que no somos capaces aún de superar los estigmas de una guerra civil que, a fuerza de enquistarla, no me extrañaría que volviese con idéntica furia y odio, pues el rencor acumulado por ambas partes, es claro, palpable… notorio.

Y es una pena porque, si nos animásemos a quitar esa etiqueta política que siempre ha acompañado al de Orihuela, todos estaríamos de acuerdo o considerarlo uno de los grandes de las letras a nivel internacional. Todo ello por unos méritos conseguidos en apenas 31 años de vida intensa, comprometida y, finalmente, desgraciada.

Estaría bien que un buen día el españolito de a pie se arrancara esa puñetera venda de los ojos. Que se sintiera orgulloso de los que ponen letra a la vida, alma a cada amanecer y sonido a la tristeza, sin pensar en su carnet político, su lugar de procedencia, sus inclinaciones sexuales o vaya usted a saber qué tipo de gilipollez se nos ocurre para destacar a unos y condenar al ostracismo a otros. Porque los ha habido geniales de todos los bandos y lugares de nuestra geografía. Y reducir a Miguel Hernández a una simple postal más cercana a las icónicas imágenes (ya bastante mercantilizada) del Ché, es reducir demasiado una figura artística como la suya, que va más allá de todo eso.

Que nadie cantó a la libertad como él, sin duda. Que nadie simboliza determinados valores como lo hace él, obvio. Pero Miguel Hernández es patrimonio de todos los españoles sin excepción, y así debiera haber sido recordado y homenajeado. Porque hemos pasado recientemente efemérides importantes, como el de Cervantes o el de Teresa de Ávila (Santa Teresa de Jesús), por poner dos ejemplos, y el mundo de las letras, la política y la comunicación se han volcado en tan excelsos, dignos y justos (que lo son) acontecimientos.

Pero aquí seguimos con el miedo a la instrumentalización de un artista. Al contrario. Si se hubiese conseguido una foto en la que estuviesen representados todos los partidos políticos, homenajeando a Miguel, se hubiese conseguido despolitizar de una vez por todas este tipo de actos, aunque parezca contradictorio. Porque hubiese sido una manera de decir, Miguel, aunque fuera de unos, ahora ya es de todos.

Y seguro que era por eso por lo que él sangraba, luchaba, pervivía, al fin y al cabo: para la libertad. 

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