¿Salimos de tiendas?: el consumo sin límites

Sin pretender hacer crítica ideológica, lo cierto es que vivimos en un mundo cuya maquinaria se aceita día tras día con los productos que compramos. Y sabemos muy bien que los imprescindibles no son tantos

Personas de tiendas durante las rebajas de enero.
12 de enero de 2026 a las 10:44h

Menuda pregunta, en el final de las fiestas navideñas y las rebajas. Esas suelen ser compras casi obligatorias, a los niños, a los familiares más cercanos.

Quiero referirme a las compras que haces por impulso, sin que necesites concretamente ese objeto, ese detalle, esa prenda, sin que tengas ningún compromiso social.

Años ha, cuando aún existía la peseta, las tiendas del “todo a cien”, era una manera de satisfacer esas pequeñas tentaciones, de darte esos regalos sin que el bolsillo se resintiera mucho.

El ánimo comprador insaciable es coherente con la sociedad en la que vivimos, que funciona mediante el consumo, pero a veces este excede las posibilidades de pago. El uso de las tarjetas ha hecho que el dinero sea una cuestión menos concreta que cuando teníamos obligadamente que contar los billetes en cada compra y era imprescindible prever el efectivo antes de realizar una operación.

Sin lugar a dudas, la generalización del pago con el plástico, con transferencia o con móvil hace cada vez más abstracto el proceso y sin lugar a dudas, favorece la tendencia a adquirir cosas compulsiva e irreflexivamente.

Algunos autores comparan la avidez de compras, de adquirir objetos con el ansia de comer. En los años 70 el filósofo francés Herbert Marcuse definió nuestra sociedad como carnívora. Un mundo consumista y devorador de objetos. Comprar, usar (o no) y tirar.

¿Adicción a las compras? No me atrevería a usar el término adicción. ¿Una especie de ansiolítico? En muchos casos sin lugar a dudas.

Conozco personas que luego de comprar un par de zapatos (por ejemplo) encuentran en casa otros similares que hace poco tiempo habían adquirido. ¿Amnesia? Por supuesto que no.

Sin pretender hacer crítica ideológica, lo cierto es que vivimos en un mundo cuya maquinaria se aceita día tras día con los productos que compramos. Y sabemos muy bien que los imprescindibles no son tantos.

Con mayor o menor tendencia a ser influenciados por las marcas o las modas, no podemos escapar a esa fuerte oleada que empuja a consumir.

Te premias, “te das un gusto”, “te mimas”, “tú lo vales” (dice la publicidad) luego: ¿podrás afrontar el pago? Ese es el quid de la cuestión. Cuando el deseo de regalar o regalarte objetos entra en una espiral vertiginosa y sin medida alguna, estamos ante un serio problema.

No vamos a imponer un diagnóstico, un cartel identificatorio rápido. No obstante, el tema puede alcanzar gran importancia si el problema se esconde detrás de mentiras rocambolescas hasta que la cuestión explota y se hace evidente.

Es necesaria en muchos casos la intervención de familiares para prohibir el uso de las tarjetas o el acceso a créditos bancarios. El comprador/a compulsivo suele llevar el problema en secreto hasta que la bomba estalla por las notificaciones de los bancos o la curiosidad de alguien cercano. En esos casos es fundamental la intervención terapéutica, incluso suele aconsejarse la prohibición de usar tarjetas de crédito.

El vacío que se pretende equívocamente llenar con objetos suele tener raíces en circunstancias vitales insatisfactorias. Las causas son varias, siempre ligadas a la historia personal del insaciable consumo.

El trabajo terapéutico puede alcanzar resultados muy satisfactorios. En el curso de esta tarea se ponen de manifiesto generalmente otros síntomas importantes que se esconden detrás de las compras compulsivas.

Lo esencial es que la compradora (es más frecuente entre las mujeres) pueda asumir con franqueza el problema, dejando de lado sentimientos de culpa y vergüenza.