Se han cumplido estos días 45 años del intento de golpe de Estado que se produjo el 23 de febrero de 1981. Ese día, el Teniente Coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero Molina, al frente de un grupo de unos 200 guardias civiles, tomó e hizo rehenes a la totalidad del Congreso de los Diputados. Y persistió en esta postura durante una larga noche, hasta que finalmente el golpe fracasó.
Dicho golpe tuvo varias esferas, probablemente concéntricas: una esfera civil, una esfera militar, y quién sabe si alguna otra esfera. En estos días el Gobierno actual acaba de desclasificar los papeles que estaban en su poder, en los Ministerios de Interior, Gobernación y Defensa; sobre el caso del 23F. Sin embargo, esta es una desclasificación solamente de los documentos que obraban en poder del gobierno, bastante parcial porque sigue estando bloqueado el acceso a todo el Sumario del juicio del 23F que continúa secreto en manos del Tribunal Supremo. Y que, al parecer, tendrá que esperar todavía varios años más para poder saber al menos aspectos esenciales o quizá la totalidad de este asunto.
No obstante, se ha desclasificado una enorme cantidad de documentos, aunque para algunos esto pueda ser sólo una gran hojarasca documental de un conjunto de árboles, a veces poco significativos, pero que pueden impedir ver el bosque en toda su profundidad.
El Teniente Coronel Tejero, pistola en mano, entró en el Congreso de los Diputados al grito de "¡Quieto todo el mundo!". A posteriori podemos concluir que por lo menos no hubo un derramamiento de sangre en aquella noche, aunque estuvo verdaderamente la situación en el filo de la navaja de que hubiera un tremendo derramamiento de sangre tanto allí dentro, como en un posible asalto al Congreso.
Esta era una opción posible por parte de los grupos especiales de operaciones GEO, para poder liberar el propio Congreso, pero con un coste de vidas que podría ser alto. De manera que nos debemos felicitar porque todo transcurrió sólo en un juego de espejos que se deslizan. Un juego que quizás en el fondo podríamos definir como una extraña farsa, donde quizás más protagonistas de los que pensamos mintieron o jugaron como los trileros a saber dónde estaba la bolita. Y en ese juego, finalmente hubo unos perdedores y unos ganadores. Como ciudadano me alegro de haber superado esta situación.
Personalmente, aquella noche del 23 de febrero de 1981, dormí fuera de mi casa familiar y también fuera de mi ciudad natal, tras varios encontronazos callejeros y una pintada amenazante. Ambas cosas me aconsejaron poner pies en polvorosa. De manera que el grito de “¡Quieto todo el mundo!” me impulsó directamente a huir lo más lejos que pude desde el primer momento. Así que pasé fuera la noche hasta que a la mañana siguiente había vuelto la “normalidad”, a nuestra realidad social española.
Es curioso ver como los elementos que han confluido en esta historia del 23 de febrero toman cada día que pasa los tintes que ya don Ramón del Valle Inclán, el de Luengas Barbas, definiera en sus distintas obras como esperpento, y que desarrollara en su ciclo narrativo inacabado titulado El Ruedo Ibérico. Don Ramón pretendía hacer efectivamente una historia crítica de la España del siglo XIX, en los primeros tomos de El Ruedo Ibérico. Podríamos pensar que el caso del 23F es un episodio más del ciclo El Ruedo Ibérico, y que el propio don Ramón, desde su empíreo, culminaría así dicho ciclo.
Su personaje principal, Antonio Tejero, está lleno de claroscuros, pero es una figura que también tiene un punto dramático. Pudo ser el más bruto o el más tosco de la farsa de todos los que intervinieron en la conspiración para tumbar la democracia en España, aunque quizá tenga el valor de no haber sido el más mentiroso, ni el más trilero: se le vio venir de frente, era un personaje de cartón piedra como vienen a ratificar algunos documentos desclasificados. Fue usado en el fondo como tonto útil, y su propia mujer doña Carmen lo define como un desgraciado, un tonto al que han engañado, al que le prometieron un apoyo que nunca llegó, y que para variar, como en otras ocasiones lo han dejado solo y lo han tirado como una colilla.
Las anteriores frases son expresiones de su propia esposa en conversación con algunas amigas en la misma noche del 23F de 1981. Ella conocía bien, lógicamente, el carácter de su marido, y pensaba que él era un hombre sin dobleces, que había ido por derecho y que los demás lo habían traicionado. Y temía por su vida, temor que tenía toda su lógica en los momentos en que se estaba viviendo. Finalmente, todo aquello acabó deponiendo las armas a la mañana siguiente. Tiempo después hubo un juicio donde el Teniente Coronel Tejero fue condenado a 30 años de prisión, de los cuales cumplió 15, saliendo en libertad condicional en 1996. Desde entonces, poco más se supo del señor Antonio Tejero, ex Teniente Coronel de la Guardia Civil, salvo alguna esporádica aparición en algún acto franquista.
En el día de ayer, 25 de febrero de 2026, numerosos medios comienzan a airear retazos donde aparecen las conversaciones telefónicas privadas de su esposa, antes citadas, y coincide con la muerte de don Antonio Tejero a los 93 años y ya con algunas enfermedades encima. La hora de la muerte le ha llegado como a todos nos llega, en el momento que nos tenga que llegar oportunamente. Y nunca se sabe, pero también creo que en estos últimos días y horas, puede haberse visto acrecentada su vergüenza, su tristeza y melancolía, por lo que no deja de ser probablemente para él una enorme espina clavada en su propia vida. Y eso ha coincidido con el momento de su muerte. No me alegro de ello, pero comprendo que puede haber una especie de justicia poética y dramatúrgica en todo esto.
Uno puede pensar que ayer mismo don Ramón, el de las Luengas Barbas, desde su empíreo, sigue elaborando su magna obra El Ruedo Ibérico, y decidió dar fin a esta farsa castiza del 23F. Para ello, siguió el principio hermético del círculo del propio don Ramón: la obra se inició con la frase “¡Quieto todo el mundo!” y ahora, finalmente, la obra acaba con la frase “¡Quieto todo el mundo!”. Uno puede también imaginar que en ese hemiciclo vacío del Congreso de los Diputados tronó la voz del demiurgo de Luengas Barbas, con un solo espectador sentado en su silla de diputado, eternamente sentado en esa silla. Santiago Carrillo permaneció sentado aquel 23F, y continúa mirando la eternidad frente a frente, mientras escucha al demiurgo decir, como cierre de la farsa, “¡Quieto todo el mundo!”.
El señor Antonio Tejero, que probablemente “hubiese sido buen vasallo si hubiese buen señor”, hizo caso al demiurgo. Se colocó en este teatrillo de la antigua farsa para siempre como una figurilla de cartón piedra, pistola en mano en el hemiciclo del Congreso. Creo que no pasará a la historia de España, pero pertenece para siempre a la farsa castiza del 23F.


