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Hay un procedimiento interno, hacia una cierta dominación del azar, donde el texto siempre se encuentra en los límites del oscurecerse y desaparecer, el juego, como señala Foucault, de una crítica que hablase infinitamente de una obra que no existiese, quizás en la repetición enmascarada solo exista el punto de partida, la multiplicidad y el azar son desplegados, parece que no vamos hacia los textos, sino que regresamos siempre. En el sentido de lo transitorio se establecen los grandes exilios, y ahí el texto pude decirse a sí mismo y realizarse a sí mismo. El retorno es siempre el acontecimiento secreto de la gran literatura y el arte, los temas de la conciencia de un exilio, borradores provisionales en manos del azar, una cara interior del lenguaje que muestra su desgarro y esplendor, el escritor, como recordaba Hegel, debe de pensar siempre en el principio. Volvemos nuevamente a Foucault; “Siempre puede decirse la verdad en el espacio de una exterioridad salvaje; pero no se está en la verdad mas que obedeciendo a las reglas de una “policía” discursiva que se debe reactivar en cada uno de los discursos”. Ese espacio de exterioridad salvaje conviene y se da en los comienzos, la laguna, el vacío del mundo en las palabras emerge entonces en la literatura y la obra, las situaciones extremas de oposición, la verdadera ruta del espíritu es un momento donde los extremos se concilian, donde la palabra nos envuelve y nos transporta, la voz de Heráclito; sin no esperas lo inesperado, no lo reconocerás cuando llegue. Donde reposa el vacío, aun sin el movimiento de la comunicación, está el presentimiento, el poder creador, un poder previo que supera a los hombres. En esa espera tendida de la memoria están los relatos de un viejo arte, el habla y el ritmo profundo, que espera de la manera más secreta, en una lejana voz de la infancia, lo que convoca para no perderse de sus orígenes. Canto y raíz, palabra y silencio, límite integrado, un abrirse de lo desconocido. Yo contengo en mi recuerdo el habla del canto, la expiación que reintegra ese vacío donde surge la esperanza; el desvelo de la memoria.

Viene de la infancia, esta luz, apenas se ha oscurecido su alegría.

Arriba, en la azotea, los caminos de la luz se borran cuando las ancianas bajan.

Anochece ahora sobre el patio hondo, donde las ancianas duermen.

Anochece por el barrio ruinoso y solitario, sobre el cante viejo que la pena arrastra.

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