Del rechazo

Francisco J. Fernández

Francisco J. Fernández (San Sebastián, 1967). Doctor en Filosofía. Ha sido profesor en la Universidad de Jaén e investigador en la Universidad del País Vasco. Actualmente es profesor de secundaria. Su última publicación: Lycofrón. Diario de clase.

Estatua de Spinoza. "Del rechazo", de Francisco J. Fernández.
Estatua de Spinoza. "Del rechazo", de Francisco J. Fernández.

Que el 26 de julio de 1656, a la edad de 26 años, Spinoza fuera ferozmente expulsado de la comunidad judía de Amsterdam y que, siglos más tarde, el 15 de enero de 1964, por más señas, Jacques Lacan evocara tal suceso o kherem (=la llamada excomunión mayor), a lo que luego se añadiría la condición de imposibilidad del regreso o chammata (como dice el propio Lacan en el Seminario XI), cuando le sucedió lo propio con la International Psycological Association, es lazo que Lacan estableció en función de una comunidad conceptual presente en ambos acontecimientos; lazo, por cierto, que iba más allá de una mera referencia erudita, pues, de ser así entendida, tal no podría dar cuenta del sentimiento de soledad que experimentaron ambos, no daría cuenta de la sensación de intemperie a que se vieron sometidos y que, en general, comparece cuando el marco donde se desenvuelven las acciones se ve de pronto o interrumpido o vedado por una sanción que desarrolla toda su potencia haciendo del que está dentro un forajido y un foráneo, un extranjero y un exiliado: a fortiori, un maldito. Este encontrarse de repente fuera del ámbito donde uno antes se encontraba genera diferentes respuestas, las cuales van desde el resentimiento hasta la nostalgia pasando por la impotencia: todas ellas, sin embargo, son malas respuestas, es decir, que no asumen el hecho de que haya un lugar donde ya no se cabe, donde uno ya no es uno más de los deseados, sino un maldito, alguien de quien hablar o decir mal es requisito para seguir permaneciendo en ese dentro del que el maldito ha sido efectivamente expulsado.

La buena respuesta consistiría más bien en ponerse en condiciones de habitar ese afuera y esa intemperie, y hacer por tanto, como se suele decir, de la necesidad virtud. Virtud, es decir, lugar donde no quepa ni la impotencia ni el resentimiento ni la nostalgia, aunque tal vez sí una cierta tristeza.

No obstante, hay una tercera posibilidad, la de la exculpación, no, claro está, por parte de los de dentro, sino, más bien, por parte del que está fuera o de los que están fuera hacia los que han quedado dentro (o, como en el caso del amor, hacia el que ha quedado dentro), como si de este modo se renunciara a la venganza (plato que se suele servir frío). En este sentido, Leopoldo María Panero dirá en uno de sus Poemas del manicomio de Mondragón: “Hombre normal que por un momento / cruzas tu vida con la del esperpento / has de saber que no fue por matar al pelícano / sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros / y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada / de demonio o de dios debo mi ruina.” (Madrid, Hiperión, 1987, p. 21). O el mismo Jesucristo con su “no saben lo que hacen”, dirigido a su Padre. Ahora bien, eso es conceder al destino demasiada determinación y, por tanto, disminuir la pertinencia de aquella verdad (la que sea) puesta en juego por el maldito. Por ello, tras toda exculpación se esconde el demérito con que uno se agrede, invirtiendo de esta manera la violencia que la sola expulsión ha provocado. En otras palabras, el que exculpa sufre de un delirio: el de pensar que su expulsión está sobredeterminada no por una verdad, sino por una conjura gratuita, es decir, que podría no haberlo sido. El caso es, me parece, que si esto no fuera así, no habría forma de saber cuándo ha habido justicia en la misma, pues que es preciso decir otra cosa: que la posición del maldito no es posición subjetiva, sino objetiva. Y todavía, que aun cuando haya una cierta objetividad en la expulsión, esta puede convertirse en ocasión para el delirio (como le pasaba a veces, por ejemplo, a Pedro Abelardo). De ahí que la simpatía medio romántica hacia la figura del maldito sea arma de doble filo, dado que no contempla de dónde ha de provenir el prestigio debido, y no lo contempla porque está basada en una identificación sentimental y no en una tragedia conceptual. Esto es, que no basta con ser un maldito, que hay que merecerlo.

Basta con leer el Tratado teológico-político de Spinoza (publicado anónimamente en 1670) para darse cuenta desde qué distancia se fraguó la venganza, tan solo leer a Lacan para percibir la necesidad teórica (y no gratuidad fáctica) en que puso a los que le expulsaron y de que las cosas, entonces, ocurrieran como ocurrieron. Pues que es a partir del convencimiento en torno a la solidez de la posición propia, solidez en torno a la fidelidad que precisa la propia posición, que es posible empezar a parar los golpes a que ese nuevo exterior convoca. En ese mismo instante los que quedaron dentro no serán sino modalidades particularmente familiares pero apenas más interesantes de los rayos que no cesan.

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