Imagen de 'Dilema en las redes'.
Imagen de 'Dilema en las redes'.

Espoleado por el excelente artículo de Juan Carlos, compañero y amigo, La actitud científica y filosófica, y atravesando como estamos todos los docentes por una difícil situación profesional derivada de una pandemia, saco algo de tiempo para escribir estas líneas, intentando hilar una serie de ideas que me ocupan últimamente y que se entremezclan, y a las que intentaré poner en trabazón mientras las escribo negro sobre blanco.

La primera es la percepción que tengo de la ausencia de rebeldía en las aulas, y empiezo mal, según el artículo de Juan Carlos. Porque dicha afirmación necesitaría, para convertirla en aseveración, una lectura concienzuda de al menos algunos artículos de sociólogos o psicólogos que supieran del tema o de algún libro especializado. Pero el truco está en llamarla percepción, catalogarla como hipótesis y lanzarla al tejado de alguien que tenga tiempo y energías para corroborarla.

¿Voy a hablar de algo que no conozco, entonces? Bueno, no exactamente. Alguna experiencia tendré después de veinte años de docencia. Hay que tomar este artículo como el principio de un debate, no como una verdad absoluta ni mucho menos.

Y de todas formas... ¿Le resulta tan extraño hablar de algo sin conocerlo en profundidad? ¿Acaso nuestra sociedad hiperconectada y megasocializada en la nube no lo hace constantemente?

Hace ya treinta y tantos años que tuve la edad que tienen ahora mismo mis alumnos. Ciertamente tuve mis momentos rebeldes, sobre todo cara a mis padres, pero nunca me caractericé por salirme demasiado del tiesto, como dicen por aquí. Cuestión de carácter. Cada quién es como es.

Sin embargo, en contraste con la época actual, percibo la rebeldía de entonces como una actitud tangible, visible, palpable. No es que fuera la norma, pero los heavies, punks, rockabillies, pijos y derivados se dejaban ver. Y el que más o la que menos, disfrutaba de músicas afines a estas tribus urbanas: la época de grupos españoles como Barón Rojo, Radio Futura, Duncan Dhu, Hombres G e incluso Mecano pasaron. Pero no sigo por aquí porque la música no es mi fuerte.

Con catorce o quince años, quien más o quien menos, luchaba con sus padres por tener una moto. Unos lo conseguían, otros no, y otros se conformaban con montarse de paquete en la de su amigo. Hoy con esa edad muchos necesitan que sus padres los lleven y traigan en coche a clase.

Ya de profe, recuerdo algún gótico, alguna choni o algún cani. Los pantalones caídos y los piercings imposibles. Ahora quizás haya gamers y seguidores de anime, pero salvo ocasiones donde se disfrazan, tampoco se les nota mucho.

Adonde quiero dirigirme con todo ésto es que si nuestro alumnado es rebelde, en el sentido de socialmente rebelde, no se le nota. ¿Dónde está esa energía juvenil, ese bullir interior, esa confrontación con la realidad que se expresa exteriormente? ¿Existe?

Se une, además, a otra percepción compartida con otros compañeros/as docentes: lo difícil que resulta por norma general, establecer debates en clase, o que te contesten a cualquier pregunta con algo de más fundamento que un twitter. El día que, ante cualquier cuestión social, moral o ética, en la que haya que tomar postura, alguien se levante de su silla y defienda con argumentos y con pasión lo que piensa, me darán ganas de abrazarle. Aunque lo que diga sea lo contrario de lo que yo piense.

Esa aparente neutralidad de pensamiento, esa apariencia de inexpresividad exterior, esa uniformidad de comportamiento, no significa que no piensen, que no se expresen y que no sean capaces de argumentar. Si los sabes estimular, a lo mejor lo consigues. Digamos que de natural no les sale de dentro.

No, esta generación no es ni mejor ni peor que la nuestra o que otras: es hija de su tiempo. Canalizan gran parte de lo que son y de lo que sienten a través de un móvil. De hecho, el peor castigo que le puedes poner a un adolescente es quitarle su dispositivo.

El documental “El dilema en las redes” me ha impactado mucho, y es otra de las razones por las que escribo este artículo. En él, varios cofundadores de redes sociales y empresas de internet muy conocidas hablan del poder descontrolado de la red; de cómo ideas tan triviales como el “me gusta” de facebook, pensado en esencia como un refuerzo positivo, se convierte para ciertas personas en una necesidad adictiva. De los algoritmos que te presentan información en pantalla, y que necesitan tus datos. Pero no, no quieren saber tu dirección o tu teléfono. Lo que le interesa al algoritmo (un algoritmo es un programa de ordenador que resuelve un problema determinado) es captar tu interés en cada instante, saber qué información quieres leer, qué vídeo quieres ver o qué foto te interesa para que no te vayas de la aplicación y puedan seguir ofreciendo publicidad que es, en el fondo, la forma que tienen de ganar dinero.

Los algoritmos de IA (inteligencia artificial) aprenden de nosotros. Saben tanto de nosotros mismos que evitan ponernos lo que no nos gusta y buscan lo que queremos oír. Y refuerzan siempre en el mismo sentido nuestras ideas. Absolutamente todo lo contrario del pensamiento crítico y científico, en el que tus ideas se confrontan con ideas contrarias, y tienen valor sólo cuando son corroboradas por la razón lógica o por los hechos. Por tanto, si la duda es el arma del filósofo y la experiencia la del científico, el enemigo de ambos es el pensamiento único, expresado en una red social vista en un móvil.

Algoritmos inicialmente pensados para captar tu atención hacia anuncios, con los cuales las compañías hacen dinero cuando los ves o cuando haces click en ellos, han sido reutilizados para influirte a creer ciertas ideas. De hecho, en el documental afirman que nunca han estado las democracias occidentales tan polarizadas como en este momento, tan alejadas del diálogo y de la crítica.

Si la energía rebelde de nuestro alumnado, que debe existir porque es propia de la juventud, se convierte en pensamientos únicos reafirmados y retroalimentados esta sociedad tiene un problema. Y no sólo puede ocurrir con los más jóvenes, sino que todos podemos sufrirlo. Todos tenemos un problema.

Lo cual me lleva a otra de las ideas que me gustaría exponer: nuestra actitud hacia la tecnología. Juan Carlos habla de una actitud filosófica y otra científica. Quizás necesitemos también saber qué hacer ante la tecnología. Cualquier dispositivo tecnológico, por muy avanzado que sea, es un medio para conseguir algo. Nunca es un fin en sí mismo, salvo para quien lo construye o lo programa. Lo importante es cómo se usa, cómo el ser humano lo aplica a su vida diaria.

Solemos tener una actitud muy negativa de la tecnología a la par que adictiva. Esto podría ser también tema de estudio para la Psicología, supongo, y lo es de reflexión para nosotros. Hay muchos que te dirán que usar tanto el coche es malo porque contamina a la vez que lo cogen todos los días para llegar a lugares a los que se puede ir andando o en bici. ¿Por qué?

Otros muchos tienen la percepción, y supongo que aún más tras haber leído lo ya escrito, de que el móvil y las redes sociales son negativas. Somos conscientes de su poder de adicción pero… No somos capaces de desconectarnos ¿Por qué?

Pensemos en un móvil como el producto tangible de años y años de descubrimientos científicos. Un móvil no se podría haber construido sin la Electrónica, el Electromagnetismo, la Cristalografía, la Metalurgia, la Química y la Física en general, y puede que la Biología y por supuesto las Matemáticas. Es un triunfo del ser humano. Nos permite comunicarnos, divertirnos e informarnos, las cuales son necesidades humanas. Sin actitud científica, y sin actitud filosófica si me apuráis, no existiría un móvil. No concluyo entonces que sea algo muy malo.

Así que la actitud tecnológica podría consistir en encender el móvil, y preguntarte qué vas a hacer con él. No dejar que el móvil te diga qué vas a hacer, porque en realidad no es el móvil el que te lo está diciendo, es un algoritmo que alguien ha diseñado para ganar dinero o para otras cosas peores, como controlar lo que debes pensar.

Y para ser conscientes de ello y tener esta actitud no conozco mejor forma que la Educación. Sí, con mayúsculas. El profesorado, las madres y los padres, deberían enseñar a manejar los dispositivos móviles a nuestros jóvenes, avisarles de los peligros y enseñarles su parte positiva. Porque, como cualquier herramienta, hay que aprender a usarla.

Y la última idea que me ha estado preocupando y ocupando estos días: la batalla de las plataformas de enseñanza online. Unos quieren una, otros quieren otra… La verdad es que si hemos aprendido algo de lo anterior eso no importa. Lo importante es que lleguen a buen puerto y sirvan para su propósito, como herramientas que son. Recordad que lo importante no es la herramienta en sí sino lo que voy a hacer con ella. En este sentido, la Consejería de Educación pretende abrir el abanico y permitir tres: Moodle, herramientas de Google Suite y Microsoft Teams. En principio no es malo, pero he de confesaros que el cómo me asusta bastante. Hasta ahora esas herramientas eran, comúnmente, administradas o gestionadas en los propios centros educativos y la Consejería pretende que toda la administración recaiga en sus Servicios Centrales despojando a los centros de ese trabajo. Puede parecer bueno para los que piensan que se van a ahorrar mucho esfuerzo en administrarlas, pero también estoy permitiendo que las herramientas que permiten expresarnos y comunicarnos, en definitiva ser como somos, las manejen otros. Y eso no me gusta en absoluto, porque no digo que lo hagan, pero sí que tienen la capacidad de, en cualquier momento, obligarme a utilizarlas de una forma determinada coaccionando la libertad que debiéramos tener.

Así que, a quien le toca ser un rebelde, espero que con clase, es a mí.

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