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Dice Acnur que cada 3 segundos una persona tiene que huir para salvar la vida y que el 85% son mujeres y niños.

Los buenos propósitos y deseos del fin de año pasado no parece que se hayan cumplido a escala planetaria y habrán de renovarse con las próximas campanadas,  y las próximas, y las próximas, hasta que, un día, concluyamos que los buenos propósitos y lo deseos no se hacen realidad con solo estampar una firma en change.org, escribiendo tribunas de opinión como esta y brindando después de las uvas. Para saber  lo mucho que habría que cambiar, basta con echar una mirada a las páginas de los vigilantes de la salud del planeta y de la humanidad que lo habita: Acnur, Amnistía Internacional, Vicente Ferrer, Médicos Sin Fronteras, Greenpeace… Esas organizaciones a las que les damos unos cuantos euros al año, de los que la mitad los desgravamos en la renta, para que puedan taponar algunas heridas y llevar consuelo allí donde gobierna la violencia y la tristeza.

Dice Acnur que cada 3 segundos una persona tiene que huir para salvar la vida y que el 85% son mujeres y niños. Miles de ellos y ellas, hacinados en campos de refugiados, sufrirán abusos y violencia sexual. Las cifras del éxodo son brutales: “Más de 65 millones de personas en el mundo han perdido su hogar y sus raíces a causa de la guerra y la violencia”.

Médicos Sin Fronteras señala que España no prioriza la acción humanitaria, y que en 2016 ha destinado poco más de “50 millones dentro de la Ayuda Oficial al Desarrollo”. Unas pocas migajas que se pierden en la tempestad de miseria que asola las poblaciones de Sirias, Irak, Yemen y a quienes sufren los enquistados conflictos en República Centroafricana, Sudan del Sur, Etiopía…

"Cada 3 segundos una persona tiene que huir para salvar la vida y que el 85% son mujeres y niños"

Amnistía Internacional me ha pedido hace unos días que, por favor, firme para “parar la detención y venta de personas refugiadas y migrantes en Libia”. Porque “la tortura, la detención, la explotación e incluso la esclavitud son horrores cotidianos para muchas personas refugiadas y migrantes en Libia”. Y Europa “está ayudando a retener a las personas en un infierno, al formar a su guardia costera y proporcionarles barcos para transportar a los migrantes de vuelta al país. Los líderes europeos están contribuyendo a un sufrimiento indescriptible”, dice Amnistía Internacional.

La Fundación Vicente Ferrer cuenta en su memoria de 2016-17 los esfuerzos realizados para “paliar los efectos de la sequía y las altas temperaturas registradas, este último año”, y cómo distribuyeron a llevar agua diariamente a “143 aldeas del distrito de Anantapur a través de camiones cisterna”. También repartieron “más de 3.200 toneladas de forraje para los animales productores de leche”. Lo explica Anna Ferrer, cooperante británica que hoy continúa con la obra de su marido, el jesuita catalán que dedicó 50 años de su vida a combatir la pobreza en la India.

Y en medio de la desolación y de las catástrofes humanitarias,  Greenpeace nos alerta de que la tierra pronto estará desahuciada y en cuidados paliativos. Porque no se cumplen los acuerdos para disminuir la emisión de gases de efecto invernadero, porque se siguen urbanizando los litorales, expoliando las selvas y bosques y engordando de plásticos los  océanos hasta que, como vaticina al Fundación Ellen McArthur, en 2050 esos residuos superen en número de toneladas a los peces. 

"En 2018 volveré a asomarme, desde el confort de la vida cotidiana, a las ventanas que me conectan con esas otras realidades del mundo"

En estos días los muros de Facebook se llenan de felicitaciones y deseos, de hermosas frases que todos suscribimos sobre el amor, la paz, la solidaridad… Y en esa euforia del espíritu navideño, para unos, y de la ilusión del comienzo de un nuevo ciclo con el año nuevo, para otros, nos refugiamos hasta la próxima con el sueño de que un día caigan los muros que separan la riqueza de la miseria, la felicidad de la pena, la tristeza de la alegría. Pero eso depende de decisiones políticas que los poderosos no quieren tomar.

En 2018 volveré a asomarme, desde el confort tantas veces inane de la vida cotidiana, a las ventanas que me conectan con esas otras realidades del mundo de las que soy un mero espectador. Y mientras me fustigan con el procés y su réplica españolista, con las enésimas corruptelas del PP y los silencios activos del “gran líder” Rajoy; mientras el condenado a 6 años y 3 meses de cárcel Urdangarin se pierde por las 12 habitaciones de su dúplex de Ginebra, Leticia cambia de modisto y Bárcenas de Chesterfield, yo seguiré pagando mis cuotas a esas ONGs, leyendo sus informes y resumiéndoles en lavozdelsur.es lo que seguramente ya saben de sobra.   

Siento acabar el año con poco espacio en mi disco duro para el optimismo. Pero es que, además, no llueve y cuando lo hace, nos inundamos. Quién sabe si, al final, se cumplirá lo que me dijo un día octubre, con bochorno de agosto, una señora en Zahara de los Atunes: “Mira hijo, esta caló no es normal y a este paso un día se va a juntar el cielo con la tierra”.



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