Foto grupal del encuentro comunitario de 2019.
Foto grupal del encuentro comunitario de 2019.

Casi nadie discute que el escenario postpandemia nos va a obligar (el verbo, en este caso, es sustantivo) a plantearnos transformaciones postergadas como la del colapso medioambiental. Los líderes mundiales (o en su defecto quienes están al frente de los gobiernos en este momento), debaten la hoja de ruta a seguir para volver a la “normalidad”.  Veremos, porque parece que el estatus geopolítico, los equilibrios sociales (ya muy tocados) y el umbral de resistencia del medio ambiente se han roto.

En cualquier caso, será difícil pasar por alto la brecha agrandada de la desigualdad, el impacto en las personas más vulnerables. Todas las iniciativas que se están sumando para ayudar son necesarias. Pero, quizá, puedan llegar más lejos, ser transformadoras, si se tiene en cuenta a la comunidad local, que sabe lo que ha funcionado y lo que no, que cuenta con profesionales de diferentes ámbitos con amplia experiencia, con vecinos/as dispuestos a implicarse para desarrollar o reconstruir las potencialidades de sus barrios.

En algunos de estos barrios, como la Zona Sur de Jerez, se están desarrollado experiencias comunitarias, que están demostrando que la organización comunitaria local es un factor clave de cohesión social, una condición relevante para corresponsabilizar a todos los actores en una finalidad pública común.

Afirmo esto, gracias a formar parte de una experiencia que nos ha dado la oportunidad de aprender en un proyecto de ámbito estatal, junto a profesionales de treinta y siete territorios, en una apuesta sostenida que dura ya diez años y con una metodología, flexible con la singularidad local, pero con elementos troncales que permiten validar hipótesis y evaluar impactos (algo verdaderamente singular en la intervención social).  Me refiero al Proyecto de Intervención Comunitaria Intercultural (ICI), impulsado por Obra Social La Caixa, en colaboración con Ayuntamientos y Entidades Sociales, con la dirección científica de la Universidad Autónoma de Madrid y el asesoramiento del Instituto Marco Marchioni. Un proyecto que sirve a la generación y desarrollo de procesos comunitarios locales, facilitando espacios de relación y cooperación entre profesionales, ciudadanos/as y administraciones.

He tenido el privilegio de trabajar durante estos diez años con su asesor general, Marco Marchioni, que tristemente nos ha dejado hace poco. Su fuente de sabiduría estaba muy arraigada en la praxis acumulada durante décadas de trabajo en nuestro país. Nos conocía muy bien, a pie de terreno. No estaba en ninguna nube teórica. Por el contrario, estaba arremangado con los retos reales, aprendiendo de los fracasos, incorporando lo que no sabía y aportando principios y elementos metodológicos que, por su sencillez, podían parecer banales, como el principio de partir de lo existente. ¡Qué obvio y qué cierto que había que incorporarlo con fuerza! (supone ir a contracorriente de la práctica general). Recordémoslo ahora de nuevo, cuando surjan nuevas iniciativas que habrá que agregar y conectar con lo existente, lo cual, como él nos enseñó, no consiste en listar necesidades y recursos.

Las limitaciones y contradicciones, siempre reconocidas en su discurso, no eran, no son coartadas para sentarse y esperar a que emerja el mundo ideal. podemos seguir promoviendo pequeños grandes hitos en el que reconocemos avances que luego se pueden replicar.

Así es con cada una de las acciones participadas llevadas a cabo en estos años en el marco del Proceso Comunitario Intercultural de la Zona Sur: escuelas abiertas de verano, espacios de dinamización juvenil, espacios de colaboración entre familias, acciones específicas para reducir el absentismo y el abandono escolar, programas para fomentar la salud comunitaria, etc. Ninguna de estas acciones son originales por sí mismas. Su originalidad y su potencia radica en que se diseñan y se evalúan desde espacios técnicos intersectoriales, donde trabajadores sociales, sanitarios, maestros/as, etc comparten conocimiento y estrategias de acción. Acciones donde la ciudadanía juega un papel activo de corresponsabilidad, compatible con su legítimo papel reivindicativo. Acciones integradas en planes estratégicos municipales y autonómicos y avaladas en un espacio de relación interinstitucional.

Y a partir de ahora, ¿qué papel puede jugar lo comunitario? Ante una crisis tan aguda como la actual, llegan tiempos donde lo urgente es atender a un número, aún mayor, de personas en situación de alta vulnerabilidad. Administraciones, entidades sociales, empresas, grupos solidarios, etc. están ya desplegando diferentes iniciativas. Pero, en mi opinión, para que esta ayuda asistencial, imprescindible, llegue a todos los que la necesitan y termine conectándose a procesos que promuevan la autonomía de las personas, es necesario seguir reforzando los canales y espacios comunitarios, con un equipo comunitario que los siga haciendo posibles.

 Comunitariamente toca actualizar y repensar la intervención. Desde la actualización de un nuevo mapa de la vulnerabilidad y de las estrategias para actuar, a la difusión de informaciones veraces, en un contexto donde ya estamos comprobando que junto al virus han llegado bulos interesados en romper la convivencia y sacar partido de la crisis.

Claro que se pueden tomar otros caminos. Reforzar, por ejemplo, únicamente los recursos y los programas de atención individual, desplegando fondos públicos y privados, programas extraordinarios, cada uno el suyo, con algún espacio de coordinación, cada uno a partir de su propio análisis, su propio diagnóstico, cada uno de acuerdo con sus competencias y su capacidad. Por supuesto, obtendrá resultados. Solo que ya sabemos que este modelo es ineficiente, no es sostenible y tiene riesgos y limitaciones no menores.

Un primer riesgo es la fragmentación en la intervención por sectores, colectivos, prioridades que cada uno ha definido por separado. Faltará el análisis global, el conocimiento compartido entre profesionales de diferentes ámbitos, ciudadanos/as y administraciones implicadas.

Otro riesgo es la invisibilidad de muchas personas en situación de vulnerabilidad, como las personas mayores que viven solas o las personas que ya estaban en una situación muy precarizada, entre la que se cuenta la población migrante, con la que, por cierto, ahora parece que se quiere contar, ¿pero solo durante un tiempo? ¿solo porque hace falta para que hagan algunos trabajos? No, hay que trabajar para que se cuente con ellos y ellas plenamente, porque son parte de esta comunidad. Urge visibilizarlos y dignificar su papel, como el de tantas otras personas que ya estaban mal, y ahora peor. No será fácil sino contamos con todos los actores que saben de situaciones vulnerables a los que nadie llega y se diseñan planes que ayuden a superar las brechas que se nos van acumulando (ahora con más fuerza también la digital)

Reforzar la dimensión comunitaria, en definitiva, contribuirá a que todas las ideas, toda la diversidad, en una situación tan difícil, cuenten. A que el sentido de pertenencia local no excluyente se refuerce.  Importa lo que nos une, sobra la estigmatización de los diferentes. Ya están surgiendo iniciativas vecinales, acciones socioeducativas, que merecen la pena que sigan encontrando un lugar para dialogar, construir y reconstruir.

No puedo resistirme a pensar en lo que ahora nos diría Marco Marchioni. Solo de una cosa estoy casi seguro: diría que dejáramos de hablar de él y nos pongamos a pensar y a trabajar, para ser un recurso útil para la comunidad. Pues eso.

A Marco Marchioni, maestro y amigo

Francisco Morales Moreno es director de CEAin

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