Unos jóvenes buscando una vivienda.
Unos jóvenes buscando una vivienda. JUAN CARLOS TORO

La desesperanza, la incertidumbre o la frustración son sentimientos cada vez más extendidos que causan pesimismo y desafección. Esta desafección, a la que contribuye sin duda el sentimiento de alejamiento de gobernantes e instituciones de gobierno, es aprovechada por sectores populistas y extremistas, que utilizan el descontento para favorecer su posición e intereses no confesados (aunque a veces sean muy evidentes).

Los riesgos son muchos. Uno de los más complicados, por ser posiblemente irreversible, es el de romper los consensos sociales imprescindibles; una ruptura a la que nos veremos abocados si se asume de forma acrítica la situación o, peor, si se fomenta el seguidismo servil del gamberrismo político que solo pretende la desestabilización del modelo de convivencia, basado en la democracia liberal y en el estado social y democrático de derecho.

Byung Chul Han, en un artículo relativamente reciente en el diario El País, a modo de prefacio de su nuevo libro (El espíritu de la esperanza), afirma que “se ha difundido un clima de miedo que mata todo germen de esperanza”. El miedo, y el ambiente depresivo a que conduce, según el autor, junto a la angustia y el resentimiento que generan, “atizan el odio”, “acarrean pérdida de solidaridad, de cordialidad y de empatía”, “… provoca el embrutecimiento de toda la sociedad y, en definitiva, acaba siendo una amenaza para la democracia”. Todo ello quizá sea la base del gran pacto de que habla Lorenzo Castellani entre la oligarquía y unas nuevas clases políticas que ofrecen el refuerzo de falsos clichés identitarios.

El autor coreano plantea la necesidad de volver a la esperanza. Afirma: “La esperanza más íntima nace de la desesperación más profunda. Cuanto más profunda sea la desesperación, más fuerte será la esperanza”. Pero no basta con plantear un desiderátum, por necesario y adecuado que sea. Hay que concretar. Hay que construir esa esperanza. Y para ello es necesario delimitar sus fundamentos, de forma que permita alumbrar una salida honorable a una sociedad afectada y cansada por sucesivas situaciones de crisis económica, de valores y de futuro.

Es necesario alertar de los riesgos a que nos enfrentamos, pero también es ineludible construir no solo un relato, sino un auténtico programa de actuación que aborde los problemas concretos de una sociedad transversal y solidaria, que no deje a nadie atrás y que busque las fórmulas más adecuadas para garantizar las legítimas expectativas de vida de sus conciudadanos, basadas en la recuperación, tan necesaria, de la idea de bien común.

Describir cuáles son los problemas actuales y cuáles son las soluciones que se estén planteando es un tema clave. Es tanto como aceptar la enfermedad – que es estructural – desde su certero diagnóstico y aplicar un tratamiento no meramente paliativo o sintomático sino génico, para lo que se requiere del consenso del conjunto de las fuerzas políticas, sociales y económicas que deben velar por el referido bien común. Lo contrario sería dar razón y juego a estos movimientos que se pretenden disruptivos, basan su interés de actuación en la justificada frustración de la sociedad, pero sirven realmente a una oligarquía que está condicionando la política y seguridad a todos los niveles.

Obviamente, en este punto se abren muchas perspectivas, pero hay algunas que son ineludibles por urgentes y que, por consiguiente, requieren de una atención inmediata. De ella depende nuestro porvenir como sociedad porque en su atención está el futuro. Nos referimos en concreto a la necesaria atención a los problemas de nuestra juventud.

Abordar los problemas de la juventud no es tarea fácil. Son muchos los aspectos a tener en cuenta, comenzando por la necesidad de reconocer a los jóvenes el protagonismo que les corresponde, no como meros receptores de medidas más o menos llamativas de acción política (a veces reiteradamente anunciadas con falta efectiva de ejecución o efectividad), sino como ciudadanos plenamente actuantes que deben participar en la toma de decisión. Va más allá de la empatía (por otra parte, esencial) con las cuestiones que les pueden preocupar o afectar; requiere el establecimiento de instrumentos de participación auténticamente democráticos que partan de la opinión formada.

Hay una serie de temas concretos que deben ser abordados cuya actualización se pone de manifiesto cada día. Para empezar, los jóvenes se enfrentan a un problema de acceso a la formación, de la que depende, las más de las veces, un empleo de calidad. La escasez reconocida de la oferta de estudios de formación profesional pública o, al menos, gratuita implica que solo a través de asumir un importante coste – con el que cargan los jóvenes o sus familias – la formación es accesible, dando lugar a una exclusión de hecho de los mejores empleos por razones exclusivamente económicas.

Ello es particularmente reseñable en profesiones con una alta cualificación y con altas posibilidades de empleo bien remunerado (por ejemplo, en el sector del transporte o en el de las nuevas tecnologías). En el propio ámbito de la enseñanza universitaria se plantea también una frustración por la dificultad de acceso a determinados estudios, convirtiendo la cuestión en una carrera previa que se juega a nivel de las enseñanzas medias con un resultado similar. El mérito personal o el desarrollo de capacidades personales poco importa, a pesar de la ficción defendida en sentido contrario, justamente por los que están creando brechas de desigualdad estructurales muy significativas.

Otro problema que afecta a nuestros jóvenes puede ser la situación del mercado laboral. La mejoría indudable de los datos de ocupación, también en el empleo joven, no significa que el mercado de trabajo no plantee problemas estructurales importantes que afectan a la percepción de la juventud. Pese a la subida del salario mínimo interprofesional, el salario medio de los jóvenes está descendiendo, algo que debe vincularse a los empleos que desempeñan, a la modalidad de trabajo y al propio sistema productivo. Los datos sobre movimientos migratorios (externos, pero también internos) muestran un importante número de “emigrantes” jóvenes de nuestra comunidad (como, incluso más acentuadamente, de otras comunidades “periféricas”) y plantean también un reflejo complejo de falta de expectativas para los titulados de nuestra tierra y, por consiguiente, una pérdida del conocimiento de quienes, precisamente, nos hemos esforzado más en formar.

Finalmente, y no por recurrente deja de ser una enorme preocupación – que debería asumirse como problema de estado – el acceso a la vivienda. Presenta dificultades en todos los momentos vitales. Desde cuando se trata de desarrollar unos estudios en una localidad distinta hasta cuando se quiere iniciar una etapa de autonomía personal que se hace imposible y que cada vez se retrasa más. Incluso para quien ya tiene un empleo, es muy difícil acceder a la vivienda en condiciones mínimas de supervivencia. Y, por supuesto, es imposible hacerlo en las condiciones en que accedimos sus padres, lo que no es sino la actualización agravada de un problema tradicional que va más allá de la oferta y demanda y que, seguramente, tiene que ver con nuestro modelo productivo y que se agrava por las dificultades reales de acceso a la financiación, que está añadiendo otra brecha de desigualdad.

Estos aspectos son ejemplos de trabas a un desarrollo personal y al cumplimiento de expectativas vitales básicas que deberían ser tratadas desde políticas transversales y consensuadas. El coste para la economía y para la sociedad de dificultar la autonomía personal de los jóvenes es raramente apreciado en la dimensión que merece: nos estamos privando de su contribución al progreso en su momento de mayor empuje y ganas. Si los jóvenes perciben que el acceso a la formación, al trabajo, al salario y a la vivienda presenta mayores dificultades que la tuvieron sus padres, cómo le vamos a pedir una solidaridad intergeneracional, que es la base de nuestra sociedad. El riesgo de respuesta – sobre todo cuando se aprovecha la desinformación provocada – es la ruptura de los consensos sociales. Hay quienes claramente están aprovechando esto para insistir en una brecha generacional que rompería, como decimos, nuestro modelo de convivencia. Y ese es su objetivo.

Lo más leído