No es responsabilidad sino odio.
No es responsabilidad sino odio.

Hay una escena en la primera temporada de la serie El Ala Oeste de la Casablanca en la que un asesor del presidente demócrata discute con altos mandos del ejército el derecho de las personas LGTBI a formar parte de las Fuerzas Armadas. “No tengo nada en contra de lo que cada cual haga en su casa, pero es una cuestión de responsabilidad que no haya gais en las tropas porque afectaría a la disciplina”, dice el militar.

En la década de los 50, James Meredith quiso acudir a una Universidad exclusiva para blancos. No fue fácil. Se lo intentaron impedir porque la mezcla racial además de irresponsable era “comunista” y generaba revuelo.

Pongo el ejemplo de dos debates mayoritariamente superados por una razón muy sencilla: en ninguno de los casos se trataba de responsabilidad, sino de odio. Homofobia y racismo.

El pasado ocho de marzo, hubo partidos de fútbol, mítines multitudinarios, aglomeraciones en las calles, bullas en los estadios y solo se señalaron las manifestaciones feministas.

Este año, conciertos de 5.000 personas, campañas para salvar verano y Navidad, manifestaciones de hosteleros, de currantes y sectores aeroespaciales. Actos nazis o de partido de extrema derecha sin distancia de seguridad alguna, concentraciones de pijos en barrios elitistas exigiendo libertad, grandes superficies abarrotadas, y lo único que criminalizan ahora es el 8M.

Y no es por responsabilidad, sino por misoginia y, también, odio de clases. Las mujeres ricas no tienen la misma necesidad vital de reivindicar igualdad. Recrimina Ana Obregón a Irene Montero lo duro que fue para ella ser soltera con un hijo y, pese a ello, no acudirá a ninguna protesta. Que imagine entonces lo difícil que debe ser la crianza monomarental si a eso le sumas el miedo por el lanzamiento de un desahucio, un empleo precario o la ausencia absoluta de una red de apoyos.

Los avances sociales siempre se frenaron bajo dos argumentos: apelar al orden y la responsabilidad. Y nadie duda en estos momentos de que ningún movimiento tiene tanto potencial transformador como el feminista. Por eso intentan tacharlo de irresponsable.

Porque la brecha social, salarial y el machismo estructural también son de urgente necesidad. Y el chantaje de relacionar entre las limitaciones y las situaciones que provocan una pandemia mundial, que se extiende más de un año, con el 8M es además de injusto, falso.

Y sí, claro, por supuesto que quiero volver a ver a mi madre sin miedo ni mascarilla, reunirme con mis amigos o cambiar de provincia, pero si se trata de elegir entre mi libertad individual o los derechos colectivos, como torticeramente quieren dibujar desde planteamientos machistas, aun así, también elijo lo segundo.

Por si acaso.

Este artículo se publicó originalmente en Portal de Andalucía

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