Al producirse una separación sentimental —por los motivos que fuere— y se procede al reparto de los bienes materiales e inmateriales (como los amigos y la agenda de teléfonos), cada uno de los miembros de la pareja expresa el fracaso con un sentimiento predominante: la persona que ha tomado la decisión de romper la relación, la persona que se va, por lo general se lleva la culpa y la ansiedad; la persona que acepta la ruptura, se queda con la tristeza y la inseguridad.

Cuando se produce una rotura es dificil reparar lo dañado. Muchas veces, incluso, una decisión, un acto, un hecho es irreversible. ¿Como metemos la pasta de dientes dentro del tubo una vez que se ha desparramado fuera?  ¿Cómo se cura una paliza de tu conyuge?

En ocasiones, la separación es una liberación y lo único que añade es el certificado de lo que ya estaba roto. Y no existe ninguna gana ni ninguna voluntad de intentar nada. Solo descanso y una puerta abierta a una nueva vida.

Pero, en general, o bien abandonas o bien eres abandonado.

El hecho de sentirte abandonado nos traslada a un momento imaginario de absoluta indefensión. Me siento solo en el mundo, desnudo, con frío y con hambre. ¿Qué he hecho mal? No valgo nada. Todo es incertidumbre. El horizonte negro y borrascoso es amenazante. ¿Seré capaz de rehacer mi vida? ¿Seré capaz de tirar para adelante? ¿Alguien podrá quererme alguna vez? Me inunda como una marea de algas una tristeza asfixiante. El abandonado escucha como un martillo la voz de quien le abandona: yo no quiero vivir contigo, yo no quiero vivir contigo... El que es abandonado desea, necesita, seguridad, calor.

Por otra parte, el hecho de abandonar a la que, al menos alguna vez, fue la persona amada nos remite a una posición de poder, de capacidad para tomar una decisión. El que abandona siente que tiene una nueva posibilidad para hacer su vida pero al elegir su camino percibe al mismo tiempo que puede hacer daño a otro (otros). Soy una mala persona, soy dañino, soy egoista...en realidad, soy un cobarde que no afronto mis deberes, mis compromisos. Antepongo mi propia felicidad. ¿Puedo olvidar todo? ¿Podré reparar la herida que yo mismo he provocado en aquellos que son los míos? El que abandona escucha del que es abandonado, como una letanía: no me dejes, no me dejes, no me dejes....El que abandona desea, necesita, libertad, aire.

Que la decisión sea de ambos al cincuenta por ciento es algo extraordinario y,casi, inverosímil.

En realidad, todos necesitamos seguridad y libertad pero no en la misma proporción. Y también depende del momento de nuestra vida: niño, adolescente, joven, adulto, viejo. Pero siempre la vida transcurre oscilando entre estos dos polos imprescindibles para el crecimiento personal: seguridad y libertad.

Me he referido a la separación de una pareja pero no es solo aquí en donde se generan estos sentimientos. Pensemos en una madre que se ha visto obligada a entregar a su hijo recién nacido (¿cómo he podido abandonarlo?). Pensemos en la vida de un chico dado en adopción (¿tan poco valgo que ni siquiera mi madre me quiso?). Pensemos en la dificultad que manifiestan algunas personas en los momentos en que tienen que abandonar el hogar materno y en los chantajes emocionales que pueden cruzarse en estas situaciones de ruptura.

Es verdad que cada circunstancia es diferente y cada persona es un mundo único e irrepetible y generalizar situaciones tiene un riesgo alto porque lo que sirve para todos no sirve para nadie. No es lo mismo una separación con hijos, o sin medios económicos, jóvenes o adultos, con cargas de cuidados a familiares o con hijos discapacitados...etc. 

Pero hay dos preguntas que a veces son difíciles de responder: ¿por qué no me dejas vivir mi vida?... y tú, ¿por qué no me quieres?

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