Cuando era pequeña, en la dictadura militar, la Iglesia nos salvaba a las mujeres del pecado. Nos adoctrinaba para que nuestra sexualidad solo perteneciera a los hombres que legalmente tenían derecho a ella, no obstante, curas, caciques, y en general cualquier hombre, se consideraban con derecho a hacer uso de nuestros cuerpos. A fin de cuentas, éramos meros objetos de placer para ellos. Por suerte, también existían los hombres normales y corrientes.
Tal fue el empeño por salvarnos a las mujeres desde muy jovencitas que el Patronato de Protección a la Mujer, creado en 1941, tenía a su cargo instituciones, la mayoría regentadas por monjas, para disciplinarnos, reeducarnos y que volviéramos al carril -docilidad, sumisión- mediante métodos tan pedagógicos como los trabajos forzados, maltrato continuado y robo de hijos de las descarriadas para entregárselos a familias bendecidas por la santa madre iglesia. Aunque el PSOE llegó al poder en 1982, no se dio mucha prisa en clausurarlas, en 1985 aún funcionaban. Tampoco es de extrañar, siempre han hecho buenas migas con las demandas eclesiáticas, en esa legislatura se aprueba la ley educativa que crea los centros concertados y cuya subvención impidió e impide que la educación pública esté bien sustentada económicamente.
Después crecí y la izquierda de la Transición -sus hombres sobre todo- se empeñó enormemente en hacernos ver a las mozas que el “no quiero” era algo burgués, a desterrar, pues la mujer libre debía de practicar el amor libre, que era para ellos ni más ni menos que poder follar con la chica que quisieran, si no, quedaba marcada como estrecha o frígida -una descarriada también, pero desde el punto de vista de los varones de izquierda-; aunque podía ocurrir que a una mujer le encantara darle vidilla a su cuerpo y además -¡oh!- decir sí a este
mozo y no al otro, entonces era una puta, porque se acostaba con quien le daba la gana.
Punto de vista semejante al eclesiástico, pero sin biblia católica. No vean ustedes la sorpresa que me llevé hace pocos años cuando leí en un artículo que jovencitas de ahora se quejaban de lo persistentes que eran algunos jóvenes de izquierda, que su “no quiero” era cuestionado ideológicamente para ponerlas en la tesitura de elegir entre la coherencia ideológica -supuesto amor libre- y lo que su cuerpo y emociones le demandaban en ese momento. En fin, cuarenta años después, la misma estratagema para acosar -sin que se note y además quedando bien- a una mujer y que haga lo que él desea. Algo así como salvarnos de nosotras mismas, que en realidad no sabemos cuándo tenemos ganas y con quién de un disfrute o no.
Eso de salvarnos de nosotras mismas y de nuestra falta de perspectiva y sentido apropiado de las cosas viene de lejos, como viene de lejos que las mujeres somos netamente defectuosas, todas toditas y de cualquier edad, y esto ha ido a peor, porque estando por medio la industria farmacéutica y la cosmética, que en ocasiones es la misma corporación, ya está por medio poderoso caballero es don Dinero, como dijo Quevedo, al que siempre ando mentando por empacho de este capitalismo desmadrado que padecemos. Si menciono el dinero es porque arreglarnos los defectos que se nos atribuyen cuesta, desde los arreglos más caros -y lesivos-, como ponernos las tetas que les gusten a los hombres, a los más económicos, como el depilatorio o el tinte. Porque las mujeres debemos tener un cuerpo y un aspecto físico bien encarrilado, y para ello fuera arrugas, michelines, canas, celulitis, etc. y vello ni se te ocurra: el chichi bien depilado que no se vaya a atragantar nadie con un pelín, además, así pareces más una muñequita y menos una mujer.
Y, por supuesto, debemos de gozar de plena disponibilidad y energía para currar fuera de casa, dentro de casa, críar, cuidar, incluso implicarte socialmente, y hasta tener ganas de un goce al final de una larga jornada: para eso están las vitaminas, los reconstituyentes y todos esos inventos farmacéuticos -o no- que pululan por los anuncios de la tele e internet. Y cuando ya no puedas más y necesites dormir y descansar -para poder ser productiva- un somnífero por el módico precio la caja de 2€, más barato que las naranjas, pero sin vitamina c y con efectos secundarios. Y para todo lo anterior y cuidarnos, ¿quién mejor que un sistema económico que revienta el precio de los alimentos, encarece la vivienda a límites inhumanos y pugna por deteriorar las condiciones laborales y los salarios siempre que puede, que nos mantiene en la ansiedad y el temor a perder lo poco que podamos tener, que nos priva poco a poco de la atención educativa y sanitaria de calidad? Para todo lo anterior, ¿qué mejor que ir de guerra en guerra para que la industria armamentística y su tecnología prosperen mientras va dejando un reguero de cadáveres?
El culmen de querer salvarnos es cuando se alían el poder económico y el político y asesinan a un centenar y medio de niñas de entre 7 y 12 años bombardeando una escuela. ¿Quién fue, EEUU o Israel? Cualquiera de los dos, ambos poseen una refinada tecnología capaz de hacer blanco con suma precisión y tienen experiencia en la matanza de miles de bebés, niños y niñas, uno como actor y el otro como apoyo y sustentador. Así que dejen de salvarnos, de verdad, porque, ¿saben una cosa?, cuando alguien dice que quiere salvar a otro, a otra, sea una persona, un colectivo, un país, lo que realmente está diciendo es: te considero inferior, incapaz de encontrar lo mejor por ti misma, incapaz de hacer lo mejor para ti, me necesitas porque yo soy superior -más inteligente, más fuerte, más poderoso y, sobre todo, llevo razón-, y además me quiero quedar con tus riquezas, sean de la índole que sean.
Estas son cosillas de nuestra sociedad occidental, pero el mundo es más grande. En ocasiones es un lugar inhóspito donde las mujeres y las niñas sufren ablación de clítoris o son vendidas porque su vida vale menos que la de los hijos varones, un lugar donde se las puede casar niñas y ser madres con poco más de una década de vida, donde se puede traficar con mujeres como en otros siglos con esclavos, y otros sufrimientos vitales que a veces saltan a las noticias y recordamos su existencia. En nuestra sociedad no estamos en guerra explícita, pero fabricar, poseer, vender, comprar armamento y su tecnología es una forma de estar en guerra, de contribuir a ella.
Otras mujeres padecen nuestras armas y tecnologías, se les impone la guerra. Mujeres a quienes se expulsa de sus hogares junto a sus familias, que las bombadean junto a sus hijos e hijas; mujeres que apenas se alimentan en su embarazo, que no tienen asistencia médica ni siquiera a la hora del parto; mujeres y adolescentes que ni siquiera tienen una compresa cuando les llega la menstruación, que sufren abusos y violaciones... Pero lejos nos quedan Gaza y Cisjordania, Líbano, Irán, Somalia, Sudán... Y otros lugares, como Ucrania, más cercana, donde los intereses económicos dictan seguir lo que en marzo de 2022 se podría haber arreglado con negociaciones si no hubieran sido abortadas por algunos de los mismos que hoy dicen apoyarla.
Quiero recordar a todas estas mujeres, no hablar por ellas, ellas lo hacen, aunque su voz la ignoren los grandes medios de comunicación. Y no solo tienen su propia voz, también se organizan, se apoyan, buscan lo mejor para ellas mismas y no necesitan que le prediquemos lo que deben o tienen que hacer, ellas lo saben muy bien sin que los listillos y listillas de occidente, de derechas o izquierdas, metamos baza.
