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Verano en Jerez. 40% de paro. 40 grados a la sombra. Café (con hielo) en un bar del centro, de cuyo nombre no quiero acordarme. El camarero espanta la morriña y se decide a hablar. Me cuenta su vida. Doce meses al año trabajando. Más de diez horas al día (los andaluces somos un poco dados a la hipérbole, aunque sus ojeras parecen darle la razón). Contratos precarios. De un lado a otro, encadenando -como dicen los sindicatos ahora- esclavitud. Le pregunto que por qué no se marcha. Al fin y al cabo, aquí hace demasiado/a calor y pagan muy poco. Me responde que tiene esposa y dos hijas y que, después de todo, la vida es barata aquí. Me viene el recuerdo de gente que emigró a los países nórdicos y acabó cuasimendigando. No me acuerdo si me lo contaron o lo vi en un programa tipo 'Callejeros'. Al fin y al cabo, hace demasiada - ¿lo he dicho ya?- calor para pensar. 

El hombre no para de hablar mientras friega los vasos. A esta hora no hay clientela. Se diría que la actividad y el poco dormir, lejos de cansarlo, lo inducen al efecto contrario. A mí me pasa justo a la inversa, pero es uno de esos días en que me creo Muñoz Molina y me pongo a preguntar y escuchar. Una de sus hijas tiene casi 30 años ya. No se ha ido de casa. Ella es libre, pero no cree en la movilidad laboral. Aún no ha podido independizarse y las pocas oportunidades que ha tenido de trabajar no le han permitido volar fuera del nido. De cotizar, ni hablamos. Aunque ha estudiado Ingeniería Industrial, lo más cerca que ha estado de practicar su oficio ha sido reponiendo mercancía en el Carrefour. Ah, y eso con enchufe. Un día pensó que sería ella quien enchufaría. La conversación se para de repente. Supongo que espera que yo ejerza mi papel de periodista. No sé qué decir, pero para salir del bache y demostrar algo de sensibilidad, le pregunto cómo se llama su hija. "Valeria, me dice". "¿Cómo la de Pedro Sánchez?", le pregunto haciendo gala de ingenio. "A ése no lo conozco", responde frunciendo el ceño mientras se cobra. "Ni falta que le hace", le suelto mientras abro la puerta de la calle y recibo un bofetón de 40 grados.

Por supuesto, esta conversación es ficticia. Como las que le preparaban a Humphrey Bogart en 'El halcón maltés' o 'El sueño eterno'. O como los discursos que le cocinan a Pedro Sánchez en su periplo de campaña por las regiones españolas: Zaragoza, Madrid, Barcelona, Badajoz. Siempre hay una niña que se llama Valeria. En realidad, ¿para qué buscarla si ya sabemos qué está?. A mí no me hace falta hablar con ningún camarero para saberlo. Ni al líder del PSOE con una ama de casa.

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