Pokémon Go: ¿Revolución o estupidez masiva?

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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¿Qué es el Pokémon Go? Me pregunto. El sol cae por el meridiano del volcán, cuya silueta aún se diluye entre las nubes y el sol. Escucho a Bob Dylan, Tracy Chapman, Jeff Buckley, Tina Dickow y George Ezra.

¿Qué es el Pokémon Go? Me pregunto. El sol cae por el meridiano del volcán, cuya silueta aún se diluye entre las nubes y el sol. Escucho a Bob Dylan, Tracy Chapman, Jeff Buckley, Tina Dickow y George Ezra. También me tomé de una sola sentada una alargada taza de jengibre con miel y limón. Tal descripción podría sonar demasiado poética e intrincada para la sociedad contemporánea. ¿Verdad? Pero no se crean. No soy ni un dinosaurio, ni un intelectual de esos pesados que todo el día se anda con la bendita retórica. Les contaré dos chismes al respecto, uno en cada párrafo.

El primer chascarrillo es sobre la anacrónica condición de dinosaurio. Presuntamente soy un hombre maduro de 41 años recién cumplidos. Para los más jóvenes, a los que alguna vez he enseñado Lengua y Literatura en sus últimos años de Bachillerato, podría resultar un carroza, chapado a la antigua o nostálgico del pasado. Si nombro únicamente a Bob Dylan, Chris Rea, Tom Petty o Bruce Springsteen como algunas de las voces del folk o del rock que escucho, tal vez, es porque todos ellos forman parte de una generación simultánea o incluso anterior a la mía. Sin embargo, Tina Dickow o Tina Dico, como prefieran, es una joven cantautora de nacionalidad danesa. E incluso George Ezra se merece la atención manifiesta, porque apenas rebasa la veintena de años, y que aburrido vitalmente o por la falta de inspiración, decidió recorrerse media Europa e tren y de ahí compuso una canción elogiada por la crítica, que lleva el título de “Budapest”.

Por otro lado, la cuestión de los intelectuales se me antoja sumamente aburrida. No en todos, por supuesto, pero si quería desmitificar esa condición, que en unos casos resulta atractiva para la mujer que busque un espíritu profundo en un hombre, pero en otros resulta ensordecedor, porque están demasiado metidos en su mundo, y no salen de esa “torre de marfil”, término este último acuñado durante los tiempos del modernismo. Sí, aquel movimiento del cual parece que fue padre el poeta nicaragüense Rubén Darío y que continuó en Juan Ramón Jiménez, por ejemplo. Surgido entre finales del siglo XIX y principios del XX y que vino a traer a la poesía cierto refinamiento en el uso del lenguaje, entre otras características. Claro que, imagínense un poeta declamando todo el santo día en un lenguaje hermético que suena a cristal de Bohemia, y que no es entendido salvo por el propio conjunto de poetas modernistas. De ahí la metáfora de “torre de marfil” que también la podemos hacer extensible a parte de los intelectuales de hoy. Hombres y mujeres formados, con vastos conocimientos, pero que conciben el arte o la cultura como algo propio de ellos y excluyente de quieres quieran amarla de otra forma más liviana e igualmente profunda.

Pokémon Go amenaza con cambiar drásticamente la forma en que nos relacionamos como seres racionales y sociales

¿Qué es el Pokémon entonces? La enésima invención de la tecnología, la cual amenaza con cambiar drásticamente la forma en que nos relacionamos como seres racionales y sociales. Cuando Internet sacudió nuestras conciencias a mediados de los noventa, pocos seríamos capaces de vaticinar los avances en proporción geométrica, así como las nuevas formas de procesar la realidad que nos rodea. Así evolucionamos a través del correo electrónico, los primitivos sistemas de comunicación a través de Skype y Messenger, la videoconsola, la web 2.0, los blogs, y por fin las redes sociales. Facebook, Instagram, Twitter, Snapchat u otros fenómenos que ni siquiera he mencionado en orden cronológico de desarrollo, sino por arte de la imaginación desordenada.

Se supone que todo ello debería hacer más fácil nuestras vidas. Nos permite estar conectados, acceder fácilmente a un sinfín de información, estar pendientes de los nuestros, entretenernos en cualquier parte, disfrutar de la simultaneidad y buscar la popularidad y el reconocimiento profesional sin necesidad de depender de cauces más tradicionales y monopolizados por las industrias de siempre. Pero es un arma de doble filo. Lo que ayuda también controla. Muy paradójico.

Pokemón Go ha sido un as en la manga, el cual no puedo objetar ni refutar. Un juego que se instala en los teléfonos inteligentes de última generación y que, al abrirlo utiliza la cámara de tu smartphone junto con el GPS y el geolocalizador, para enfocar el entorno que te rodea: parques, carreteras, postes de teléfono, puestos de comida rápida, el guardia de tránsito, la rubia que toma café, el albañil que silva o el repartidor que sale de la furgoneta a entregar el género que fuere… Sobre esa realidad que la cámara enfoca, Pokemón Go va escondiendo diferentes criaturas o seres como si fueran un holograma, en diferentes puntos del mapa real.

El jugador se va paseando allá por donde le plazca y cuando el juego le muestra uno delante de él, ese mismo jugador o “gamer” tiene que dirigir una bola para atraparlo. A medida que vas cazando más Pokémon vas subiendo de nivel, así como el de las criaturas mencionadas. Además, también hay a tu disposición pokeparadas y “gimnasios” donde interactuar con otros usuarios con los cuáles entablar batallas o intercambiar crónicas. La esencia del juego, en resumidas cuentas.

El lanzamiento de este juego ha rebasado con creces las expectativas de Niantic Nc., la mente creadora que se esconde tras esta revolución. REVOLUCIÓN. En mayúsculas. Para ser objetivo. Pero como toda revolución, también con sus excesos. Una revolución a la que no podemos dar la espalda, por muy críticos que seamos. Muchas personas que detestan el juego, tendrán que comerse las groserías o armarse una buena cremallera en la boca, y disfrutar del juego que causó furor hace un par décadas, serie de animación incluida. Muchos padres y madres se armarán de paciencia o, por inercia, disfrutarán con sus juegos cazando criaturas hasta en la bandeja de desperdicios de Burger King. Casi todos, en definitiva, apelarán a la nostalgia o lo llenarán de bondades.

Es como un gigante que absorbe indiscriminadamente nuestra más preciada herramienta: la imaginación

Todo es parte de ese síntoma de objetividad: a veces es mejor dejar de tener razón para estar en paz con uno mismo. Alguien me lo dijo alguna vez, o lo leí en las letras de un eminente cirujano de las emociones. Con el Pokemón Go sucede algo parecido. Lo detesto por muchas y variadas razones, pero tampoco puedo negar su existencia y condenarlo al olvido, en la medida en que la gran parte de la sociedad lo usa, practica y afirma que es realmente bueno. Tenemos un punto equidistante entre los adictos y los críticos: la mesura y la responsabilidad.

Sin embargo, vivimos en un entorno tan cambiante y disperso. La última estrategia de los medios de comunicación, el mundo publicitario y las medidas de control social son las emociones. Cada día ese gigante virtual está adquiriendo mayores proporciones y es como un gigante que absorbe indiscriminadamente nuestra más preciada herramienta: la imaginación.

En este contexto, Pokemón Go se erige como una versión más sutil e inteligente del gigante. Una proeza. Una creación magnífica y también exasperante, capaz de sustraer nuestra atención hacia una realidad virtual que no es real, por mucho que la defendamos como una alternativa de ocio, o en todo caso de entretenimiento. La tentación es enorme. Crear una realidad virtual a nuestro gusto, a salvo de los problemas de la vida real, que es tan cruel, rebosante de guerras y de deformaciones, plagada de conflictos de intereses, individualista y pacata, sentimentalmente superficial, tan intolerante para lo ajeno y extremista para defender lo propio.

Un mundo que, sin embargo, todavía contiene humanismo en cualquiera de sus vertientes. Así como un argumento irrefutable: naturaleza, viento, llamas, el lamido de las olas en los pies, el griterío de pájaros y vagamundos. Un mundo que dispone de música, escultura, literatura, teatro al aire libre, calles angostas, volcanes magníficos, aparatosos océanos, canciones de cantautores para dinosaurios y bellas voces femeninas al compás de un piano. Por citarles algunos ejemplos cuyo público cultivador y receptor ha ido disminuyendo drásticamente, hasta el punto de que muchos colectivos serán considerados como raros, extravagantes, urderground o estúpidos al revés

Parece que nos hemos atontado o involucionando en cuanto al intelecto y Pokémon Go se muestra como el arma casi definitiva para la sociedad contemporánea. Y no será algo fugaz, sino la primera de muchas. La menos evolucionada. Quizás nuestro Gran Hermano particular. Del cual dudo mucho que seamos tan responsables como para sacarle buen partido, y contribuya a que seamos más “humanos”. Primará la estupidez sobre la consciencia.

Al respecto, resulta sumamente útil mencionar a Pawel Kuczynski, joven artista que a través de sus creaciones visuales ha intentado criticar el mundo que vivimos actualmente, de una forma directa y sin atenuantes. Sus ilustraciones han hecho hincapié en la misma línea que este artículo. Sacudirnos la conciencia. Despertarnos. Ir más allá de la “legión de idiotas” en la que nos hemos convertido y a la que aludía Umberto Eco. ¿Se acuerdan?

En una de sus tantas ilustraciones, Pawel refleja sabiamente el mayor peligro al que nos enfrentamos en el caso de no hacer uso de Pokémon Go con sensatez: “Pikachu dirige los pasos de un joven adolescente que está absorto en su teléfono móvil, simulando que es el jinete de un manso animal”. Una crítica directa a la frente, como un puño maleducado. Aunque ser brutalmente crítico duele conciencias. Genera polémica. Enfrenta diferentes formas de concebir el mundo. Hiere en las sientes.

¿Pokémon Go creará seres más brillantes o por el contrario purgará el mundo de las poca conciencia que nos queda?

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