No quedó nada. De lo que había sido frontera, para los niños más precavidos de mi barrio, no quedó rastro. Nada de esas lomas de tierra roja que a vista de pájaro parecerían arañazos; nada de esas alambradas de espinos que con el paso del tiempo habían quedado, únicamente, para vigilar el tránsito de los vientos que asolaban el llano en los otoños más duros; ni la casa de Los Macías logró sobrevivir con las obras; tampoco el desfile aéreo de los buitres famélicos. Si te haces el muerto, vendrán y te cogerán decían los avispados. Todo fue demolido, triturado, cargado y condenado al centro del mundo. En pie dejaron, y porque se les olvidaría, el pino viejo con sus jilgueros eternos y nuestras historias de amor tatuadas en su corteza. RYS. Te pido disculpas Simone Weil porque el amor no existe. Solo existe el consuelo.
Nada ha quedado, pero es cierto que durante las noches más negras, cuando la oscuridad profunda y el silencio amargo relegan al cemento y al hierro a la invisibilidad, una vez desaparecido por completo el presente artificial y renacido el pasado de lo más hondo, se percibe un silbido metálico en el aire espeso. Una queja triste como la que generan las ratas antes de morder. Nirvana en Something in the way. El silbido de un alambre atado al tiempo que solo perciben aquellos que lo recuerdan o quieren, como ahora, saber de él.
El hombre que generaba aquella musiquilla infinita con sus labios, ayudándose del filtro de un paquete de tabaco y la sequedad de su boca, tenía cara de ausencia. Siempre observando cosas distantes y lejanas a sus pies y a sus manos, como si odiara cada parte de su cuerpo. Siempre mirando cómo jugábamos al fútbol en aquel llano sin reglas, desde su lado oscuro del barrio, a diez pasos del pozo seco y en la misma frontera entre lo conocido y por conocer. Alambre. Él, tan desconocido para el vecindario como tan extraño para el sol. Hecho de periódico y latón.
Quieres intentarlo recuerdo que me preguntó, deshaciendo mi improvisada soledad, mientras me ofrecía aquel papel mojado sacado de su bolsillo. El balón, frenado por la altura de la hierba, se detuvo a medio metro de atravesar la alambrada. Un paso más y quién sabe. Rendido ante mi silencio, ante el miedo, se llevó confiado el filtro a su boca y comenzó a hacerlo sonar, atrayendo la presencia de los buitres hambrientos. No te hagas el muerto porque te cogerán y salí corriendo, olvidándome de mí, de su rostro y de sus manos, centrándome en los gritos de mis compañeros, pidiéndome la pelota y un ratito más porque era verano.
