El puente de la calle Arcos

Tengo heridas en las manos como el propio Jesús. Llegan las cruces de madera y plata, las trompas del apocalipsis, los cirios apagados y las manos enceradas de los niños

13 de marzo de 2026 a las 09:16h
Parroquia Santa María, Los Arcos.
Parroquia Santa María, Los Arcos.

Me observo. Estoy hecho un piltrafilla con mi pantalón negro de pinzas, una chaqueta azul de marinero prestada por el mismísimo capitán pescanova y unos zapatos de falso charol. La corbata roja, lo que para otros muchachillos sería ya el remate, tampoco logra detenerme en casa. Definitivamente, nada me importa. Soy un niño con demasiada hambre de horizonte. Veo barcos, océanos susurran mis espíritus.

Es Viernes Santo. Los primeros pelillos de un bigote aún por estrenar anuncian a los devotos y penitentes mis doce años, con sus noches de masturbaciones secas y sus días largos acortados por Verne y Dumas. Mamá, estoy aburrío suelo soltar al aire esos días infames. Pues échate en agua me responde mi madre con sabor aristotélico. Pero es Viernes Santo, el día del Tumbaito, otro día que consumir y quemar. Olíbano vital. La carretera de Arcos se estrecha en los días que el viento juega a sacar la arena de las propias cunetas. La lluvia nos entra por Sanlúcar. No cabe en el alquitrán el del puesto de las manzanas caramelizadas, el de los globos, el de los peluches.

No cabe un alma más en el barrio de La Exaltación. Ese mismo barrio de la vid, ciertos días de invierno, se me antoja un cementerio de vivos. Bloques de pisos idénticos habitados por familias idénticas esperando lo mismo. La muerte nos iguala a ricos y pobres, a todos. Suena el himno español en el interior de la iglesia cuando mi hermana, los domingos por la mañana, nos levanta cantando suspiros de España. Llegan las penitencias azulinas. Las contemplo mientras hago equilibrios imposibles en la rampa del puente. Me arden las rodillas y los gemelos. Conchas marinas forman parte de aquella amalgama de cemento y mar de cuarenta y cinco grados.

Tengo heridas en las manos como el propio Jesús. Llegan las cruces de madera y plata, las trompas del apocalipsis, los cirios apagados y las manos enceradas de los niños. No puedo más. Mi propio peso me está lanzando a la acera donde todos los adultos padecen y se compadecen. No quiero caer. Quiero seguir encumbrado en lo más alto de la empinada, lejos del silencio impuesto y lo escrito. Tengo hambre de horizonte. Perdóname, dios mío.

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