El camino se acababa de golpe. Para mí, un niño alimentado de llano y carril, aquel muro de ladrillo, coronado por alambres en algunos de sus tramos, siempre terminaba presentándose inesperado ante mis ojos libres. Qué habría detrás de la amapola y la tagarnina. De momento, y no era poco, el tren con todos los pueblos por descubrir. Próxima parada: El Puerto de Santa María. Y las casas del Pelirón, amontonadas como fichas de dominó, junto al progreso.
Dormitorios obreros de matrimonios ajenos unidos, piel con piel, por muros sin cámaras ni reparos. Vaya por Dios con La María. Y Juana que hace el desamor con su marido a través de un agujero en una sábana lorquiana. Y el barrio, echado sobre el muro blanco y agolpado en unos pocos metros cuadrados, tiene una sola azotea para todos los vecinos. Ropa humilde que toda huele a igual. Es vinagre triste y limón con sabor a esperanza agria. Los que decían ser felices, en aquellas barriadas hechas de pan y garbanzo, eran los mismos que se consolaban con frases hechas: el dinero no da la felicidad.
Recuerdo ser únicamente dueño del llano, del carril y una guitarra del ochenta y cinco con cuerdas del gato negro. ¡Mentira! Lo pienso y lo tenía todo. Tenía zapatos que dejaban huellas indescifrables en la tierra, y bicicleta verde que me llevaba donde ningún tren llegaba, y hambre pasajera que saciaba con bocadillos de mortadela. Por tener, tenía hasta la oscuro. Cosa que no sucedía detrás de aquel muro cenizo donde jamás se imponía la noche.
Cientos de farolas impedirían descansar a los miles de moradores que se refugiaban detrás de aquellas murallas de cemento blanco. El humo del tráfico haría imposible respirar. El ruido, estoy seguro de ello, arruinó muchas conversaciones, reduciéndolas a simples hola y adiós, como si viviéramos eternamente. En mi barrio teníamos lo oscuro y con la oscuridad yo vivía de sus historias y de ese atropellamiento vital que tenían las palabras en la boca de mi madre y me alimentaba de esa caricia de mi padre en mi espalda como el que limpia una lechuga recién preñada del huerto. Hueles a humo, Santiaguito. Ve a bañarte. Y yo en la bañera, con la luz de la luna y dos dedos cortos de agua, rezando para que no cayeran nunca esos muros blancos que nos mantenían libres de ellos. Cuando caiga, cuando tengamos que vivir como ellos, todo acabará.
