'Niños jugando a los soldados', cuadro de Goya.
'Niños jugando a los soldados', cuadro de Goya.

Todo por la patria se leía en la fachada del cuartel de La Asunción. Sobre las letras negras, el águila. Por encima del águila, siempre lo estará el cielo. Nadie custodiaba la entrada del cuartel militar a esa hora de la tarde en la que aparecí con mis zapatillas de suela gastada, mis calzonas tiesas y esa camiseta de Coca-Cola que daban con cincuenta tapones en la tienda de La Trueno. Nadie en el portón porque era hora del coche fantástico y preámbulo de una tarde cualquiera de agosto del noventa; un día demasiado sencillo para que a Gadafi le diera por bombardear Andalucía y recuperar al-Ándalus. Un día de esos que la mayoría olvidan.

A sus órdenes, mi teniente, soñé la noche anterior cuando Juan El Teniente nos facilitó un pase, a mi hermano y a mí, para poder bañarnos en la piscina olímpica del cuartel. Viva Franco, que tiene el culo blanco, cantaba mi hermano, con boca pequeña, a tres pasos detrás de mí. Las toallas de un Barcelona 92 por llegar a modo de petate sobre sus hombros. Podéis pasar, pero sin montar mucha escandalera, nos soltó un descafeinado recluta que despertó con nuestra llegada. Todo en él era agotamiento y desgaste, como esos soldados gringos de plástico verde con mil batallas.

El campo de instrucción era un desierto para nosotros. Un inabarcable campo yermo, idéntico a los solares que rodeaban mi barriada, asolado por la sal del sol, salpicado de cañones oxidados, coches destartalados y naves de chapas vencidas por el descuido. Las garitas vacías eran ojos huecos. Por encima del muro de alambres se intuían los tenderos de los pisos de La Asunción. Silbaban los nietos de los vencejos que habían sobrevivido al cara el sol. Los vencejos, como su nombre podrían indicar, nunca se rinden.

La alberca a un minuto de marcha y ya la sentíamos como un edén creado para nosotros, los mellizos. Cuando llegamos: silencio absoluto. Olor a pino viejo. Hogar de arañas nuevas. La tarde se hacía lentamente inolvidable. ¡Paz! Nada de lanzarse en bomba y despertar a los vencedores. Estos siempre tienen hambre. Fue meterme poco a poco y el agua se reflejó en mis ojos para contemplarse quieta. Todo en orden se escribió en el parte de guerra. Por primera vez en la vida, el mundo en paz. Festejan los vencidos.

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