Tierra roja.
Tierra roja.

Si nadie atiende lo que dices, tendrás que alimentar el don de escuchar a los demás. Porque de mí y de mis siete años de existencia, dudo de que alguien tuviera realmente ganas de saber y conocer. Mi madre y mi padre serían los únicos que se preocuparon, digo yo, en prestarme atención y porque sabían, sobradamente, que les iba la eternidad en ello. Así que entregado a los silencios y al paisaje sólo me quedaba contemplar lo que sucedía a mi alrededor.

Una mañana de mayo se presentó un ciclón sin nombre y destrozó el naranjal del vecino, dejando huérfanas las naranjas que la acalorada primavera ya había condenado a la tierra. Los niños no hablaron. La chavalería se conformó con humedecer la punta de sus zapatos, toda esa tarde y su noche, con el ácido de las frutas maduras. Gol de Butragueño sobre el campo ensangrentado.

Otra mañana, otra de Mayo, apareció el nuevo mesías por la carretera Cortes en dirección al circuito. Mi hermano y yo, hechos a mantener las formas, dimos fe de ello; dos mudos, conteniendo la risa, cuando apareció aquel barbudo, de túnica y chancla, con signos de fiebre motera y jerez embotellado. De Jesús también se reían soltó el muchacho, al pasar por delante de nosotros, con el acento de una Europa todavía inalcanzable para aquellos españoles de los ochenta, de peseta y dos rombos. La carretera, aquella mañana, era hebra de hilo negro sobre rojo yermo. La misma carretera que es, desde hace muchos años, una víbora hambrienta de historia y memoria en su kilómetro 4, entrada del cementerio.

Con mis siete años no tengo el derecho a ser escuchado. Sólo oír y contemplar. Así apareció como lo hizo: de su nada y mi silencio. La primera vez que la vi atravesar aquel pequeño desierto piteño de trescientos metros vestía un luto purísimo, azabache, y llevaba en su mano un cubo tan reluciente como la coraza de Lancelot. El pelo negro como los pozos que un día temí y una mirada que arrastraba con ella a duras penas. Y sucedió que a la silenciosa y humilde carretera, con el paso del tiempo, se le añadió un carril más y empezaron a venir más coches y más personas interesadas en vivir cerca de ella. El desierto rojo, de pronto, quedó reducido a la arena de la sucia parada del autobús. El ruido logró silenciar el canto de los grillos. Aun así, la anciana seguía apareciendo todos los días con su cubo de metal, ya oxidado por los años, y un pelo que mutaba a invierno. Su rectitud en el caminar, como los pilares de una iglesia, se desvaneció de golpe. La tuve tan cerca que hubiera podido saber su nombre con el sonido de sus pasos cansados.

Fueron muchos años, cada día, hasta que desapareció. Luego lo hizo, definitivamente, mi querido desierto con sus lombrices rojas y sus alúas luneras. Pasados unos años, dejaron de llegar mesías nuevos. "El Naranjal" le puso el ayuntamiento a unas pocas unifamiliares, sin naranjos, de dos plantas. Confieso que hay días que soy yo el que teme que vaya a desaparecer, pero me he jurado que no dejaré que suceda. Antes romperé con la estúpida ley de mi propio silencio.

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