La anciana desayunaba pan con aceite. El sobre de azúcar, con su frase de sabiduría griega impresa en uno de sus lados, estaba abierto por una esquina. Ese simple detalle me hizo pensar que la anciana se alimentaba humildemente como mi gente lo había hecho, durante décadas, en las sierras gaditanas. Aceite y azúcar. Las palmeras de Cristina, aquel uno de enero, estrenaban año y cielo. Un año por soñar y un cielo limpio como las sienes de la mujer. Yo, en una mesa contigua, esperaba sin prisas mi agitanado amontillado y mi soñada conversación. Vieja madera, viejos vinos, viejos amigos.
La pobre señora, de color miel, tenía la tostada media olvidada y su descafeinado con leche enfriándose en el borde sombrío del bar por culpa de la atracción que ejercía su móvil en ella. La anciana no podía despegarse de lo que ocurría y sonaba en su pantalla. Tití me preguntó si tenía mucha novia empezó la frase a golpear los cristales de sus lentes. Bad Bunny se quedó encasquillado en un fragmento de TikTok, que no paraba de repetirse, mientras la mujer se destornillaba por aquel bucle de fotografías de personas desechas por filtros grotescos y sin sentido. Puro caos a cinco centímetros escasos de sus retinas y a treinta de sus trabajados hombros. Mi copita de Jerez llegó envuelta en ruido y miseria. Los pájaros de la alameda alzaron el vuelo. Dónde irían a parar sus cantos.
Tomé aire y me atreví, con mucha educación, a sugerirle a la señora que bajara el volumen de su teléfono. Podría bajar un pelín el volumen de su móvil. No es por nada pero… Acabé la frase con un gesto pacífico de comprensión. La mujer, con rostro de estrenada jubilación, levantó con esfuerzo la mirada de su pantalla y me respondió vale, pero porque me lo has dicho bien, si no… Que ella no se metía en las chismosas conversaciones de otras personas, como si quedarse hipnotizada con su teléfono fuera conversar con Dios, y que ella sí tenía educación. Yo confundido, junto a otra mesa a mi lado, agradecimos el gesto y cerramos el pico porque el ceño enrabietado y sucio de la vieja prometía guerra. Y en esas que de la nada llegó un Trump jerezano, un medio señor con media vergüenza y media lengua, declarando dictatorialmente que tenía libertad de poder golpear su mesa y hacer todo el jaleo que se le antojara. Si a ti te molesta, tú eres el que te vas.
Los golpes que propinaba a su mesa eran propios de los antiguos simios, hoy ya desaparecidos. Hoy tengo a una, mañana otra se ríe Bad Bunny de nosotros. Las personas a mi alrededor no daban crédito a la situación. Yo en particular, desde hace un tiempo, no doy un euro por este mundo. El tipejo, entrado en años y en demencias barriobajeras, envalentonó a la vieja desdentada de las gafas gastadas. Esta, olvidándose de una joroba que tiraba de ella hacia el agujero más oscuro de la tierra, se puso recta como un puñal, milagro dirían los imbéciles, y comenzó a agriar mi vino con sus insultos cargados de peste. El viejo charlatán, a hervir mi sangre, con unas amenazas de 091 o 092. Viva Jeré proclamaría el público. Agujetas respondería La mitá ná más. Y fui yo el que tuve que escapar de mi lugar en el mundo cuando el viejo mono había aparecido, después de mí, con la negra escandalera de la joputa vieja. Cada uno y cada pueblo tendrá lo que se merece. Quién sabe cómo acabaron los dos malnacidos. Puto Bunny.



