La plaza del Arenal y la 'damnosa hereditas'

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Pablo de Zavala Saro

Detalle del monumento del Arenal. FOTO: Rafael Rodríguez H.
Detalle del monumento del Arenal. FOTO: Rafael Rodríguez H.

El pasado 19 de agosto se publicó en la sección de opinión de este medio un artículo titulado Los generales fascistas de la plaza del Arenal (Jerez, año 2020) escrito por el Sr. Cristóbal Orellana, en el que mostraba su descontento con el conjunto monumental del insigne escultor Mariano Benlliure. No estoy capacitado -por no tener los conocimientos urbanísticos y artísticos suficientes- para opinar sobre la idoneidad o no del monumento que tanto incomoda al Sr. Orellana, y que las autoridades jerezanas aprobaron en su día por considerar que era un ornamento que embellecía la ya de por sí elegante, ciudad de Jerez.

Sin embargo, sí me creo capacitado para opinar sobre algunos juicios de valor del articulista y, por mi condición de director de una fundación cultural constituida para promover -entre otras cosas- que la historia sea utilizada como una ciencia social, y no como un arma política arrojadiza, sobre el revisionismo histórico que padecemos desde la promulgación de la mal llamada ley de Memoria Histórica.

El articulista explicaba en agosto por qué no está de acuerdo con el conjunto monumental de la plaza del Arenal. Y cuando calificaba a algunos de los militares que están representados en dicho monumento, cita a mi bisabuelo el general Leopoldo Saro Marín, entre los "fascistas (...) que pertenecían o apoyaron al bando militar sublevado que cañoneó la II República". Por lo visto el señor Orellana tiene información sobre las ideas políticas de mi bisabuelo que mi familia desconoce, así como destacados hitoriadores como José Varela Ortega, Shlomo Ben Ami, Javier Tussel, Angel Viñas, José Luis Gómez Navarro o Teresa González Calvet, por citar a algunos de los mayores expertos en la dictadura de Primo de Rivera, que jamás han dicho o insinuado nada parecido. El articulista debe leerles. Pero es que además el Sr. Orellana debe poseer algún documento que demuestre que mi bisabuelo "perteneció" o "apoyó" el alzamiento del 18 de julio de 1936, y que por interés histórico debería compartir con la comunidad académica, o al menos con los lectores.

Con fecha 8 de noviembre, el Sr. Orellana se repite –Gloria eterna al golpismo en Jerez- incluyendo a mi bisabuelo entre los “generales fascistas que junto a Franco abatieron a tiros a la II República”. Bien al contrario, los milicianos de la república le abatieron a él.

Lo cierto es que mi bisabuelo al iniciarse la guerra civil estaba en su casa jubilado y sin mando en tropa cuando unos milicianos le sacaron para fusilarle la misma noche en que los otros hacían lo mismo con García Lorca. Si hubiera "pertenecido" hubiera dejado algún rastro, pero veo difícil que hubiera "apoyado" al perder la vida en Madrid en las circunstancias descritas. Mi bisabuelo no es sospechoso de nada por ser fusilado por milicianos republicanos, como tampoco lo eran los asesinados por los nacionales, o, más recientemente por el grupo terrorista ETA: “Algo habrá hecho”, se decía en aquellos pueblos vascos cuyo ambiente tan bien describió en Patria el novelista Fernando Aramburu. La barbarie no tiene justificación alguna: a unos les fusilaban por ir a misa, a otros por ser de UGT.

Los autores citados coinciden no sólo en la positiva recepción que tuvo el pronunciamiento en todas las capas sociales e intelectuales, sino el impulso modernizador que supusieron los primeros años. Tanto apoyo recibió al principio, que tan fascista no sería Primo de Rivera cuando nombró -y este aceptó- consejero de Estado al miembro del PSOE Francisco Largo Caballero, o cuando el filósofo Ortega y Gasset -luego fundador de la Agrupación al Servicio de la República- le extendió el famoso pagaré, como muestra de confianza. La historia, para desgracia de algunos, tiene sus matices.

Quien esto escribe, es además por vía paterna, nieto de un ministro radical de la segunda república, -y por tanto hijo de la reconciliación de la Transición- por lo que se pueden imaginar que lo único que me mueve a escribir esta tribuna es la precisión y el rigor histórico que, me parece, en ambos artículos ha brillado por su ausencia.

Pero es que además el Sr. Orellana tampoco está familiarizado con el arte, porque si así fuera sabría que las pirámides de Egipto, la Alhambra, La vida de San Francisco de Assis del genial Giotto, los claroscuros de Caravaggio, el Rapto de Proserpina de Bernini, las sonatas para clarinete de Brahms, o el conjunto monumental del Arenal representan la profundidad de la expresión artística de lo que fuimos, y no de lo que somos. Acaso ¿hay que destruir las pirámides por usar esclavos para su construcción, rasgar las telas de Caravaggio por homicida, o destruir las esculturas de Bernini por machista? Mediante la retirada de símbolos y monumentos de épocas pasadas que –feliz o desagraciadamente- forman parte de nuestro acervo común, no hacemos otra cosa que amputarnos una parte de nuestra biografía.

Los romanos usaban un término para denominar las herencias en las que el pasivo era superior al activo. Este es damnosa hereditas y era irrenunciable.

Pablo de Zavala Saro. Madrid, 10 de noviembre de 2020

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