Cuando aspiramos de forma fuerte y prolongada, decimos que emitimos un suspiro. Este está relacionado o lo relacionamos con frecuencia con un estado de ánimo y suele aparecer para disfrazar las emociones. “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión”, a la mayoría le sonará esta definición de la vida que hizo el gran Calderón de la Barca en su gran obra La vida es sueño por el año 1635. ¿Qué es la vida? Un suspiro añadiría yo, además de lo escrito antes de ayer con la mayor sabiduría por el gran maestro de las letras.
Si afirmo que la vida para mí es un suspiro, de sobra saben que me refiero a la velocidad con la cual se agota ante nuestros ojos. No me refiero a esas frases hechas que todos repetimos cuando ocurre una desgracia o una muerte, como “no somos nadie”, “para morirse solo hay que estar vivo”. Hago referencia al hecho de que los buenos momentos, por mucho que duren, dejamos de valorarlos en el momento en que se terminan y pasamos de haberlos disfrutado a mancharlos con las frustraciones y lamentos de que ya no se volverán a repetir. Es curioso que, por el contrario, cuando pasamos por malos momentos, luego los recordamos con alegría y aliviados porque ya han pasado y no se volverán a repetir.
Tal vez deberíamos agradecer también los buenos momentos pasados, valorar lo afortunados que hemos sido por tener esas experiencias que todos no tienen y recordarlas desde la alegría, no desde la frustración y la tristeza de que ya no volverán. A mí personalmente lo que me asombra es la capacidad que tiene el ser humano para transformar en cuestión de minutos aquello que le hizo feliz en algo frustrante, gris y que no desea recordar si no puede volver a experimentarlo. “No hay que volver a ese sitio donde una vez fuiste feliz”; me gustaría saber quién fue el negro y cobarde corazón que afirmaba esa estupidez. Si un sitio te hace feliz, vuelve sin dudarlo y, si no lo haces tú, solo tú serás el culpable de impedir que ese momento de felicidad llegue de nuevo a tu vida.
La vida es un suspiro y, mientras suspiras, pueden ocurrirte fatalidades, pero también pueden pasar o incluso detenerse a tu lado cosas maravillosas; un pajarillo puede posarse en la silla de al lado de donde te sentaste a tomar un café. Un bebé que pasea en su cochecito con la madre puede mirarte y dirigirte la sonrisa más bonita del mundo. ¿Algo más lindo que la sonrisa de un bebé? Recibes un mensaje de afecto de un ser querido y, en lo que dura un suspiro, tardas en enterarte de que vas a ser abuela, madre, padre, tío… ¿No es algo maravilloso la noticia de que una nueva vida pasará a formar parte de la tuya? Todo esto y mucho más ocurre en un suspiro.
Sí, creedme cuando digo que los suspiros no únicamente vienen acompañados de un mal estado de ánimo y, aunque seguramente la mayoría no lo recuerde, ¿quién no ha suspirado por amor? Porque solemos recordar esa sensación de tener que soltar aire por desamor y con ello de nuevo teñimos de negro y volvemos a transformar en algo malo a lo que sin duda es y debe ser el motor que lo mueva todo. Con amor todo funciona a la perfección, pero el ser humano no sabe amar de verdad porque, desde hace mucho, nos hemos olvidado de enseñarnos unos a los otros cómo ha de hacerse. Además, tenemos la creencia de que el amor va de la mano del egoísmo, pero lo que ocurre es que algo tan bueno preferimos no compartirlo; eso no es amor. El amor de verdad es el que se comparte, se deja ver, se respira y, por qué no, se suspira y se recuerda siempre como algo maravilloso, sin peros, sin lamentaciones ni frustraciones.
Mi concepción de la vida y del amor es la que acabo de exponeros en estos párrafos que hoy os escribo; por supuesto que no niego que pueden existir muchas formas de amar y de concebir la vida, pero en mi opinión estas solo serán válidas si las llegamos a valorar tanto como para no añorarlas; si nos hacen reír, si nos llenan de paz y nos hacen exhalar suspiros de esos que jamás seremos capaces de convertir en tóxicos y que recordaremos siempre con una sonrisa y una luz especial en los ojos. La vida son esos momentos en los que sientes el corazón calentito y te reconforta tanto que decides que no lo dejarás más enfriar; sucede como cuando sientes entre las manos ese calorcito de una taza de café que te acabas de preparar y suena el teléfono, pero decides no contestar a esa llamada porque no quieres renunciar a esa sensación de calidez tan maravillosa. Así que respirar, vivir y suspirar también se trata de eso, de no renunciar, ya sea a esa taza humeante de café o a aquello que te hace o te hizo sentir feliz.



