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Hace poco, defendía ante mi hermana que mi sobrino y sobrina quisieran estudiar Periodismo. El mismo día lamentaba que en los periódicos ya no se contaran historias.

Allá por 2005, en segundo de la ESO, con 12 años, me preguntaron qué quería ser de mayor. Contesté que “periodista”, aunque no supiera muy bien por entonces qué significaba aquello de ser periodista. En 2017, con 29 tacos, y tras haber rodado por universidad y redacciones, me planteó un colega a qué me dedicaría si pudiera elegir de nuevo, y respondí: “Creo que periodista”.

Entre la afirmación rotunda y las vivencias que derivan en el “creo” se esconde un mundo de contratos precarios, trabajos inestables, sueldos de risa, experiencias regulares y madrugadas en vela. Entre la afirmación rotunda y la palabra que sucede al “creo” se encuentra la convicción, las tripas, el gusto, los compañeros y las noches de sueño profundo por el placer de dedicarte a lo que quieres y te gusta.

De todas las profesiones, actualmente, existen dos peor consideradas que el resto: político y periodista. La primera parece evidente el porqué. La segunda, lamentablemente, cada vez resulta más obvio. Igual la culpa la tuvo lo precario, o el intrusismo, o el miedo, o el jefe, o la hipoteca, o el clic, o Inda en La Sexta. Lo mismo, que todo ciudadano lleva en su interior un entrenador de fútbol y un redactor, por tanto los errores del fontanero pueden perdonarse, pero los del informador, no. O puede que el daño lo haga la mal llamada estructura comunicativa, ya saben: Prisa, accionariado, petróleo, Venezuela. También, el descenso de ventas: Números rojos, dinero, instituciones, dependencia. Quizás, simplemente, no tenga ni idea y lanzo problemas sin soluciones tras caer en los mismos pecados que el resto, pero lo cierto es que cada día siento menos el corporativismo y más el bochorno.

Hace poco, defendía ante mi hermana que mi sobrino y sobrina quisieran estudiar Periodismo. El mismo día lamentaba que en los periódicos ya no se contaran historias. Por la tarde, recurrí a lo vocacional, a la lectura y el romanticismo. Por la noche, cerré el diario y puse la tele. "La ética debe acompañar siempre al periodismo, como el zumbido al moscardón", dijo Gabo.

Y entre el ruido, los tertulianos, los gritos, la propaganda y el peloteo siempre aparece un texto, un artículo o un reportaje que reconcilia. Y entre los 140 caracteres, la inmediatez, el titular trampa o la desfachatez, siempre se encuentra la firma que nunca falla, la que olvida y perdona. Entonces merece la pena y le digo a mis sobrinos que sí, sin titubeos, que no se equivocan si se lo pide el cuerpo. Entonces desaparece el creo y ese mundo que se esconde justo delante.

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