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Venía de sentarme en una de las mesitas del café Deux Moulins..., el mismo donde Amelie contaba sus milagros y escuchaba al poeta y soportaba estoicamente a la desgraciada que no sabía vivir sin sus penas. Venía hacia ningún sitio, acelerado por el típico y único sorbo de café amargo -a bientôt dicen algunos al marchar- y esa prisa de la que se impregna la vida real para obligarnos a pensar que el tiempo pasa..., cuando nosotros -según una gitana que conozco- somos los que pasamos.

Salí del pequeño café en dirección a no sé dónde porque ya había subido, de dos en dos, los escalones del Sacre-Coeur de mis corazones rotos, ya había estudiado las caras de los pintores de Montmartre y había tropezado mil veces -menos mal que no soy superticioso- con aquel gato negro de mirada fija y rabo escondido, característica de los que no tienen nada que contar. Así que sólo cabía andar y andar y dejar el metro para las ratas y los topos y de los que no gustan de la luz.

Anduve -no sé cuánto- hasta que de pronto, en una calle cualquiera de ese gran París que queda en un segundo reducido a señales y semáforos en ámbar y puertas cerradas y escaparates vacíos, tropecé cara a cara con una procesión. Un penitente con túnica blanca abría el pequeño y silencioso cortejo. Nada de velas ni incienso ni romanos. Túnicas, inmaculadamente blancas, con ojos muy negros. Los adelantó una ruidosa motocicleta que me devolvió al mundo de los vivos porque en aquella Rue Frochot, a dos pasos de Pigalle y en pleno agosto parisino, hacía horas que no pasaba un alma. Sólo estaban aquellos pocos penitentes de la orden sin órdenes y yo porque el resto de París estaba bajo tierra o encerrada entre cuatro paredes esperando ansiosa el sexo de la noche, la copa de vin rouge o esa acalorada discusión de bar que hace soñar a los parisinos que continúan vivos.

Fueron unos segundos..., los suficientes para helarme la sangre en aquel silencio cargado de humo en suspensión y bocinas lejanas. Fueron segundos pero los justos para percatarme hacia donde debía de escapar. Tenía que lanzarme a la plaza Pigalle. Estaba a no más de cincuenta metros. Allí no me encontraría solo y en manos de aquellos hombres que susurraban oraciones o maldiciones..., que casi vienen a ser lo mismo según quién las diga. En mi huida los vi de reojos -a todos que juntos no eran nada- y sólo cuando alcancé una de las plazoletas -de un Pigalle que nunca más volverá a ser el mismo- pensé que menos mal que en mi tierra todo lo tomamos a cachondeo..., excepto lo que piense la gente de nosotros. Eso nunca.

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