A la editorial Siruela deberían darle un premio. Un premio a una de las editoriales independientes con mejor ojo, porque una parte nada desdeñable de las ventas de los últimos años en el sector del libro se debe a este sello, a su capacidad para apostar no sólo por buenos libros, sino por libros que venden. El súmmum para una editorial; el remate de los tomates: calidad y ventas.
Tres de los grandes best sellers que ha habido en los últimos años en este país les deben la publicación y parte del éxito ulterior a Siruela; porque probablemente nunca hubiesen visto la luz. O, de haberlo hecho, se hubiesen lanzado en algún sello pequeño, de menos trayectoria y prestigio. Con la consecuencia lógica: el olvido.
Siruela tuvo el ojo de publicar Imperiofobia y leyenda negra de María Elvira Roca Barea, uno de los ensayos más vendidos, posiblemente, en la historia de la edición en español; pero, además de eso, fue un libro que catapultó el tema que trataba, provocando un boom editorial: la leyenda negra y la historia del imperio español. Muchos, entre los que me incluyo, de no ser por esa revolución editorial, de la que surgieron los Iván Vélez, Pedro Insua, etc., todavía seguiríamos pensando que los españoles debemos pedir perdón por los terribles males que perpetraron unos señores con yelmo y lanza en ristre hace más de quinientos años. Y todo gracias a Siruela.
Pero no quedó ahí la cosa; después vino el descubrimiento de Irene Vallejo, una autora con cierta trayectoria aunque, a la manera de Aramburu antes de Patria, subterránea, con pocas ventas como para vivir de la pluma. Con la publicación de El infinito en un junco salió a la venta otro de los ensayos más reeditados en la historia reciente de nuestro país. En este caso, no produjo ningún fenómeno editorial; pero los editores tuvieron el buen criterio de ver que tenían delante una buena pieza, una historia del libro narrada con un enorme talento que haría las delicias de los lectores. Y vaya si fue así.
Y el último gran descubrimiento de este sello fundado por Jacobo Siruela fue La península de las casas vacías, de David Uclés, libro tan vilipendiado como exaltado; otro superventas, esta vez en la forma de una novela, que aúna realismo mágico, guerra civil y la mirada de un millennial. Y a vender. Y su autor, a convertirse en uno de los escritores de los que más se habla.
El pasado lunes, de hecho, volvió a dar que hablar Uclés cuando fue galardonado con el Premio Nadal, algo imposible sin el éxito de la anterior novela —ya sabemos cómo funcionan muchos premios de estos; lo cuenta a la perfección Enrique Murillo en Personaje Secundario—. Con lo que el otrora escritor de Siruela pasará a publicar con Destino, o sea, con el grupo Planeta. Como hiciese también Maria Elvira Roca Barea con la siguiente obra que publicó tras Imperiofobia: Fracasología, que recibió el Premio Espasa de Ensayo. Y exactamente lo mismo que hemos visto esta semana con Juan Soto Ivars, que tras más de una década escribiendo para El Confidencial, el medio en el que empezó y se hizo un nombre, ha recibido una oferta que no ha podido rechazar y se ha subido al barco de ABC.
Y se me viene a la mente una palabra cuando pienso en todo esto: cobardía. Sí. Pienso en que los grandes grupos, los peces gordos del mercado, los que lo dominan todo, se han vuelto sin quererlo anticapitalistas; porque el capitalismo es riesgo, aventurarse. Y lo que ellos hacen es digno de cualquier empresariucho de pyme que no le sube el sueldo a sus empleados ni a punta de pistola. Cero visión empresarial, carentes de cualquier brizna de talento, de capacidad de riesgo y, sobre todo, de buen ojo; de saber dónde va a estar el pelotazo, ese autor que, como los mencionados, aúnan calidad y ventas. Nada de eso. Son como tigres viejos, desdentados, a los que los más jóvenes y capaces deben llevarles las presas ya cortaditas, preparaditas y puestas en el plato. Si no, se morirían de hambre, de molicie y decrepitud.
Este es el panorama que tenemos. Los gigantes empresariales viviendo de las rentas del pasado, de quienes fueron alguna vez, y del talento de los otros. De grandes editoriales como Siruela. Viva Siruela; sin editoriales así, no sé qué haríamos en este pedazo de tierra, esta península de las empresas cobardes. Y parasitarias.


