Peces fuera del agua

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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

Se le heló el corazón cuando metió la mano en la bolsa de papel del restaurante de comida rápida. ¡Tenía la maldita manía de no comprobar el contenido de la bolsa cuando pedía la hamburguesa desde el coche! Ese día renegó por última vez de aquella mala costumbre suya. Al introducir la mano, ciega, notó el tacto frío y el volumen contundente de algo distinto a lo esperado. Incrédulo palpó una vez más. Emitió un alarido y arrojó la bolsa a los pies del asiento del copiloto.

De un salto se incorporó sobre su asiento a la par que se arrinconaba contra la puerta delantera izquierda. El corazón le palpitaba. Jadeaba angustiado. ¡No podía ser! Intentó calmarse. Con apenas dos dedos abrió tembloroso la boca de la bolsa. Atónito miró varias veces su interior. ¡Nooo! A través de las lunas del coche miró a su alrededor, alguien podía haberle visto u oído. Un nuevo temor se sumó al originario. Las farolas proyectaban una tenue luz sobre los aparcamientos del restaurante de comida rápida, reafirmando así el imperio del reino de las sombras sobre el mundo a aquellas horas. No, no había nadie a su alrededor.

Tomó la bolsa, la puso sobre sus rodillas y contempló nuevamente su contenido. Sí, era un revólver. Puso las manos sobre el volante, giró la llave y arrancó el coche. Metió primera decidido a regresar a casa. Recordó entonces que había sido desahuciado una semana antes y volvió a dejar el coche en punto muerto. Apagó el motor, inclinó la cabeza y lloró desconsoladamente, como un niño. Hacía tanto que no lloraba que no podía detenerse. Tomó el bote de tranquilizantes: uno, dos, tres… Seguía llorando.

El coche se fue anegando de lágrimas. Hasta los tobillos, la cintura, el pecho. Cada vez iba quedando menos espacio para respirar. Lejos de angustiarse por ello, se sentía cada vez más aliviado y en paz consigo mismo. El habitáculo se inundó por completo de lágrimas. Sin embargo podía moverse dentro del automóvil con una ágil armonía, etéreo, sin apenas gravedad. Se preguntó sorprendido cómo es que no acusaba la ausencia de aire. Se asomó hasta el retrovisor interior y allí quedó respondida su pregunta. Se había transformado en un bellísimo pez.

Poseía unas amplias y sedosas aletas y sus escamas iridiscentes producían hermosos reflejos. Lloraba ahora inundado de belleza. Maravillado con su nueva condición recorrió todo el habitáculo. La sensación era prodigiosa. Aquel interior del vehículo que era su nueva casa y que hasta hacía poco le oprimía tanto, se había convertido de pronto en un océano de etérea ingravidez. Lloraba plácidamente. Sintió curiosidad por saber cómo se vería ahora ese mundo exterior que hasta hacía poco le parecía tan inhumano e hiriente. Desde la luna delantera observó a través de los cristales de la hamburguesería a sus clientes: familias con niños, parejas, grupos de amigos. Todos reían o sonreían, hablaban o se tocaban. Eran la imagen moderna de la felicidad.

¡El mundo era tan extraño! Recordó su despido, el desempleo, el desahucio. La pena tensó un nudo invisible sobre su garganta, apretó firmemente su mano y las lágrimas se hicieron amargas y profundas. De pronto, quizás a consecuencia de la presión ejercida por la acumulación de líquido en el habitáculo, el cristal de la ventana del conductor estalló. El ruido fue descomunal, como el disparo de un revólver. Progresivamente, empezó a disminuir la sensación de ingravidez. Sintió un dolor metálico en el costado. No entendía bien lo que estaba sucediendo. ¡Sus agallas estaban dejando de funcionar!, ¡le faltaba el oxígeno! Seguramente el mar debía haberse fugado por la luna rota. Se miró la sangrante herida de bala y vio que de ella nacía un destello de luz pura. Debía provenir sin duda de sus bellísimas escamas. Sonrió.

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