Patente de corso

Nuestra inmunidad nos ha llevado a sobreentender, aceptar, y justificar, todo tipo de mentiras, abusos, violencias, y tropelías, hacía las mujeres

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Juan Miguel Garrido Peña

Miembro de la Asociación de Hombre Igualitarios de Andalucía. (A Rocío siempre, antes, después y luego)

Un hombre exhibiendo sus músculos.
Un hombre exhibiendo sus músculos.

Resulta que durante tanto tiempo se nos han permitido, alentado y premiado nuestros comportamientos, que los hombres no entendemos como lo que siempre fue nuestro, ahora sea perverso, socialmente reprobado, e ilegal.

Hemos hecho durante tantos años lo que nos dado la gana, que no entendemos como el inmenso poder del que disfrutamos, se esté derrumbando ante nuestros ojos como un castillo de arena, y no hagamos nada para evitarlo.

Nuestra inmunidad nos ha llevado a sobreentender, aceptar, y justificar, todo tipo de mentiras, abusos, violencias, y tropelías, hacía las mujeres.

Ellas han sido para nosotros cosas de usar y tirar, seres débiles e indefensos que necesitaban de nuestra autoridad y protección para sobrevivir, personas a las que podíamos desear y amar, pero a las que también teníamos el derecho de maltratar. Su infelicidad nunca la entendimos, y su felicidad no nos importo más allá de la propia. Nos debían agradecimiento por haberlas rescatado a una vida respetable y mejor. “No hay quien comprenda a una mujer”, que es una de nuestras frases favoritas, es de un machismo y supremacía tal, que indigna.

Acosar, abusar, cogerles, el culo, llamarlas putas, e incluso darles un bofetón, no es que estuviese bien, pero si algo que, a veces, entraba dentro de lo normal. Tener un doble rasero, y distintas varas de medir, donde todo se nos permitía no nos creaba ningún problema moral.

Tampoco nos preocupaba su placer, pues con el nuestro ellas lo tenían asegurado, o al menos ese era nuestro egoísta pensamiento. Somos tan vigorosos y varoniles, que con un violento, agresivo, y fugaz polvo quedaban tan satisfechas como nosotros exhaustos. Nunca supimos donde estaba el clítoris, sus puntos de placer, ni cuales sus necesidades. No nos preocupaba. “Aquí te pillo aquí te mato”, es un pensamiento tan ilustrativo de nuestra forma de entender las relaciones, que sonroja y da mucha vergüenza.

Es del tal magnitud nuestra dominación, que no es de extrañar que ante el avance del feminismo, y las políticas de la igualdad, resurjan machistas, que, negándose a sí mismos, en el colmo de la desfachatez, se sientan indignados por una trato persecutorio, y justiciero. Maltratados por una sociedad que no les entiende, ni protege.

No debe causarnos asombro, que en estos días, ante el conocimiento de la sentencia sobre la múltiple violación grupal de una chica en Navarra, en bares, calles, plazas, oficinas, muchos hombres se sientan indignados, hablen y piensen en voz alta lo que barruntan en su interior, que “todo se exagera”, que “son chivos expiatorios”, que “qué hacía una chica sola con cinco chicos”, que “en parte se lo ha buscado”, o que “no es para tanto”.

Sin embargo, como siempre, nos olvidamos de la mujer, de la víctima, de su dignidad, y de su libertad. Todo lo supeditamos a nuestro pensamiento masculino, a nuestra concepción supremacista de la existencia, a esa idea malvada y tendenciosa que habla de nuestra supuesta inocencia y bondad, y de la astuta maldad de las mujeres.

Una mujer, igual que otras muchas a cada minuto en el mundo, fue violada, ultrajada, humillada, y violentada de noche, contra su voluntad, en un portal, por cinco hombres, que dieron rienda suelta a sus deseos de machos, pero para los machistas y machirulos de libro, muchos de carrera y buena educación, eso sigue sin tener la suficiente entidad como para provocar su indignación.

En el fondo este resurgir indignado de machistas y machismo, no esconde otra cosa más que temor. El de saber que por mucho que chillen y griten, o por tremendos que sean los exabruptos y espuma que echen por la boca, los días de “patente de corso” de una masculinidad tóxica y hegemónica están contados, y la igualdad les repele como a un gato el agua.

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